El mar por la noche
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“Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,el viento las sacude con sus viajeras manos”
(Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada)
Es una noche de verano de finales de junio. Se acuesta, pero no puede dormir. Hace calor. Entonces, se levanta y abre la ventana, las dos hojas, de par en par. Enfrente, abajo, cerca, está el mar. El mar oscuro. A lo lejos, sobre el horizonte, indefinido, la luna se está elevando, apenas roza ya el agua. Una luna grande, redonda, plena, poderosa. En el cielo las estrellas parpadean indiferentes.
Regresa a la cama. Un rectángulo de luz metálica penetra en la habitación. Pero cierra los ojos y otra vez vuelve a ser todo negro. Por la ventana le llega el ruido del mar. Las olas que van y vienen, que besan la playa y se retiran, así una y otra vez, así siempre, eternamente. Y se imagina sobre sus crestas, envuelto por la espuma, dejándose llevar, como si fuera el juguete olvidado de un niño. Mientras tanto, la sangre se le va serenando, ya no golpea con tanta fuerza las paredes de las venas. Ya no parece que vaya a reventar las sienes.
Del extremo de la playa le llega la música de una canción que se entrevera con el rumor de las olas. Es la puerta de un bar musical que se abre. La canción le recuerda otra noche de verano. La boca se le humedece, nota la saliva dulce y tibia. En la yema de los dedos siente una piel tersa, cálida, acogedora. Debajo, la carne endurecida por el roce. Carne que se estremece. Se cierra la puerta, la música se extingue. El recuerdo también se borra. La boca se vuelve a quedar seca y los dedos sin tacto. De nuevo solo el mar, las olas de acá para allá, rompiendo.
Un pitido. El pitido del tren, que anuncia su llegada a la estación. Mientras dura, el mar desaparece, no existe. Pero el pitido dura poco y enseguida regresa el mar. El mar, el mar. Y cuando parecía que la noche era del mar, de su música, irrumpe otro sonido: un coche que arranca, que acelera, que sale quemando rueda, derrapa, quizá en una curva, y se pierde calle arriba, hasta que no queda nada de él, ni siquiera el recuerdo de sus bramidos. Entonces, otra vez el mar, su agitación, el aliento de su vida, el mismo llanto. El mar que no se queda quieto, que no calla, siempre murmurando. Que no cesa de ir y de venir. Y todo para nada. Porque en el fondo las cosas no cambian, siguen igual, como antes, como antes de antes, como toda la vida han sido.
De pronto, resuenan pasos debajo de la ventana. Parece que son dos personas que vienen caminando por la acera. Se acercan despacio, hablando, deteniéndose a veces. Son un hombre y una mujer. Cuando el rugido de las olas se atenúa, suben nítidas las palabras, incluso, a veces, llega alguna frase entera. Palabras duras, que suenan a despedida, a final. A se acabó. Palabras a las que no responden otras palabras, sino el silencio, el ronroneo del agua. Se adivina el pesar, el dolor, la tristeza. Alguna lágrima que no se ha podido contener. También gotas de rabia. Pasan, y queda el eco de esas palabras retumbando en el aire, como si no fuera apagarse nunca. Por fin, las campanadas del reloj de la torre de la iglesia logran ahogar ese eco amargo, tan feo. Después, una vez más, el mar. Mar y más mar. Solo mar. Por consiguiente, el flujo de su sangre todavía más se refrena, medio se remansa en sus venas, que se destensan después de tanta acometida. Y ni un latido ya en las sienes.
A punto de traspasar el umbral del sueño, aún alcanza a percibir el roce por los adoquines de papeles y bolsas de plástico que una súbita racha de viento los sacó de su estatismo y los hizo rodar por el suelo. Pero es por poco tiempo, porque enseguida se le vuelve todo claro, lleno de luz, de colores. Y ya no hay mar oscuro, ni olas, ni playa donde morir. Él es una nube blanca y pequeña, pero densa, puro algodón, flotando ingrávido en el vacío, por encima de las cumbres de las montañas, más alto que el vuelo de las aves. Sin sangre, sin latidos acelerados, sin golpeteos. Ningún sobresalto. El viento la empuja, y ella avanza, suavemente, despacio, por la nada, donde no hay sonidos, solo el silencio, llenándolo todo, de una parte a otra. Y paz, mucha paz. Es como un barco que navega por el océano azul del cielo. Navega sin rumbo, adonde el viento quiera llevarla. Pero eso, qué más da, si en el cielo todos los lugares son iguales. Lo que importa es flotar.
