Catalina Tamayo
Sábado, 14 de Diciembre de 2019

Cambio de época

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“Yo sé muy pocas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos”
(León Felipe. Sé todos los cuentos)

 

 

Tiene razón quien dijo que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época. Hay que aceptarlo, están llegando otros tiempos. Se vienen anunciando ya desde hace años, pero yo no lo he visto, o no lo he querido ver, hasta hace poco, casi como quien dice hasta ayer. Y no me explico cómo he podido ser tan inocente. Tan torpe. Pero lo cierto es que los tenemos ya ahí, corriendo bajo nuestros pies, arrastrándonos, llevándonos no se sabe a dónde. Son tiempo nuevos, extraños.

    

Son tiempos sin lógica. El sacrosanto principio de no contradicción es ignorado. La contradicción no está mal vista. Hoy se puede decir una cosa y mañana la contraria. Incluso se puede mentir. Y no pasa nada, ni un atisbo de rubor. Durante unos días, se alzan algunas voces, claman coherencia. Pero enseguida se impone lo actual y ya nadie se acuerda. A otra cosa, mariposa. Es como si eso no hubiera ocurrido. “Sé cuándo la voy a liar y lo hago porque me apetece. Lo considero parte del espectáculo. Más cuando vemos que a menudo, casi todo es mentira. Al final, a los dos días nadie se acuerda de lo que has dicho. Sales ahí, puedes soltar hasta una falsedad y da lo mismo", dice Piqué en una entrevista a El País Semanal, con toda naturalidad, un poco jactancioso, quizá también algo cínico. Y es así. Es la dictadura de la actualidad: unas noticias se imponen a otras, se fagocitan. El canibalismo de la información. En realidad, no son solo las noticias, sino también ya cualquier cosa es algo efímero, fugaz, voluble, cambiante, como el vuelo de un insecto.     

     

Pero las noticias, durante su breve existencia, se visten, se maquillan, se adornan, y así se oculta su verdadero ser y no parecen tan terribles. Más aún, se las presenta hasta bellas, seductoras, irresistibles. De eso, se ocupan las televisiones y sus debates. Ellas son maestras en darle la vuelta al calcetín. Su principal instrumento es la imagen. Una imagen vale más que mil palabras, que todas las palabras, escritas u oídas. Porque la realidad no es la realidad sino la tele-realidad. La realidad es rectangular y convexa. Lo que ese rectángulo no enmarque no existe. Da igual lo que sea. Cuanto se hace, se hace para ser visto en la pantalla. En ella se juega todo: las elecciones, las investiduras, la aprobación de las leyes, las sentencias judiciales, el éxito de los pactos. El presente y el futuro de España. Si se piensa bien, es un juego macabro. La verdad es que pone los pelos de punta, como escarpias.

     

También, pese a la crisis por la que está atravesando la religión, vivimos una época de dogmas. Sí, dogmas. Eso que no se puede cuestionar, que hay que creer sin más. Dogmas interrelacionados entre sí, como soplos de un mismo espíritu. Así lo muestra Greta, la adolescente que gracias a la tele progre ya cohabita en todos los hogares, que se sienta casi a nuestra mesa: “La crisis climática no solo tiene que ver con el medio ambiente. El colonial, racista y patriarcal sistema de opresión tiene que ser desmantelado”. El dogma de que la violencia que se ejerce sobre una mujer es más violencia que la que se ejerce sobre un hombre, el de que el capitalismo es la causa del cambio climático, el de que los animales tienen derechos como los tienen las personas. Con todo, algunos, tirando de espíritu crítico, se atreven poner en duda estos dogmas, y argumentan que castigar la violencia sobre la mujer con una pena mayor que la violencia sobre el hombre es vulnerar el principio de igualdad entre el hombre y la mujer, o aducen que los hechos muestran que las mayores catástrofes ecológicas, como el accidente nuclear de Chernóbil en 1986, se han cometido en los países comunistas y que algunos de estos países, como China, son de los más contaminantes del mundo. Pero enseguida llegan los izquierdosos, que no los de izquierdas, con toda su caballería mediática, dispuestos a erradicar todo germen de fascismo y salvar a la ciudadanía. Entonces, a fuerza de insistir un día y otro día, de proyectar imágenes deliberadamente seleccionadas, de elegir cuidadosamente las entrevistas, de abusar de la ductilidad de las palabras, logran arrojar a estos disidentes a las tinieblas de la caverna, donde habita el machismo, la homofobia, el autoritarismo y demás monstruos. Porque solo ellos, desde la superioridad moral que se han arrogado, una superioridad que es falsa, se consideran legitimados para establecer quién es demócrata y quién no, o qué gobierno es progresista y cuál no lo es.

     

Son los mismos que están por la degradación de los valores de la Transición. Los valores que nos han permitido vivir, convivir, en paz y libertad durante más de cuarenta años, el periodo más próspero de la historia de España. Sin embargo, ahora, resulta que esos valores, como la libertad y la igualdad, recogidos en nuestra Constitución, ya no valen, están caducos y hay que reemplazarlos por otros. Hay que reemplazarlos como sea, saltándose el ordenamiento jurídico vigente, si fuera necesario. Pues la ley no puede ser un obstáculo. Por eso, si se apela a la Constitución, que ha votado el pueblo soberano español, todo el pueblo, se dice que se judicializa el asunto, y que eso no puede ser. Que hay que dialogar. Dialogar porque algunos, los menos, han comenzado a sentir otra cosa, les han hecho sentir otra cosa. El sentimiento se eleva a la categoría de derecho político y social. Basta con decir que me siento así o asá, tal o cual cosa, para justificar cualquier conducta, y además, y esto es lo alarmante, para que todos den por buena esa justificación. La razón ya no rige, la han secuestrado. Lo mismo que a la verdad. La verdad es subjetiva. Hay muchas verdades, tantas como sujetos. Todo es relativo, todo vale, todo está permitido.

     

Sin duda, son tiempos líquidos, donde no hay nada sólido, todo se derrite, se licúa. Ya no encontramos ninguna cosa consistente. Nos hemos quedado sin soporte, sin asideros, y gravitamos, gravitamos, gravitamos. El mundo se derrumba, y el futuro se nos torna incierto, más incierto que nunca. Mientras tanto, ellos, esos, los izquierdosos, que pretenden obligarnos a nosotros, los ciudadanos de a pie, los trabajadores, a vivir en las miserias del comunismo, disfrutan del vino y las rosas del capitalismo, de ese mismo capitalismo que dicen aborrecer un día sí y otro también. Este es un cuento que ya se ha contado, pero que parece que muchos ya no lo recuerdan. 

 

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