Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 08 de Febrero de 2020

La Historia no es un cuento es una experiencia a tener en cuenta

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Hay muchos temas importantes sin resolver que marcan la vida política nacional desde hace ya demasiado tiempo. A casi todos estos asuntos importantes se les ve poca luz por más que se maree y maree la perdiz pues parece que la bruma  haya invadido las mientes de aquellos que han decidido organizar y dirigir nuestra vida y la de nuestro país.

 

Voy a darle una vuelta de tuerca a alguno de esos temas.  Por ejemplo, hace justo doscientos años que por estas fechas se iniciaba un movimiento liberal como reacción al nefasto comportamiento del rey que habíamos rescatado con coraje, y mucha sangre de por medio, de las garras de nuestros siempre enemigos, los pérfidos franceses.

 

Seis años llevaba  Fernando VII instalado de nuevo en su trono (1814)  -después de que los fieros y alterados españoles echaran con cajas destempladas a los prepotentes e ilustrados vecinos-  creyéndose el ‘rey del mambo’, confiado y arropado por el entusiasmo de ‘su’ pueblo que ardía en alegrías por haber recuperado la corona de ‘su’ Borbón.

 

Pero pasados estos años  de autosatisfacción real, el pueblo español se dio cuenta de que había hecho un pan como unas hostias (con perdón). Habían idealizado a su rey, por el que habían peleado, y resultó que su rey no era lo esperado y además era muy poco agradecido, y es sabido que eso no es de bien nacido.

 

Visto lo visto, el 1 de enero de 1820 un Teniente Coronel llamado Rafael Riego, a quien se le había acabado la paciencia, se puso en marcha desde Cádiz, con su himno hipnótico, para reconducir al Rey chisgarabís por el camino de sus deberes. Llegado el momento de  incomodidad de la situación nacional, a Fernando el VII no le quedó otra que jurar el acatamiento de la Constitución de 1812, o Constitución de Cádiz, una novedosísima e importantísima referencia democrática para las demás constituciones del mundo y un salto cualitativo trascendental para nuestro país. Comenzó así un significativo tiempo de cambios fundamentales para la sociedad española: El Trienio Liberal.

 

Pero este acto democrático el rey Fernando lo rubricó sin muchas ganas, forzado por las circunstancias y escondiendo su mano derecha con los dedos montados, como hacen los niños en situaciones semejantes, es decir, “lo hago pero no lo pienso cumplir” o “lo que digo no vale”. Y así fue. Tras tres años de Gobierno Liberal el cruce de dedos le valió a este artero monarca para autorizarse a sostener que: donde dije digo digo Diego, y decidir hacer valer su corona de Rey al estilo arbitrario de sus antepasados gabachos, los Luises (XIV; XV, XVI), sin democracias ni constituciones ni mandangas. Y el ingrato Fernando lo logró con malas artes y una gran deslealtad.

 

Para conseguir sus fines personales decidió llamar en su ayuda a su pariente francés Luis XVIII quien hacía pocos años que había recuperado el trono de su familia después de la Gran Revolución y guillotina de los suyos y después de confinar en el lejano pacífico al autoproclamado Emperador Napoleón I. Es decir, llamó a nuestros enemigos franceses -contra los que habíamos luchado a sangre y fuego para que él volviera a su reino- a que nos machacaran para acabar con tanta democracia y tanta Constitución que no le gustaba un pimiento y le impedían hacer lo que se le antojara. Llegaron los Cien Mil Hijos de San Luis y le colocaron de nuevo en un único y absoluto trono.

 

Diez años le quedaban de reinado hasta su muerte. Diez años crueles durante los que se ensañó con los que habían querido mermar su poder, con los liberales que pretendían avanzar por el camino de las libertades. Años nefastos para el reino.

