La dictadura de la democracia
![[Img #48378]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/02_2020/6783_jose-manuel-dsc_0068-2.jpg)
ÍÑIGO.- Exactamente. Esa es la palabra. La libertad. El aguijón del vivir es la libertad.
XABIER.- ¿Dónde está, en este gran supermercado que es ya el mundo, la libertad?
ÍÑIGO.- En el poder… Ese es el problema… Solo el poder es libre…
XABIER.- Y la burguesía revolucionaria… Los esclavos felices…
………..
XABIER.- Lampedusismo también el de la China popular… Su capitalismo-leninismo… Que todo cambie para que el partido siga mandando.
ÍÑIGO.- Ahí habría que hablar de los esclavos infelices”.
Ignacio Amestoy Egiguren. 'La última cena'.
Esto no es una paradoja. En la democracia, en su mismo seno, puede existir una dictadura. Sin duda, se puede dar algo que nos dicte lo que es verdad y lo que es mentira, lo que está bien y lo que está mal, so pena de ser castigados si no damos nuestra aprobación. Desde luego, no es la dictadura convencional, fácilmente reconocible, que hemos visto en la Unión Soviética, en la España de Franco o en el Chile de Pinochet, y que actualmente todavía podemos encontrar, cuando menos, en Cuba, Venezuela, Corea del Norte y China. Es otro tipo de dictadura, más sutil, apenas perceptible, travestida de democracia. No llega como las otras de repente, metiendo ruido, poniéndolo todo patas arriba y avasallando a todo el que se oponga. Haciéndose notar. Esta va viniendo poco a poco, por la noche, con sigilo, cuando todos duermen, confiados. Y cuando queremos darnos cuenta ya se ha instalado entre nosotros y se ha naturalizado. Pero, por eso, sus efectos no dejan de ser también de lo más terribles.
Es la dictadura del pensamiento políticamente correcto o del pensamiento de moda. Un pensamiento que se ha convertido en único. Un pensamiento absoluto. Lo cómodo es dejarse llevar y pensar igual que piensa todo el mundo. Pensar lo que está de moda pensar. Somos tan perezosos. En alguna medida, mejor, porque, claro, si pensásemos de otra manera, creeríamos que, por pensar así, seríamos malos o que no nos encontraríamos en nuestros cabales, y nos avergonzaríamos de nosotros mismos; más aún, o tendríamos miedo, terror incluso, de lo que pudieran opinar los demás de nosotros, los conocidos, los compañeros de trabajo, los amigos, incluso nuestros propios familiares, no fuera a ser que por ello dejaran de considerarnos y acabaran retirándonos el saludo. Y nos quedaríamos solos. En realidad, es un miedo justificado, porque hemos visto que a aquellos que piensan diferente se los menosprecia, no se les habla, se les margina, como si fueran unos apestados. También somos tan cobardes. Entonces, para evitar este calvario, nos censuramos a nosotros mismos, antes de que los otros nos censuren. Y de este modo, tras sacar de nuestra cabeza estas ideas locas y peligrosas, seguimos convencidos, como lo están los demás, de que, porque vivimos en una democracia, somos libres. Nos creemos libres, pero lo cierto es que en realidad somos esclavos. Esclavos que padecen la peor de las alienaciones, que es la alienación del pensamiento. La alienación de hacer creer al esclavo que es un ser libre. Es la peor, porque creyéndose libre, no deseará la libertad, y precisamente por eso nunca la tendrá, y siempre seguirá siendo esclavo. Pues nadie desea lo que ya tiene, solo se quiere lo que creemos que nos falta.
No somos más que los esclavos de la caverna de Platón, que, hallándose encerrados en su interior desde niños, encadenados por las piernas y el cuello, de tal forma que tienen que estarse quietos y solo pueden mirar hacia adelante, toman por cosas reales lo que no son más que sombras proyectadas sobre la pared por el fuego que arde alto detrás de un muro que se ha levantado a sus espaldas. Y como ellos, vivimos felices entre nuestras sombras y no deseamos soltarnos las cadenas. También, como ellos, nos reímos de quien trata de desengañarnos, lo tomamos por un excéntrico, y si podemos, acabamos con él, si bien no físicamente, sí de manera social. Sin duda, terminamos por darle la muerte civil, que también es matar.
