El mentiroso
![[Img #47984]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/02_2020/1519_dsc_0082-2.jpg)
El único lugar del mundo donde la mentira no solo es permitida sino celebrada y aplaudida es el teatro. Fascinante retablo de maravillas el escenario, en el que justamente la ficción sirve para desvelar y revelar lo mejor y lo peor de la sociedad, desenmascarar al hipócrita, denunciar al corrupto, ridiculizar al presuntuoso y al necio, mostrar reflejados, en fin, en su espejo nuestras virtudes y nuestros vicios. A fustigar estos últimos dedicó su agudo ingenio el dramaturgo hispanomexicano Juan Ruiz de Alarcón en la España de los Austrias. Deforme y corcovado como era, fue víctima reiterada de la befa y el escarnio de sus contemporáneos, que lo motejaron de todas las maneras imaginables y todas crueles: “poeta entre dos platos”, “baúl poeta”, “poeta juanetes” … Tal vez fuera esta desgraciada condición física la que lo impulsó a escribir comedias con una profunda intención satírica y moralizadora. Entre ellas, la que mayor fama le daría, La verdad sospechosa, que el francés Pierre Corneille imitó en Le menteur (El mentiroso), cuyo título viene más a cuento de lo que en esta saeta quiero decir a propósito de cómo en nuestros días cunde la especie del embustero compulsivo y sin escrúpulos.
El protagonista de La verdad sospechosa es don García, arquetipo del buscavidas al que su padre manda a la corte con el ánimo de que adquiera experiencia y perfeccione su formación. Inútil empeño, porque el personaje es un redomado embustero, incapaz de dar un paso y establecer relaciones si no es a costa del engaño y la trapacería. Don García es la contrafigura del cortesano renacentista o del discreto, obligado a respetar siempre el código del honor, según el cual decir siempre la verdad es cosa sagrada. “Palabra de honor”, se decía con mucha frecuencia en otros tiempos. Y es que no hacía falta escribirla; bastaba decirla para que la palabra adquiriera un valor casi mágico y creara alrededor de quien la pronunciaba un halo de respeto y confianza.
Si en el ámbito familiar esta fórmula tenía un efecto contundente, imaginémonos lo que podía representar en el ámbito público. Sin embargo, los políticos –supongo que los de entonces tampoco– no parecen muy partidarios de ella, porque no la mencionan en sus discursos, por regla general llenos de tópicos y exabruptos. “Palabra de honor”: se les debe antojar una antigualla incompatible con las normas extravagantes de esa neolengua que desean implantar entre los ciudadanos, ciscándose en la gramática (por cierto, ¡bravo! por la Real Academia y su informe sobre la inutilidad del lenguaje inclusivo). Así es que ni palabra, ni mucho menos de honor en estas personas, muchos de nuestros políticos más destacados, que, expuestos casi todo el día a la mirada ajena, dejan de ser referentes, salvo para los fanáticos, y dejan de serlo porque mienten, mienten mucho.
Mienten cuando, por ejemplo, presumen de currículos excepcionales, excepcionalmente hinchados. Mienten cuando alegan títulos que solo existen en su imaginación, estancias en universidades extranjeras que, en realidad, son cursillos en sucursales españolas de aquellas. Mienten cuando presentan tesis doctorales escritas a golpe de corta y pega en universidades vergonzantes. Mienten cuando publican libros escritos por manos ajenas. Mienten cuando promueven unos planes de estudio en los cuales la historia aparece falsificada y sustituida por mitologías nacionalistas. Mienten cuando hablan de países sometidos a dictaduras como lugares casi utópicos, ignorando lo mal que lo pasan las mayorías. Mienten cuando en las campañas electorales dicen una cosa y, una vez alcanzados despachos y poltronas, hacen la contraria. Mienten cuando preconizan para los demás una forma de vida austera y al margen de privilegios, y ellos se dan al lujo y al boato.
Mienten, mienten sin tregua, y la mentira se va adueñando del sistema con el riesgo de contaminarlo todo. La ejemplaridad pública de que debieran hacer gala los políticos (el ensayo de Javier Gomá así titulado no debe formar parte de sus lecturas) es cosa de solo unos pocos, y el honrado pueblo (es un decir) no encuentra referentes que le sirvan de guía en tiempos de desorientación general. No todo está perdido. A algunos de estos llamados servidores públicos se les ha cogido en una mentira, y han tenido la dignidad de dimitir o se les ha obligado a cesar. No es, por desgracia, la praxis frecuente, y la política –noble, necesaria, cuando se ejerce con honradez– corre el riesgo de convertirse en el arte de la mentira.
Atrapado en su telaraña de embustes, el político mentiroso rectifica una y otra vez hasta dar con una versión de los hechos que, por mucho que se aproxime a la verdad, ha dejado de ser creíble y, en efecto, ya nadie cree. Eso es, exactamente, lo que le sucedía al don García del bueno de Ruiz de Alarcón, pues –como concluye el gracioso de la comedia–, ”en la boca del que mentir acostumbra, es la verdad sospechosa”.
