El río
![[Img #47613]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2019/8256_dsc_0085.jpg)
“El río va más sereno, los palos bajan casi solos y hay más tiempo para pensar” (José Luis Sampedro. El río que nos lleva)
Todavía no es primavera, pero con las lluvias de la semana pasada ha comenzado a derretirse la nieve que cayó ya en noviembre y el río viene crecido, medio desbordado. Por el puente, a través de los ojos, pasa impetuoso, como desatado, incontenible. Este año no, pero hace tres años por Navidad, que también bajó tan caudaloso, o quizá más, hubo quién acabó en sus aguas bravas y espumosas, reidoras. Acabó cuando menos lo esperaba, sin saber muy bien de qué manera. A cualquiera le puede pasar, nadie está libre. Nadie.
Enseguida se vio precipitándose raudo ladera abajo. El agua lo llevaba de un lado para otro, lo envolvía, lo bajaba al fondo, lo subía de nuevo. Jugaba con él. Entonces, a merced de la corriente, su pensamiento se contrajo, se obturó, dejó de gobernar. Solo regía la pulsión: salir, salir cuanto antes, como sea. Y, se puso a bracear contra la corriente, ansioso, desesperado por ganar la orilla, la roca que se interponía, lo que fuera. Algo donde aferrarse. Pero la corriente era poderosa, lo arrollaba todo, y él no podía remontarla, ni tan siquiera desviarse apenas de su loca carrera. El empeño resultaba vano. Llegó un momento en que sus fuerzas se debilitaron, y casi no podía mantenerse a flote, se hundía. Exhausto, incapaz de rematar la última brazada, se abandonó a la corriente. Se rindió. De nuevo volvió a ser juguete del río. Tan solo se ocupaba de flotar, de no tragar demasiada agua, de respirar; pero esto costaba muy poco, lo hacía casi sin querer. Salía solo.
Marchaba a la deriva. El río lo llevaba, lo llevaba, lo llevaba. Él se dejaba llevar, voltear, como los troncos, las latas o los bidones de plástico, contra lo que a menudo chocaba, y se hería. Los remolinos a veces lo succionaban, y, cuando ya creía que había llegado el final, lo devolvían a la superficie, como si lo vomitaran. El tiempo pasaba, y él, pese a tanto, no acababa de sucumbir, de ahogarse de una vez. Más aun, se había repuesto algo, lo suficiente para que su mente se destensara y se abriera. Al abrirse, vio que no estaba perdido del todo; al contrario, quizá se estuviera salvando. Solo hacía falta un poco de suerte y esperar. Porque esto en algún momento tendrá que acabar, como acaba todo. Desde entonces, fue distinto: la esperanza ya no lo abandonó. Ni en los rápidos, ni en la catarata, ni en el último remolino, el más grande y furioso, el más terrible, el peor. En todos estos trances, siempre confió que acabaría saliendo, de una manera o de otra.
Por fin, el río iba alcanzando la llanura. A medida que se acercaba, el cauce se hacía más ancho y el agua se esparcía. Y al esparcirse, aquella impetuosidad con la que descendía por el barranco se atenuaba. El río poco a poco se estaba serenando. Llegó un momento en que fue un remanso, casi un estanque. Entonces, él comenzó a nadar hacia la orilla, sin prisa, con algo de pereza, y salió del río, por su propio pie, como si tal cosa. Sentado en la orilla, sobre la hierba húmeda, tiritando de frío, se quedó mirando el agua, que discurría despacio, sin risa, severa, oscura, profunda, callada, mansa, adormecida. Pero pasaba, aunque no lo pareciera. Pasaba. Todo pasa, se dijo para sí con el pensamiento, sin el menor movimiento de sus labios, amoratados. Y se sintió más fuerte, y más sabio.
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“El río va más sereno, los palos bajan casi solos y hay más tiempo para pensar” (José Luis Sampedro. El río que nos lleva)
Todavía no es primavera, pero con las lluvias de la semana pasada ha comenzado a derretirse la nieve que cayó ya en noviembre y el río viene crecido, medio desbordado. Por el puente, a través de los ojos, pasa impetuoso, como desatado, incontenible. Este año no, pero hace tres años por Navidad, que también bajó tan caudaloso, o quizá más, hubo quién acabó en sus aguas bravas y espumosas, reidoras. Acabó cuando menos lo esperaba, sin saber muy bien de qué manera. A cualquiera le puede pasar, nadie está libre. Nadie.
Enseguida se vio precipitándose raudo ladera abajo. El agua lo llevaba de un lado para otro, lo envolvía, lo bajaba al fondo, lo subía de nuevo. Jugaba con él. Entonces, a merced de la corriente, su pensamiento se contrajo, se obturó, dejó de gobernar. Solo regía la pulsión: salir, salir cuanto antes, como sea. Y, se puso a bracear contra la corriente, ansioso, desesperado por ganar la orilla, la roca que se interponía, lo que fuera. Algo donde aferrarse. Pero la corriente era poderosa, lo arrollaba todo, y él no podía remontarla, ni tan siquiera desviarse apenas de su loca carrera. El empeño resultaba vano. Llegó un momento en que sus fuerzas se debilitaron, y casi no podía mantenerse a flote, se hundía. Exhausto, incapaz de rematar la última brazada, se abandonó a la corriente. Se rindió. De nuevo volvió a ser juguete del río. Tan solo se ocupaba de flotar, de no tragar demasiada agua, de respirar; pero esto costaba muy poco, lo hacía casi sin querer. Salía solo.
Marchaba a la deriva. El río lo llevaba, lo llevaba, lo llevaba. Él se dejaba llevar, voltear, como los troncos, las latas o los bidones de plástico, contra lo que a menudo chocaba, y se hería. Los remolinos a veces lo succionaban, y, cuando ya creía que había llegado el final, lo devolvían a la superficie, como si lo vomitaran. El tiempo pasaba, y él, pese a tanto, no acababa de sucumbir, de ahogarse de una vez. Más aun, se había repuesto algo, lo suficiente para que su mente se destensara y se abriera. Al abrirse, vio que no estaba perdido del todo; al contrario, quizá se estuviera salvando. Solo hacía falta un poco de suerte y esperar. Porque esto en algún momento tendrá que acabar, como acaba todo. Desde entonces, fue distinto: la esperanza ya no lo abandonó. Ni en los rápidos, ni en la catarata, ni en el último remolino, el más grande y furioso, el más terrible, el peor. En todos estos trances, siempre confió que acabaría saliendo, de una manera o de otra.
Por fin, el río iba alcanzando la llanura. A medida que se acercaba, el cauce se hacía más ancho y el agua se esparcía. Y al esparcirse, aquella impetuosidad con la que descendía por el barranco se atenuaba. El río poco a poco se estaba serenando. Llegó un momento en que fue un remanso, casi un estanque. Entonces, él comenzó a nadar hacia la orilla, sin prisa, con algo de pereza, y salió del río, por su propio pie, como si tal cosa. Sentado en la orilla, sobre la hierba húmeda, tiritando de frío, se quedó mirando el agua, que discurría despacio, sin risa, severa, oscura, profunda, callada, mansa, adormecida. Pero pasaba, aunque no lo pareciera. Pasaba. Todo pasa, se dijo para sí con el pensamiento, sin el menor movimiento de sus labios, amoratados. Y se sintió más fuerte, y más sabio.