Puede resultar extraño, pero es en este momento cuando me parece que comienzo a comprender a Platón. Sobre todo, su aversión a aquella democracia ateniense del siglo V a. C. Si cargó contra ella, fue porque de algún modo permitía también en su interior la dictadura de otro pensamiento único. Una dictadura que censuraba y restringía la libertad de pensamiento de manera tan subrepticia que la mayoría de los ciudadanos atenienses de entonces no llegaban a darse cuenta de ello. Por eso, precisamente, dieron por buenas cosas horrendas, como la condena a muerte de Sócrates, “el más justo de los hombres de su tiempo”. Pero comprender esta crítica a la democracia de su tiempo no implica alabarlo, y menos aún por promover, como sostiene Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, un estado clasista, racista y totalitario. Pues estaría tan mal tratarlo con reverencia como tratar con reverencia a cualquiera que hoy sea partidario del totalitarismo. Sin embargo, como apunta Bertrand Russell, siempre ha estado bien visto alabar a los grandes hombres, y Platón fue uno de esos grandes hombres, pero no necesariamente entenderlos.
Ahora bien, si queremos ser libres, discutir desde la libertad y la razón las cosas que nos preocupan, tomar las riendas de nuestra vida, ser adultos de una vez, hacernos verdaderos ciudadanos, no súbditos ni ciudadanos a medida o falsos ciudadanos, hemos de liberarnos de la tiranía del pensamiento de moda, de lo políticamente correcto, como se tuvieron que liberar los griegos del pensamiento religioso, de los mitos, y el hombre moderno de Aristóteles, quien durante la Baja Edad Media fue una traba del pensamiento libre; curiosamente, quienes entonces se atrevieron a cuestionar el pensamiento del Filósofo fueron más aristotélicos que los que lo aceptaron sin haberlo antes revisado críticamente.
Pero para liberarnos de esta tiranía, tenemos que disponernos a pensar –a pesar– por nuestra cuenta. Sacudir la pereza y la cobardía, como nos recomienda Kant, y ponernos a pensar. Porque será el pensar lo que nos permitirá desenmascarar la dictadura que ejerce sobre nosotros el pensamiento de moda. Solo que para pensar, o pesar, se necesita algo que pensar, algún contenido. Los contenidos del conocimiento que guardamos en la memoria. La memoria, tan denostada por los pedagogos vanguardistas, es muy necesaria, porque sin ella no se puede ejercer la inteligencia. La inteligencia piensa lo que contiene la memoria. Si esta no tiene nada, aquella nada piensa. Se le atribuye a Plutarco de Queronea eso de que “la mente no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Sí, la inteligencia se enciende, arde, da luz para que se puedan ver las cosas como son, pero sin algo que quemar no se podría encender, porque el fuego no genera su propio combustible; y ese algo se halla en la memoria. Se encuentra en la memoria porque alguien lo ha traído, nos lo ha transmitido. Nos lo han enseñado. No obstante, respecto a esto, Kant nos sale al paso y nos dice que no se aprende filosofía sino que se aprende a filosofar. Sin embargo, haciendo oídos sordos a su propio consejo, él primero estudió filosofía y después se puso a filosofar. Pues antes de elaborar su propio sistema filosófico dedicó muchísimo tiempo a estudiar el pensamiento de los filósofos que le precedieron. De hecho, fue un escritor tardío: la Crítica de la razón pura se publicó cuando tenía cincuenta y siete años, y la Crítica de la razón práctica cuando contaba con sesenta y cuatro años. Además, quien carece de memoria siempre será un recién llegado al mundo y estará condenado a repetir errores.
Los contenidos se adquieren, nos llegan a la memoria, leyendo y estudiando, ilustrándonos. Pero estudiar no es, como piensan estos nuevos pedagogos, algo divertido, sino algo que requiere esfuerzo, que cuesta. Estudiar es un fastidio. No se aprende jugando sino esforzándose. Por eso, desde niños han tenido que obligarnos a ir a la escuela. Si no se hubiera hecho, nos habríamos quedado jugando, y no habríamos aprendido nada. También, una vez en la escuela, los maestros nos han tenido que decir cosas que no nos ha gustado oír; nos han corregido, y reñido, cómo no. Y así es cómo hemos ido aprendiendo buena parte de lo que sabemos. Sufriendo. Pero, cuidado, esto no tiene nada que ver con lo de “la letra con sangre entra” ni con el autoritarismo de algunos maestros de hace años. Es un error grave, y hoy se comete mucho, confundir autoridad con autoritarismo. Sin duda, no estaba en esto el viejo Demócrito al sostener que “la condescendencia es el peor de los males para educar a la juventud”; ni tampoco Plutarco cuando, algunos siglos después, ratificando estas palabras, decía que “la peor de todas las compañías es la de los aduladores”. De este modo, no se nos puede educar para la libertad desde la libertad. Si de niños no se nos obliga a estudiar, no llegaremos a ser libres, a pensar libre y racionalmente, a descubrir las trampas con las que tratan de engañarnos, de darnos gato por liebre. Y seguiremos siendo siempre esclavos, felices o infelices. Pero esclavos.
