Sentidos trucados a sinsentidos
El tiempo presente, impredecible por tornadizo, quizás lo sea por la desaparición/anulación en la escena social de dos sentidos más profundos que los corporales: el común y el del humor. Del primero, da buena fe la burricie de los políticos con propuestas y ocurrencias que no llegan a la chusca significancia de la gracieta, por venir de donde viene, ni mucho menos a una gota de genial comicidad que, en su perfecto derecho, puede ocultar la excentricidad. El bloqueo institucional de este país bebe en la falta de vitamina que para una ciudadanía es la total carencia de liderazgos aupados en la poderosa razón del sosiego.
Con todo, mucho más grave es el extravío del sentido del humor. En los lejanos tiempos de un franquismo ya tardío, que trataba de volverse humano con campañas cívicas trufadas de eslóganes como contamos contigo, para incitar a la práctica deportiva, trabaja, pero seguro, encaminada a la seguridad laboral, mantén limpia España, del que muchos quisieron hacer doble lectura, hizo fortuna el de sonría, por favor.
Falta hacía en aquel régimen que durante cuatro décadas llenó España de pesadumbre moral. De todas maneras, optó por la moderación de la mueca y el rictus labial, no fuese que la estridencia de la carcajada, resultase toque a rebato de muchas conciencias dormidas, pero no muertas. Aquella máquina de hacer tristeza a base de glorias raciales no pudo, sin embargo, con la jovialidad de una generación que intuía el final del túnel. Y en éstas afloró un pueblo que, en su afán de reírse, buscó hacerlo de sí mismo, de lo más sagrado y hasta de sus lutos. No fueron pocos los chistes orales nacidos de la imaginación, propagados como la pólvora, sobre las muertes del dictador y su posible delfín. El país necesitaba la válvula de escape de una explosión de risas, tras tantos años de obligado encorsetamiento por el muermo de los valores eternos de una dictadura, que llegó a la desfachatez de esculpir a su caudillo en el cupro-níquel de la peseta con la sublimación original de la gracia de Dios (las gracias de Dios, con las que contraatacó el cachondo casticismo).
La España de este ahora vuelve a ser la de gesto adusto, la de un humor sin la chispa creativa de publicaciones como La Codorniz, carente, en el más amplio absoluto, del grafismo demoledor de una viñeta de Mingote o Forges, dos entre tantísimos, o de las irreverencias anarcoides de Gila o de Tip y Coll, o del esperpento cinematográfico de un Berlanga, sacando hasta la última gota el zumo agridulce del humor negro que exprimió con singular maestría. Ha desaparecido el ingenio de un humorismo literario y periodístico prestidigitando con eufemismos y frases de triple y cuádruple intención las censuras hacia cualquier dardo contra los excesos de las autoridades y autoritarismos. La larga y prolífica estirpe de Quevedo se ha extinguido.
A cambio (con las loables excepciones de supervivientes como El Roto y Peridis), se ha instalado un canal humorístico perfecto apéndice de los variados afluentes del borreguismo que persigue las nuevas tecnologías. Hoy, un chiste no se cuenta y se mastica, solamente se mira. No aflora de una imaginación vivaz o de un trabajo neuronal, sino de artimañas técnicas que permiten superponer rostros a voluntad de famosos o famosillos, junto a movimientos estrafalarios de cabeza, tronco o extremidades. No se jalea la gracia con la risa espontánea, y algo retardada, que certifica el verdadero humor, sino con la jocundidad fingida de emojis y emoticonos, usurpadores de nuestra natural risotada.
En una dictadura, la agudeza es una escapada. En una democracia, puede derivar en un riesgo. Algo parecido sucede en esta España ocupada por una clase política sin cintura alguna para la broma en cabeza propia y con toda la versatilidad para la que acaece en cabeza ajena o adversaria. Es verdad, no hay censura oficial contra el sarcasmo, pero se ha delegado en el tribunal popular de las redes sociales, la nueva Inquisición, el seguimiento a rajatabla de toda la ortodoxia de lo políticamente correcto y su amplísima gama de tabúes.
Un fino sentido del humor rejuvenece a una colectividad, puede, a más, que a una cultura o a una civilización. No podemos entender el progreso de la humanidad sin el ingrediente de la comicidad, del enorme valor que tiene para desarmar dialécticamente a los adversarios la coraza inexpugnable de saber reírnos de nosotros mismos. El sentido común y el del humor han desaparecido de nuestra cotidianidad, y con ese doble sinsentido, se sube un escalón más en la pretensión de prohibirnos pensar. Ingente es la fraseología del humor a través de los tiempos. Sirva ésta única, de Francis Bacon, como resumen de todo lo aquí dicho: la imaginación consuela al ser humano por lo que no es; el sentido del humor le consuela por lo que es.