 

En aquellos tiempos de desconciertos políticos, y al amparo de sus desórdenes bélicos, nuestros numerosos países coloniales buscaban su identificación y su cierta autonomía. En el Trienio Liberal (1820/23), cuando todavía Fernando VII no se había encajado la corona a fuego francés, se consideró momento necesariamente adecuado para abordar la organización política, administrativa y económica de las  importantes y extensísimas colonias americanas.

 

Los españoles/americanos, tratando de resolver la complicada situación colonial, presentaron en las Cortes de Madrid una estudiada organización federal. Propusieron la posibilidad de tres secciones de Cortes en América. Una en la ciudad de México para Nueva España (Nueva España era lo que hoy es: México; los actuales estados americanos de: California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington, Florida, Montana, Wyoming, Kansas, Oklahoma; Guatemala, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Cuba, Republica Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Guadalupe, las islas Filipinas, las islas Carolinas y las islas Marianas). Otras Cortes en la ciudad de Santa Fe de Nueva Granada (Colombia, Venezuela, Ecuador). Y las terceras Cortes en Lima agrupando Perú, Buenos Aires y Chile.

 

Estas inmensas y ricas posesiones españolas no sólo requerían una cierta autonomía legislativa sino también pedían un gobierno propio, un poder judicial propio y una Hacienda propia, aunque la propuesta mantenía el vínculo de unión con la monarquía constitucional. Y proponían establecer unas reglas para que el comercio entre la Península y los estados americanos se considerara igual que entre provincias en toda la monarquía. (Manuel Chust, catedrático de Historia)

 

Veamos. En 1820 los españoles/americanos estaban proponiendo la organización de una Mancomunidad de Naciones (una Commonwealth), esto que los ingleses hicieron cien años más tarde, en 1930, con sus colonias y tan beneficiosamente les ha ido en todos los ámbitos, sobre todo en el económico. Pero aquella idea tan estupenda y novedosa que serviría para mantener un vínculo claramente ventajoso cultural, económica y políticamente para todos los países integrantes de la monarquía española, se fue a pique porque a nuestro astuto e ilustrado rey no le gustó y puso todos los impedimentos a su alcance para que no se llevara a cabo lo que hubiera sido un proyecto de concordia inteligente y lucrativo. En lugar de negociar sobre las bases de este proyecto prefirió confiar el futuro de las abundantes colonias a sus militares y utilizar las armas para someter a sus súbditos americanos. La fastidió. El error costó muchas vidas y el triunfo de la independencia total de las colonias americanas. Una importantísima pérdida para España.

 

A finales de 1823, con la ayuda de los Cien mil hijos de San Luis, se acaba el Trienio Liberal. Se anula la modernísima y democrática Constitución. “El rey es repuesto en su absoluto absolutismo, los liberales democráticos fusilados o en el exilio y la presencia de la monarquía liquidada en el continente americano.” Fin del régimen colonial en ese continente. “Nunca monarca alguno sobre la Tierra perdió tanta porción de su reino como Fernando VII en tan pocos años” (apunta el catedrático de Historia Juan Marchena).

 

Y… ¿a dónde voy con la exposición de este acontecimiento tan importante de nuestra Historia? Pues a constatar que por la fuerza y el empecinamiento es muy difícil, o casi imposible, conseguir algo bueno entre partes. Que las mentes tienen y deben de estar abiertas a escuchar y considerar y llegar a acuerdos de beneficio mutuo. Que se pierde la razón cuando se levanta la voz. Que para negociar hay que saber controlar las emociones. Que nadie es perfecto pero que todos debemos intentar serlo y más los que tienen responsabilidades. Que los egos son muy nocivos para la salud y para  beneficio propio y ajeno. Que hay que aprender de los errores propios y ajenos. Que la inteligencia no ha de ser sólo herramienta de los científicos. Qué, Qué, Qué…

 

A ver si pasan las crispaciones. A ver qué pasa con los catalanes. A ver qué hacen nuestros políticos. A ver si ganamos todos en lugar de perder todos. A ver.

 

O témpora o mores.

 

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