Y entre los contenidos que hemos de estudiar, no deberían faltar los pensamientos de los clásicos griegos y latinos. Ya sé que no se lleva leer estos autores. Estas antiguallas. Ante el inglés, un idioma tan útil y tan necesario, y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que ya se han convertido en imprescindibles, algunos, entre los que no faltan catedráticos de universidad, ven absurdo volver a la antigüedad grecolatina, pues creen que los problemas de aquella época nada tienen que ver con los de la nuestra, y que, por lo tanto, no se puede encontrar en ella algo de valor para nosotros. Pero se equivocan, los problemas fundamentales del hombre –el problema de la libertad, de la justicia, del amor, de la convivencia, de la felicidad– no han cambiado, siguen siendo los mismos, y están sin resolver. Y los autores griegos y latinos, como estos problemas, han pasado el filtro del tiempo, y se han hecho contemporáneos. Por eso, no estaría mal pensar con ellos. Escucharlos. “Escucha y serás sabio”, decía Epicuro. Porque es posible que nos digan algo que nos ayude a dar con la respuesta a alguna de las preguntas que más nos inquietan. Así, nuestro interés por ellos no ha de ser arqueológico. No están para tenerlos encerrados en un museo. Están vivos, se mueven, hablan. Con lo cual, en estos tiempos convulsos, inciertos, peligrosos, más que nunca, sería bueno recurrir a los griegos antiguos, porque fueron ellos, como afirma Mario Vargas Llosa, los que nos sacaron de la irracionalidad y la violencia; en fin, de la barbarie.
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ÍÑIGO.- Exactamente. Esa es la palabra. La libertad. El aguijón del vivir es la libertad.
XABIER.- ¿Dónde está, en este gran supermercado que es ya el mundo, la libertad?
ÍÑIGO.- En el poder… Ese es el problema… Solo el poder es libre…
XABIER.- Y la burguesía revolucionaria… Los esclavos felices…
………..
XABIER.- Lampedusismo también el de la China popular… Su capitalismo-leninismo… Que todo cambie para que el partido siga mandando.
ÍÑIGO.- Ahí habría que hablar de los esclavos infelices”.
Ignacio Amestoy Egiguren. 'La última cena'.
Esto no es una paradoja. En la democracia, en su mismo seno, puede existir una dictadura. Sin duda, se puede dar algo que nos dicte lo que es verdad y lo que es mentira, lo que está bien y lo que está mal, so pena de ser castigados si no damos nuestra aprobación. Desde luego, no es la dictadura convencional, fácilmente reconocible, que hemos visto en la Unión Soviética, en la España de Franco o en el Chile de Pinochet, y que actualmente todavía podemos encontrar, cuando menos, en Cuba, Venezuela, Corea del Norte y China. Es otro tipo de dictadura, más sutil, apenas perceptible, travestida de democracia. No llega como las otras de repente, metiendo ruido, poniéndolo todo patas arriba y avasallando a todo el que se oponga. Haciéndose notar. Esta va viniendo poco a poco, por la noche, con sigilo, cuando todos duermen, confiados. Y cuando queremos darnos cuenta ya se ha instalado entre nosotros y se ha naturalizado. Pero, por eso, sus efectos no dejan de ser también de lo más terribles.