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El único lugar del mundo donde la mentira no solo es permitida sino celebrada y aplaudida es el teatro. Fascinante retablo de maravillas el escenario, en el que justamente la ficción sirve para desvelar y revelar lo mejor y lo peor de la sociedad, desenmascarar al hipócrita, denunciar al corrupto, ridiculizar al presuntuoso y al necio, mostrar reflejados, en fin, en su espejo nuestras virtudes y nuestros vicios. A fustigar estos últimos dedicó su agudo ingenio el dramaturgo hispanomexicano Juan Ruiz de Alarcón en la España de los Austrias. Deforme y corcovado como era, fue víctima reiterada de la befa y el escarnio de sus contemporáneos, que lo motejaron de todas las maneras imaginables y todas crueles: “poeta entre dos platos”, “baúl poeta”, “poeta juanetes” … Tal vez fuera esta desgraciada condición física la que lo impulsó a escribir comedias con una profunda intención satírica y moralizadora. Entre ellas, la que mayor fama le daría, La verdad sospechosa, que el francés Pierre Corneille imitó en Le menteur (El mentiroso), cuyo título viene más a cuento de lo que en esta saeta quiero decir a propósito de cómo en nuestros días cunde la especie del embustero compulsivo y sin escrúpulos.
El protagonista de La verdad sospechosa es don García, arquetipo del buscavidas al que su padre manda a la corte con el ánimo de que adquiera experiencia y perfeccione su formación. Inútil empeño, porque el personaje es un redomado embustero, incapaz de dar un paso y establecer relaciones si no es a costa del engaño y la trapacería. Don García es la contrafigura del cortesano renacentista o del discreto, obligado a respetar siempre el código del honor, según el cual decir siempre la verdad es cosa sagrada. “Palabra de honor”, se decía con mucha frecuencia en otros tiempos. Y es que no hacía falta escribirla; bastaba decirla para que la palabra adquiriera un valor casi mágico y creara alrededor de quien la pronunciaba un halo de respeto y confianza.
Si en el ámbito familiar esta fórmula tenía un efecto contundente, imaginémonos lo que podía representar en el ámbito público. Sin embargo, los políticos –supongo que los de entonces tampoco– no parecen muy partidarios de ella, porque no la mencionan en sus discursos, por regla general llenos de tópicos y exabruptos. “Palabra de honor”: se les debe antojar una antigualla incompatible con las normas extravagantes de esa neolengua que desean implantar entre los ciudadanos, ciscándose en la gramática (por cierto, ¡bravo! por la Real Academia y su informe sobre la inutilidad del lenguaje inclusivo). Así es que ni palabra, ni mucho menos de honor en estas personas, muchos de nuestros políticos más destacados, que, expuestos casi todo el día a la mirada ajena, dejan de ser referentes, salvo para los fanáticos, y dejan de serlo porque mienten, mienten mucho.
Mienten cuando, por ejemplo, presumen de currículos excepcionales, excepcionalmente hinchados. Mienten cuando alegan títulos que solo existen en su imaginación, estancias en universidades extranjeras que, en realidad, son cursillos en sucursales españolas de aquellas. Mienten cuando presentan tesis doctorales escritas a golpe de corta y pega en universidades vergonzantes. Mienten cuando publican libros escritos por manos ajenas. Mienten cuando promueven unos planes de estudio en los cuales la historia aparece falsificada y sustituida por mitologías nacionalistas. Mienten cuando hablan de países sometidos a dictaduras como lugares casi utópicos, ignorando lo mal que lo pasan las mayorías. Mienten cuando en las campañas electorales dicen una cosa y, una vez alcanzados despachos y poltronas, hacen la contraria. Mienten cuando preconizan para los demás una forma de vida austera y al margen de privilegios, y ellos se dan al lujo y al boato.
Mienten, mienten sin tregua, y la mentira se va adueñando del sistema con el riesgo de contaminarlo todo. La ejemplaridad pública de que debieran hacer gala los políticos (el ensayo de Javier Gomá así titulado no debe formar parte de sus lecturas) es cosa de solo unos pocos, y el honrado pueblo (es un decir) no encuentra referentes que le sirvan de guía en tiempos de desorientación general. No todo está perdido. A algunos de estos llamados servidores públicos se les ha cogido en una mentira, y han tenido la dignidad de dimitir o se les ha obligado a cesar. No es, por desgracia, la praxis frecuente, y la política –noble, necesaria, cuando se ejerce con honradez– corre el riesgo de convertirse en el arte de la mentira.
Atrapado en su telaraña de embustes, el político mentiroso rectifica una y otra vez hasta dar con una versión de los hechos que, por mucho que se aproxime a la verdad, ha dejado de ser creíble y, en efecto, ya nadie cree. Eso es, exactamente, lo que le sucedía al don García del bueno de Ruiz de Alarcón, pues –como concluye el gracioso de la comedia–, ”en la boca del que mentir acostumbra, es la verdad sospechosa”.