El tiempo presente, impredecible por tornadizo, quizás lo sea por la desaparición/anulación en la escena social de dos sentidos más profundos que los corporales: el común y el del humor. Del primero, da buena fe la burricie de los políticos con propuestas y ocurrencias que no llegan a la chusca significancia de la gracieta, por venir de donde viene, ni mucho menos a una gota de genial comicidad que, en su perfecto derecho, puede ocultar la excentricidad. El bloqueo institucional de este país bebe en la falta de vitamina que para una ciudadanía es la total carencia de liderazgos aupados en la poderosa razón del sosiego.
Con todo, mucho más grave es el extravío del sentido del humor. En los lejanos tiempos de un franquismo ya tardío, que trataba de volverse humano con campañas cívicas trufadas de eslóganes como contamos contigo, para incitar a la práctica deportiva, trabaja, pero seguro, encaminada a la seguridad laboral, mantén limpia España, del que muchos quisieron hacer doble lectura, hizo fortuna el de sonría, por favor.
Falta hacía en aquel régimen que durante cuatro décadas llenó España de pesadumbre moral. De todas maneras, optó por la moderación de la mueca y el rictus labial, no fuese que la estridencia de la carcajada, resultase toque a rebato de muchas conciencias dormidas, pero no muertas. Aquella máquina de hacer tristeza a base de glorias raciales no pudo, sin embargo, con la jovialidad de una generación que intuía el final del túnel. Y en éstas afloró un pueblo que, en su afán de reírse, buscó hacerlo de sí mismo, de lo más sagrado y hasta de sus lutos. No fueron pocos los chistes orales nacidos de la imaginación, propagados como la pólvora, sobre las muertes del dictador y su posible delfín. El país necesitaba la válvula de escape de una explosión de risas, tras tantos años de obligado encorsetamiento por el muermo de los valores eternos de una dictadura, que llegó a la desfachatez de esculpir a su caudillo en el cupro-níquel de la peseta con la sublimación original de la gracia de Dios (las gracias de Dios, con las que contraatacó el cachondo casticismo).
La España de este ahora vuelve a ser la de gesto adusto, la de un humor sin la chispa creativa de publicaciones como La Codorniz, carente, en el más amplio absoluto, del grafismo demoledor de una viñeta de Mingote o Forges, dos entre tantísimos, o de las irreverencias anarcoides de Gila o de Tip y Coll, o del esperpento cinematográfico de un Berlanga, sacando hasta la última gota el zumo agridulce del humor negro que exprimió con singular maestría. Ha desaparecido el ingenio de un humorismo literario y periodístico prestidigitando con eufemismos y frases de triple y cuádruple intención las censuras hacia cualquier dardo contra los excesos de las autoridades y autoritarismos. La larga y prolífica estirpe de Quevedo se ha extinguido.
A cambio (con las loables excepciones de supervivientes como El Roto y Peridis), se ha instalado un canal humorístico perfecto apéndice de los variados afluentes del borreguismo que persigue las nuevas tecnologías. Hoy, un chiste no se cuenta y se mastica, solamente se mira. No aflora de una imaginación vivaz o de un trabajo neuronal, sino de artimañas técnicas que permiten superponer rostros a voluntad de famosos o famosillos, junto a movimientos estrafalarios de cabeza, tronco o extremidades. No se jalea la gracia con la risa espontánea, y algo retardada, que certifica el verdadero humor, sino con la jocundidad fingida de emojis y emoticonos, usurpadores de nuestra natural risotada.
En una dictadura, la agudeza es una escapada. En una democracia, puede derivar en un riesgo. Algo parecido sucede en esta España ocupada por una clase política sin cintura alguna para la broma en cabeza propia y con toda la versatilidad para la que acaece en cabeza ajena o adversaria. Es verdad, no hay censura oficial contra el sarcasmo, pero se ha delegado en el tribunal popular de las redes sociales, la nueva Inquisición, el seguimiento a rajatabla de toda la ortodoxia de lo políticamente correcto y su amplísima gama de tabúes.
Un fino sentido del humor rejuvenece a una colectividad, puede, a más, que a una cultura o a una civilización. No podemos entender el progreso de la humanidad sin el ingrediente de la comicidad, del enorme valor que tiene para desarmar dialécticamente a los adversarios la coraza inexpugnable de saber reírnos de nosotros mismos. El sentido común y el del humor han desaparecido de nuestra cotidianidad, y con ese doble sinsentido, se sube un escalón más en la pretensión de prohibirnos pensar. Ingente es la fraseología del humor a través de los tiempos. Sirva ésta única, de Francis Bacon, como resumen de todo lo aquí dicho: la imaginación consuela al ser humano por lo que no es; el sentido del humor le consuela por lo que es.