Es la dictadura del pensamiento políticamente correcto o del pensamiento de moda. Un pensamiento que se ha convertido en único. Un pensamiento absoluto. Lo cómodo es dejarse llevar y pensar igual que piensa todo el mundo. Pensar lo que está de moda pensar. Somos tan perezosos. En alguna medida, mejor, porque, claro, si pensásemos de otra manera, creeríamos que, por pensar así, seríamos malos o que no nos encontraríamos en nuestros cabales, y nos avergonzaríamos de nosotros mismos; más aún, o tendríamos miedo, terror incluso, de lo que pudieran opinar los demás de nosotros, los conocidos, los compañeros de trabajo, los amigos, incluso nuestros propios familiares, no fuera a ser que por ello dejaran de considerarnos y acabaran retirándonos el saludo. Y nos quedaríamos solos. En realidad, es un miedo justificado, porque hemos visto que a aquellos que piensan diferente se los menosprecia, no se les habla, se les margina, como si fueran unos apestados. También somos tan cobardes. Entonces, para evitar este calvario, nos censuramos a nosotros mismos, antes de que los otros nos censuren. Y de este modo, tras sacar de nuestra cabeza estas ideas locas y peligrosas, seguimos convencidos, como lo están los demás, de que, porque vivimos en una democracia, somos libres. Nos creemos libres, pero lo cierto es que en realidad somos esclavos. Esclavos que padecen la peor de las alienaciones, que es la alienación del pensamiento. La alienación de hacer creer al esclavo que es un ser libre. Es la peor, porque creyéndose libre, no deseará la libertad, y precisamente por eso nunca la tendrá, y siempre seguirá siendo esclavo. Pues nadie desea lo que ya tiene, solo se quiere lo que creemos que nos falta.
No somos más que los esclavos de la caverna de Platón, que, hallándose encerrados en su interior desde niños, encadenados por las piernas y el cuello, de tal forma que tienen que estarse quietos y solo pueden mirar hacia adelante, toman por cosas reales lo que no son más que sombras proyectadas sobre la pared por el fuego que arde alto detrás de un muro que se ha levantado a sus espaldas. Y como ellos, vivimos felices entre nuestras sombras y no deseamos soltarnos las cadenas. También, como ellos, nos reímos de quien trata de desengañarnos, lo tomamos por un excéntrico, y si podemos, acabamos con él, si bien no físicamente, sí de manera social. Sin duda, terminamos por darle la muerte civil, que también es matar.
Puede resultar extraño, pero es en este momento cuando me parece que comienzo a comprender a Platón. Sobre todo, su aversión a aquella democracia ateniense del siglo V a. C. Si cargó contra ella, fue porque de algún modo permitía también en su interior la dictadura de otro pensamiento único. Una dictadura que censuraba y restringía la libertad de pensamiento de manera tan subrepticia que la mayoría de los ciudadanos atenienses de entonces no llegaban a darse cuenta de ello. Por eso, precisamente, dieron por buenas cosas horrendas, como la condena a muerte de Sócrates, “el más justo de los hombres de su tiempo”. Pero comprender esta crítica a la democracia de su tiempo no implica alabarlo, y menos aún por promover, como sostiene Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, un estado clasista, racista y totalitario. Pues estaría tan mal tratarlo con reverencia como tratar con reverencia a cualquiera que hoy sea partidario del totalitarismo. Sin embargo, como apunta Bertrand Russell, siempre ha estado bien visto alabar a los grandes hombres, y Platón fue uno de esos grandes hombres, pero no necesariamente entenderlos.
Ahora bien, si queremos ser libres, discutir desde la libertad y la razón las cosas que nos preocupan, tomar las riendas de nuestra vida, ser adultos de una vez, hacernos verdaderos ciudadanos, no súbditos ni ciudadanos a medida o falsos ciudadanos, hemos de liberarnos de la tiranía del pensamiento de moda, de lo políticamente correcto, como se tuvieron que liberar los griegos del pensamiento religioso, de los mitos, y el hombre moderno de Aristóteles, quien durante la Baja Edad Media fue una traba del pensamiento libre; curiosamente, quienes entonces se atrevieron a cuestionar el pensamiento del Filósofo fueron más aristotélicos que los que lo aceptaron sin haberlo antes revisado críticamente.
