Tomás Valle Villalibre
Sábado, 14 de Marzo de 2020

La estupidez y otros asuntos

   

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Si nos paramos por un momento a pensar cuantos estúpidos han pasado a nuestro lado, por muy alta que sea la estimación cuantitativa, siempre habremos subestimado la cantidad que hay en circulación y por lo tanto es muy probable que fallemos en su cálculo, bien porque gente que considerábamos inteligente, nos sorprende volviéndose estúpida, o porque éstos aparecen por sorpresa en los momentos y lugares más insospechados.

 

Identificarlos no nos resultará difícil, simplemente debemos mirar su superficialidad e idiotez, su estrechez de miras, la torpeza e imbecilidad que le resbalan por el pernal de su pantalón o sus desvaríos y tonterías.

 

Algunos de estos personajes nacen ya con la estupidez, otros la van alcanzando poco a poco, y a otros  se les adhiere. Pero para la mayoría ha sido el resultado de  un gran esfuerzo personal del que apenas son conscientes y que uno se resiste a ponerlos en sobre aviso, debido a lo menguado de su inteligencia y sobre todo, porque la ignorancia de la estupidez, como leí en algún lugar, bien podría equivaler a una bienaventuranza.

 

Hablando hace unos días de la situación política de nuestro país, mi buen amigo Álvaro, persona sagaz e inteligente me recomendaba el libro del historiador italiano Carlo Cipolla, titulado Allegro ma nom troppo. Es una obra que consta de dos ensayos. En el segundo de ellos formula con ironía la Teoría de la Estupidez, coincidiendo con lo que también afirmaba Einstein “hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y del primero no estoy seguro”.

 

Según la teoría de Cipolla, hay cuatro tipos de individuos, los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. Aunque todos ellos están destinados a interactuar entre sí en la sociedad, el estúpido siempre perjudica al otro sin beneficiarse o incluso perjudicándose a sí mismo. No tienen arreglo y son peligrosos, sobre todo si tienen poder.

 

La historia, según él, confirma que se progresa cuando gobiernan personas inteligentes que además saben mantener a los estúpidos al margen. En un país como el nuestro, en el que la economía va en retroceso a pesar de los mensajes siempre favorables de nuestros gobernantes, existe la misma cantidad de estúpidos que en otros países que progresan. La diferencia está, que en la cúpula del nuestro hay a rebosar personajes de este tipo, mientras que el resto de la sociedad la formamos los incautos.

 

Los estúpidos son un grupo muy  poderoso, una fuerza enérgica y audaz a medio camino entre los malvados y los incautos. Pueden ser analfabetos o licenciados, ricos o pobres, jóvenes o adultos, de izquierdas o de derechas, la diferencia con los que no lo son, es la inteligencia.

 

Alexander Feldeman, un eminente discípulo de Freud decía que el sabio es el que conoce las causas de las cosas y el estúpido quien las ignora. Agregando, que este último es aquella persona que aunque cuenta con un cerebro sano que le permite razonar, no sabe usarlo correctamente.

 

Las personas no estúpidas suelen subestimar el potencial nocivo de las personas que lo son, olvidando que tratar con estos personajes puede ser un gravísimo error, puesto que sus acciones no se ajustan a las reglas de la racionalidad y en ellas todo es imprevisible y peligroso. Pudiendo entorpecer y obstaculizar nuestra actividad inesperadamente.

 

Basándonos especialmente en la Teoría de la Estupidez de Cipolla, es demasiado evidente que el comportamiento de algunos políticos, tales como el tolondro de la fotocopiadora, los progres del casoplón, el guapo del Falcon, el eterno telonero y resto de compañeros mártires, se ajustan al prototipo descrito por el historiador italiano.

 

 “En el transcurso de la historia, la estupidez humana apareció siempre en dosis abundantes y mortales”. Esta frase del escritor y guionista húngaro Paúl Tabori, resume perfectamente las características de este fenómeno en auge que me atrevería a decir que es tragedia en el mundo, que duele, aunque es rara la vez que le duele al estúpido en cuestión.

 

 

 

 

 

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