No es momento
![[Img #48682]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2020/1181__jose-manuel-dsc0357.jpg)
“¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras”
(Antonio Machado. Campos de Castilla)
No es momento para escribir, y sin embargo lo hago. Quizá lo haga para conjurar el miedo. El miedo que amenaza con paralizarnos. Un miedo inédito, jamás antes sentido. Miedo al futuro inmediato, a la semana que viene, a mañana mismo, a las próximas horas, al siguiente minuto. Siento que el futuro es más incierto que nunca; puedo tocar esa incertidumbre, me quema.
Miedo a poder perder, o a haber perdido ya, algo muy valioso e irrecuperable: abrazos, caricias, besos; los signos más tangibles del amor. Sin ellos, el amor no es lo mismo. Sin duda, el amor puede existir en la mirada, en la sonrisa, en las voces. Pero nunca como existe en un abrazo, en una caricia o en el beso; sobre todo en el beso. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos a sostenerlo en la distancia, sobre el aire, solo con las palabras. No podemos contar con la mirada ni con la sonrisa, con ningún gesto. Sin poder vernos, únicamente nos queda la voz. Por eso, en estos momentos difíciles, las palabras cobran tanta importancia y es necesario aprender a decirlas: solo las tenemos a ellas para decirnos que nos queremos. Hay que aprenderlo todo sobre las palabras. Aprender a elegirlas, porque no son todas iguales, ni sirven todas para lo mismo: unas acarician, otras hieren; las hay que matan. Es difícil que alguna nos deje indiferentes. Aprender también a decirlas en el momento adecuado y con el tono justo; esto es todo un arte. Es un mundo el mundo de las palabras. De alguna manera, nos hemos quedado confinados en este mundo. Ya solo tenemos las palabras.
Y miedo a que venga la primavera y no pueda verla. Verla, como otros años, asomarse, tímida, en las ramas altas de los chopos. Verla verde en la pradera de delante de casa y en la orilla de las cunetas. Blanca en los almendros y en los cerezos. Rosa en los melocotoneros. Verla saltando por entre las rocas, precipitarse por las torrenteras, correr por los ríos. Toda clara y fresca. Siempre cantando y riendo. Nueva. Como los niños pequeños. Verla en el vuelo de las golondrinas que acaban de llegar y nadie sabe decir exactamente de dónde llegan. Verla en el aire aún frío que baja de las montañas. Y verla también en los atardeceres tibios y serenos del mes de abril. En las noches de mayo, a veces ya cálidas. Incluso, tengo miedo a no volver a verla.
A la vez que mis dedos se quedan quietos, suspendidos en el aire, sobre el teclado, como muertos, se me caen los párpados, y mi pensamiento, turbio y tembloroso, comienza a poblarse de abrazos, de caricias y de besos. También van llegando las flores, las chispas de agua, los vuelos, el aire fresco. Todo se mezcla. Los besos con las flores. Los besos que me han quedado por dar, que todavía tengo en los labios, que me muero por darlos, pero que no puedo hacerlo. Todavía no. Los besos que guardo. Los besos que daré. Las flores de la primavera pasada, de la primavera que viene, de todas las primaveras que quedan por venir. De todas.
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“¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras”
(Antonio Machado. Campos de Castilla)
No es momento para escribir, y sin embargo lo hago. Quizá lo haga para conjurar el miedo. El miedo que amenaza con paralizarnos. Un miedo inédito, jamás antes sentido. Miedo al futuro inmediato, a la semana que viene, a mañana mismo, a las próximas horas, al siguiente minuto. Siento que el futuro es más incierto que nunca; puedo tocar esa incertidumbre, me quema.
Miedo a poder perder, o a haber perdido ya, algo muy valioso e irrecuperable: abrazos, caricias, besos; los signos más tangibles del amor. Sin ellos, el amor no es lo mismo. Sin duda, el amor puede existir en la mirada, en la sonrisa, en las voces. Pero nunca como existe en un abrazo, en una caricia o en el beso; sobre todo en el beso. Sin embargo, hemos de acostumbrarnos a sostenerlo en la distancia, sobre el aire, solo con las palabras. No podemos contar con la mirada ni con la sonrisa, con ningún gesto. Sin poder vernos, únicamente nos queda la voz. Por eso, en estos momentos difíciles, las palabras cobran tanta importancia y es necesario aprender a decirlas: solo las tenemos a ellas para decirnos que nos queremos. Hay que aprenderlo todo sobre las palabras. Aprender a elegirlas, porque no son todas iguales, ni sirven todas para lo mismo: unas acarician, otras hieren; las hay que matan. Es difícil que alguna nos deje indiferentes. Aprender también a decirlas en el momento adecuado y con el tono justo; esto es todo un arte. Es un mundo el mundo de las palabras. De alguna manera, nos hemos quedado confinados en este mundo. Ya solo tenemos las palabras.
Y miedo a que venga la primavera y no pueda verla. Verla, como otros años, asomarse, tímida, en las ramas altas de los chopos. Verla verde en la pradera de delante de casa y en la orilla de las cunetas. Blanca en los almendros y en los cerezos. Rosa en los melocotoneros. Verla saltando por entre las rocas, precipitarse por las torrenteras, correr por los ríos. Toda clara y fresca. Siempre cantando y riendo. Nueva. Como los niños pequeños. Verla en el vuelo de las golondrinas que acaban de llegar y nadie sabe decir exactamente de dónde llegan. Verla en el aire aún frío que baja de las montañas. Y verla también en los atardeceres tibios y serenos del mes de abril. En las noches de mayo, a veces ya cálidas. Incluso, tengo miedo a no volver a verla.
A la vez que mis dedos se quedan quietos, suspendidos en el aire, sobre el teclado, como muertos, se me caen los párpados, y mi pensamiento, turbio y tembloroso, comienza a poblarse de abrazos, de caricias y de besos. También van llegando las flores, las chispas de agua, los vuelos, el aire fresco. Todo se mezcla. Los besos con las flores. Los besos que me han quedado por dar, que todavía tengo en los labios, que me muero por darlos, pero que no puedo hacerlo. Todavía no. Los besos que guardo. Los besos que daré. Las flores de la primavera pasada, de la primavera que viene, de todas las primaveras que quedan por venir. De todas.






