Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 08 de Febrero de 2020

El héroe del barrio

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Issur Danielovich Demsky, el cine tiene esa magia, cambiar un nombre impronunciable por un mito. Esta especie de trabalenguas en el celuloide se convertía en el Kirk Douglas de sencilla y rutinaria dicción. Actor longevo y prolífico. Unió la centena a vida y a profesión. Acaba de morir con 103 años, y en su palmarés, sus películas superan los tres dígitos de las diez decenas.

 

Kirk Douglas, para la gente de mi generación, es un referente. Deja el hueco melancólico de un compañero que se va. Sí, este actor, príncipe de la risa cínica tras las cámaras y del hoyuelo en la barbilla como genuina rúbrica de la firma de una fisonomía imborrable, fue uno de mis héroes del barrio. Lo fue, aún viviendo separados por un océano y habitar distintos continentes, pero ahí siguen los milagros del cine, el arte que, por ser de la imagen en movimiento, osa romper las dimensiones del espacio y del tiempo como ninguna otra creación humana.

 

Esa ubicación de barriada que le concedo a su heroicidad es porque se me presentaba cada equis tiempo en aquellas salas de doble programa que abundaban entonces en el Madrid periférico, de a duro la butaca para visionados sin fin de las películas de reestreno. Kirk Douglas, como John Wayne, James Stewart, Henry Fonda, Burt Lancaster (el de la cagaste, para los castizos) y una larga lista, eran el gancho de una chiquillería que solo se conformaba en su crítica cinematográfica con la gesta sin dobleces del bueno y la ruindad del malvado, sin atajos de traumas infantiles conjugados en pretérito, pues era malo porque sí, porque sin malo es imposible que haya bueno, y dejémonos de zarandajas. Y por si no bastara, las miradas ya tenían que delimitar los papeles desde el primer fotograma. Nuestro cine era maniqueo en esencia y no admitía más calidad que la ortodoxia del prota haciendo morder el polvo a sus rivales, tras haberlas pasado canutas un buen metraje, al tiempo que se llevaba a la chica en el plano final de las monturas alejándose por la gran pradera, rumbo a su nido de amor.

 

Pero ahora que lo pienso, Kirk Douglas nunca fue un bueno ni un malo al uso de nuestros primitivos códigos éticos. Quizá nos enseñó, dadas nuestras cortas entendederas,  a comprender las múltiples aristas de un guión.  Salvo en Espartaco, un papel en el que se adorna de toda la épica del rebelde poniendo en jaque al imperio, y que para nosotros solo tuvo el mensaje de la aventura, o el admirable justiciero de El último Tren de Gun Hill, que recuerde, buena parte de su cinematografía se ha movido sobre personajes entre atormentados y  tunantes. El Loco del Pelo Rojo (briosa y dramática recreación del genial Van Gogh) o El Día de los Tramposos, donde la simpatía y astucia desplegada en su papel de Paris Pitman, hace olvidar enseguida su faceta de cabroncete. El juego de engaños que sostiene con John Wayne en El Asalto al Carro Blindado tiene escenas desternillantes. Sea como fuere, el caso es que las películas de este hombre nos gustaban a rabiar, y eso le hizo formar parte del selecto elenco de nuestros héroes (de cine) del barrio.

 

Con Kirk o con Issur se ha ido el último gran dinosaurio cinematográfico. El tiempo es mucho más destructivo y tenaz que cualquier meteorito. Bueno, en la retaguardia queda un único vestigio, una actriz, Olivia de Havilland, también con 103 años, y en algunos registros ambivalentes entre papeles de heroína y de malvada, bastante parecida a Douglas. Pero nuestros años de infancia, en esto de las preferencias cinematográficas, la prueba del algodón de los paladines, la valentía, era por entero masculina. Lo femenino nos invadía con el halo de los amores platónicos hacia aquellas bellezas imposibles de ver por la calle. Éramos así de misóginos, qué le vamos a hacer.

 

La muerte de Kirk Douglas no nos deja solo huérfanos de un gran actor y de las polivalencias interpretativas de sus personajes. Nos abandona también un hombre coherente y fiel a su ideario. Que habló claro en los siempre tortuosos platós de las tribunas sociales. Que reivindicó el gran quehacer de profesionales ninguneados por las correcciones políticas de moda, como el guionista Dalton Trumbo. Pero al final, como en tantas películas, se llevó a la chica, en forma del único Óscar que consiguió, a título honorífico, para deshonor de las malvadas intolerancias con y sin rostro, que se lo negaron a muchos de sus extraordinarios papeles. Kirk Douglas echa la persiana para siempre a una cinematografía que deslumbró en las alfombras rojas de los glamurosos estrenos y en los palacios de las pipas que eran los olvidados cines de barrio.

                                                                                               

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