Pero para liberarnos de esta tiranía, tenemos que disponernos a pensar –a pesar– por nuestra cuenta. Sacudir la pereza y la cobardía, como nos recomienda Kant, y ponernos a pensar. Porque será el pensar lo que nos permitirá desenmascarar la dictadura que ejerce sobre nosotros el pensamiento de moda. Solo que para pensar, o pesar, se necesita algo que pensar, algún contenido. Los contenidos del conocimiento que guardamos en la memoria. La memoria, tan denostada por los pedagogos vanguardistas, es muy necesaria, porque sin ella no se puede ejercer la inteligencia. La inteligencia piensa lo que contiene la memoria. Si esta no tiene nada, aquella nada piensa. Se le atribuye a Plutarco de Queronea eso de que “la mente no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Sí, la inteligencia se enciende, arde, da luz para que se puedan ver las cosas como son, pero sin algo que quemar no se podría encender, porque el fuego no genera su propio combustible; y ese algo se halla en la memoria. Se encuentra en la memoria porque alguien lo ha traído, nos lo ha transmitido. Nos lo han enseñado. No obstante, respecto a esto, Kant nos sale al paso y nos dice que no se aprende filosofía sino que se aprende a filosofar. Sin embargo, haciendo oídos sordos a su propio consejo, él primero estudió filosofía y después se puso a filosofar. Pues antes de elaborar su propio sistema filosófico dedicó muchísimo tiempo a estudiar el pensamiento de los filósofos que le precedieron. De hecho, fue un escritor tardío: la Crítica de la razón pura se publicó cuando tenía cincuenta y siete años, y la Crítica de la razón práctica cuando contaba con sesenta y cuatro años. Además, quien carece de memoria siempre será un recién llegado al mundo y estará condenado a repetir errores.
Los contenidos se adquieren, nos llegan a la memoria, leyendo y estudiando, ilustrándonos. Pero estudiar no es, como piensan estos nuevos pedagogos, algo divertido, sino algo que requiere esfuerzo, que cuesta. Estudiar es un fastidio. No se aprende jugando sino esforzándose. Por eso, desde niños han tenido que obligarnos a ir a la escuela. Si no se hubiera hecho, nos habríamos quedado jugando, y no habríamos aprendido nada. También, una vez en la escuela, los maestros nos han tenido que decir cosas que no nos ha gustado oír; nos han corregido, y reñido, cómo no. Y así es cómo hemos ido aprendiendo buena parte de lo que sabemos. Sufriendo. Pero, cuidado, esto no tiene nada que ver con lo de “la letra con sangre entra” ni con el autoritarismo de algunos maestros de hace años. Es un error grave, y hoy se comete mucho, confundir autoridad con autoritarismo. Sin duda, no estaba en esto el viejo Demócrito al sostener que “la condescendencia es el peor de los males para educar a la juventud”; ni tampoco Plutarco cuando, algunos siglos después, ratificando estas palabras, decía que “la peor de todas las compañías es la de los aduladores”. De este modo, no se nos puede educar para la libertad desde la libertad. Si de niños no se nos obliga a estudiar, no llegaremos a ser libres, a pensar libre y racionalmente, a descubrir las trampas con las que tratan de engañarnos, de darnos gato por liebre. Y seguiremos siendo siempre esclavos, felices o infelices. Pero esclavos.
Y entre los contenidos que hemos de estudiar, no deberían faltar los pensamientos de los clásicos griegos y latinos. Ya sé que no se lleva leer estos autores. Estas antiguallas. Ante el inglés, un idioma tan útil y tan necesario, y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que ya se han convertido en imprescindibles, algunos, entre los que no faltan catedráticos de universidad, ven absurdo volver a la antigüedad grecolatina, pues creen que los problemas de aquella época nada tienen que ver con los de la nuestra, y que, por lo tanto, no se puede encontrar en ella algo de valor para nosotros. Pero se equivocan, los problemas fundamentales del hombre –el problema de la libertad, de la justicia, del amor, de la convivencia, de la felicidad– no han cambiado, siguen siendo los mismos, y están sin resolver. Y los autores griegos y latinos, como estos problemas, han pasado el filtro del tiempo, y se han hecho contemporáneos. Por eso, no estaría mal pensar con ellos. Escucharlos. “Escucha y serás sabio”, decía Epicuro. Porque es posible que nos digan algo que nos ayude a dar con la respuesta a alguna de las preguntas que más nos inquietan. Así, nuestro interés por ellos no ha de ser arqueológico. No están para tenerlos encerrados en un museo. Están vivos, se mueven, hablan. Con lo cual, en estos tiempos convulsos, inciertos, peligrosos, más que nunca, sería bueno recurrir a los griegos antiguos, porque fueron ellos, como afirma Mario Vargas Llosa, los que nos sacaron de la irracionalidad y la violencia; en fin, de la barbarie.






