Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 21 de Marzo de 2020

De la Cochinchina a Tombuctú. Un organismo de estructura sencilla

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Nos encontramos en un momento delicado e importante a nivel mundial. Estamos ante la mayor situación de globalización que el mundo conocido ha tenido.

 

El coronavirus C19  ha conseguido lo nunca visto ni pensado, en un tiempo record, hermanar a la población mundial e igualar a los de  arriba con los de abajo. Vemos y oímos las noticias y, a pesar de las distancias, las distintas culturas, los distintos ambientes, las distintas geografías, las distintas posiciones sociales, TODOS estamos alertados por el mismo miedo, acosados por el mismo enemigo, combatiendo con las mismas tácticas… ¡estamos ante  un dramático gran hermanamiento global!

 

Ni armas atómicas, ni kamikazes terroristas, ni cohetes de larga distancia…, no, es un pequeñísimo bichito que no tiene forma ni color ni olor, un tipo de ente fantasmal, quien tiene aterrorizada y sometida a la poderosa población mundial con toda su capacidad estratégica y científica. Es como un diminuto David  acorralando al gran Goliat. Es muy impresionante y aleccionador.

 

Una gran paradoja que debería servir para meditar sobre la dinámica de nuestras vidas y nuestros comportamientos. Siendo generosa pongo el pronombre  en la primera persona del plural, incluyéndonos a todos, pero debería ponerlo en la tercera del plural, ‘ellos’. Porque la mayoría de ‘nosotros’ somos puros peones de la actividad de ‘ellos’. Creo que no es necesario explicar quiénes son ‘ellos’. Evidentemente, ‘ellos’ son los que mueven los hilos del mundo, aquellos, no muchos, que hacen del mundo su finca particular y la explotan como quien gestiona su patrimonio para sacar mejor y mayor beneficio. A ‘Ellos’, los poderosos inviolables, los mandamases, los hacendados del mundo, a ellos también les toca estar asustados ante el ataque de ese enemigo invisible e imprevisible y ellos son los primeros que deberían meditar.

 

Estamos ante la gran globalización del miedo. El mundo está paralizando su frenética actividad y las personas recluidas tienen que aprender a convivir con sus seres cercanos en pequeños espacios. Esta situación se convierte en un interesante experimento sociológico. Convivir en espacio cerrado mucho tiempo tiene todos los visos de ser una bomba de relojería familiar. Compartir espacio e intereses básicos en unos pocos metros puede generar roces continuos que a la larga se convierten en heridas y yagas lentamente curables, o  podría servir para bucear en ese conocimiento más en profundidad de nuestras personas cercanas que en la dinámica cotidiana no hay tiempo ni ganas de ello. En estas situaciones se va a poner en evidencia la capacidad de tolerancia y de generosidad de cada quien. Una buena ocasión para el autoanálisis y autocontrol, y también para calibrar el grado de fuerza familiar. Unión o desunión. Confiemos más en lo primero que en lo segundo.

 

Y pensando en cómo los chinos nos están (‘nos’ por Europa) ayudando con generosidad a combatir este virus aportando miles de mascarillas y un montón médicos expertos en la cuestión me acordaba esta mañana de ellos, de los chinos, y de cómo ‘las fuerzas’ cambian de bando con el tiempo.

 

En octubre la Iglesia católica celebra la Jornada Mundial de las Misiones, el día del Domund. No hace tanto tiempo, unos 60 años (son muchos para mí pero pocos para la humanidad)  ese día en el colegio, de monjas naturalmente, nos repartían a las niñas unas huchas de cerámica que representaban la cabeza de un negrito (muy negro) o un chinito (muy amarillo) para que pidiéramos por la calle y en casa. La cuestión era recabar dinero para los “pobres chinitos de la China, tan amarillos ellos”, y los “negritos de África, tan negritos ellos”. Había más razas ‘marginales’ representadas pero las más conocidas, o quizás numerosas, eran estas. El dinero que se recababa se supone que era para que salieran de su ignorancia espiritual y vital y aprendieran a vivir en el mundo ‘civilizado’. “Pobrecitos los chinitos amarillos y los africanos negritos, tan necesitados de las limosnas europeas”. Nuestros inocentes sentimientos de niñas nos llevaban a desgañitarnos para conseguir llenar la hucha de monedas y salvar así a aquellas gentes que vivían en los confines del mundo.

 

La China y África, eran lugares en la periferia de nuestro alcance cultural donde “no existía una civilización adecuada y a los que había que ayudar caritativamente”. La idea de lejanía se manifestaba en dos expresiones muy habituales en nuestra vida cotidiana.

 

Cuando alguien, harto de alguien, le quería mandar lejos de su vista se le solía mandar a la Cochinchina, “vete a la Cochinchina” era como decir: “vete al fin del mundo”. Realmente la Cochinchina estaba muy lejos y existía en Indonesia aunque pareciera una palabra inventada y reforzada para sobrecargarla de lejanía. También se empleaba, y se sigue empleando, un lugar de África como sitio muy lejano, exótico y casi inalcanzable donde perderse cuando uno llegaba a estar harto de todo. Ese lugar es Tombuctú, “me voy a Tombuctú”, “ni que te fueras a Tombuctú”, sin saber si ese era un lugar de ficción o realmente existía. Y sí, existía y existe como Cochinchina, es una ciudad del Sahara que tuvo sus tiempos de gloria. Tombuctú no está tan lejos como la Cochinchina pero el nombre tiene connotaciones mucho más exóticas que invitaban a la idea de perderse por algún tiempo.

 

Pues ahora aquellos ‘chinitos de la China’, que evidentemente no son amarillos ni son chinitos, son chinos y blancos, tienen sus propias huchas llenas de dólares y euros, mucho más llenas que las nuestras, manejan la economía mundial y son ellos los que nos ayudan a salir de ‘nuestro bache’. En tan sólo 60 años aquellas caritativas huchas petitorias han cambiado de manos y las cantidades de dineros que se manejan también. Y también ha cambiado el sentido de lejanía. Estamos viendo a los chinos  en nuestras ciudades vendiéndonos miles de cosas, los vemos en directo en sus ciudades por Tv, por internet, por el telf. Podemos recorrer la Gran muralla China virtualmente desde nuestro sillón en nuestra casa de nuestro pueblo vaciado de una provincia despoblada de España. Ya no existe el misterio de civilizaciones lejanas e inaccesibles. Ya se puede comprar un traje de seda a medida en la Cochinchina a través del teléfono y esperar a que te lo traigan  a la puerta de tu casa de un pueblo vaciado de una provincia despoblada de una España lejana. Impensable todo esto hace 60 años, 50, 40 … años.

 

La tecnología nos ha conectado a todos y en todos los campos en muy poco tiempo, pero nada comparable a la conexión mundial del efecto de la presencia de este pequeñísimo “organismo de estructura sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, capaz de reproducirse solo en el seno de células vivas específicas, utilizando su metabolismo”, es decir del afamado coronavirus C19. ¿Qué vendrá después?

 

O témpora o mores

 

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