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“Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,el viento las sacude con sus viajeras manos”
(Pablo Neruda. Veinte poemas de amor y una canción desesperada)
Es una noche de verano de finales de junio. Se acuesta, pero no puede dormir. Hace calor. Entonces, se levanta y abre la ventana, las dos hojas, de par en par. Enfrente, abajo, cerca, está el mar. El mar oscuro. A lo lejos, sobre el horizonte, indefinido, la luna se está elevando, apenas roza ya el agua. Una luna grande, redonda, plena, poderosa. En el cielo las estrellas parpadean indiferentes.
Regresa a la cama. Un rectángulo de luz metálica penetra en la habitación. Pero cierra los ojos y otra vez vuelve a ser todo negro. Por la ventana le llega el ruido del mar. Las olas que van y vienen, que besan la playa y se retiran, así una y otra vez, así siempre, eternamente. Y se imagina sobre sus crestas, envuelto por la espuma, dejándose llevar, como si fuera el juguete olvidado de un niño. Mientras tanto, la sangre se le va serenando, ya no golpea con tanta fuerza las paredes de las venas. Ya no parece que vaya a reventar las sienes.
Del extremo de la playa le llega la música de una canción que se entrevera con el rumor de las olas. Es la puerta de un bar musical que se abre. La canción le recuerda otra noche de verano. La boca se le humedece, nota la saliva dulce y tibia. En la yema de los dedos siente una piel tersa, cálida, acogedora. Debajo, la carne endurecida por el roce. Carne que se estremece. Se cierra la puerta, la música se extingue. El recuerdo también se borra. La boca se vuelve a quedar seca y los dedos sin tacto. De nuevo solo el mar, las olas de acá para allá, rompiendo.
Un pitido. El pitido del tren, que anuncia su llegada a la estación. Mientras dura, el mar desaparece, no existe. Pero el pitido dura poco y enseguida regresa el mar. El mar, el mar. Y cuando parecía que la noche era del mar, de su música, irrumpe otro sonido: un coche que arranca, que acelera, que sale quemando rueda, derrapa, quizá en una curva, y se pierde calle arriba, hasta que no queda nada de él, ni siquiera el recuerdo de sus bramidos. Entonces, otra vez el mar, su agitación, el aliento de su vida, el mismo llanto. El mar que no se queda quieto, que no calla, siempre murmurando. Que no cesa de ir y de venir. Y todo para nada. Porque en el fondo las cosas no cambian, siguen igual, como antes, como antes de antes, como toda la vida han sido.
De pronto, resuenan pasos debajo de la ventana. Parece que son dos personas que vienen caminando por la acera. Se acercan despacio, hablando, deteniéndose a veces. Son un hombre y una mujer. Cuando el rugido de las olas se atenúa, suben nítidas las palabras, incluso, a veces, llega alguna frase entera. Palabras duras, que suenan a despedida, a final. A se acabó. Palabras a las que no responden otras palabras, sino el silencio, el ronroneo del agua. Se adivina el pesar, el dolor, la tristeza. Alguna lágrima que no se ha podido contener. También gotas de rabia. Pasan, y queda el eco de esas palabras retumbando en el aire, como si no fuera apagarse nunca. Por fin, las campanadas del reloj de la torre de la iglesia logran ahogar ese eco amargo, tan feo. Después, una vez más, el mar. Mar y más mar. Solo mar. Por consiguiente, el flujo de su sangre todavía más se refrena, medio se remansa en sus venas, que se destensan después de tanta acometida. Y ni un latido ya en las sienes.
A punto de traspasar el umbral del sueño, aún alcanza a percibir el roce por los adoquines de papeles y bolsas de plástico que una súbita racha de viento los sacó de su estatismo y los hizo rodar por el suelo. Pero es por poco tiempo, porque enseguida se le vuelve todo claro, lleno de luz, de colores. Y ya no hay mar oscuro, ni olas, ni playa donde morir. Él es una nube blanca y pequeña, pero densa, puro algodón, flotando ingrávido en el vacío, por encima de las cumbres de las montañas, más alto que el vuelo de las aves. Sin sangre, sin latidos acelerados, sin golpeteos. Ningún sobresalto. El viento la empuja, y ella avanza, suavemente, despacio, por la nada, donde no hay sonidos, solo el silencio, llenándolo todo, de una parte a otra. Y paz, mucha paz. Es como un barco que navega por el océano azul del cielo. Navega sin rumbo, adonde el viento quiera llevarla. Pero eso, qué más da, si en el cielo todos los lugares son iguales. Lo que importa es flotar.






