Sol Gómez Arteaga
Sábado, 28 de Marzo de 2020

NoMo

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Determinadas formas de actuar ante la vida pueden hacernos sentir bichos raros, ejemplares únicos de una especie inclasificable.

 

Esto es lo que a mí me ocurrió en cierto modo durante años con la decisión de no tener hijos. Fue recientemente a través de un artículo como me enteré de que existía un término llamado NoMo, abreviatura que viene del inglés Not Mothers, para designar a aquellas mujeres que, lo mismo que yo, rechazaban la opción de ser de ser madres. Descubrir esto me llenó del regocijo íntimo que se siente cuando uno se ve reafirmado en una idea que ha determinado su vida: pertenecía a una especie rara, sí, pero no era el único ejemplar de la misma.  

 

Echo la vista atrás. Mi decisión de no tener hijos surge en la adolescencia, poco después de dejar de jugar con mi muñeca Nancy a la que hablaba con verdadero amor de madre. Y tuvo que ver con una cuestión profundamente existencial: los padres dan la vida, pero también la muerte, esa gran desconocida, esa gran incomprendida, esa gran silenciada. Y yo no quise adquirir esa gran, tremenda, responsabilidad. Desde la profunda convicción de que parir no es una obligación, sino una elección, me negué a tener hijos que tuvieran que morirse aunque yo no llegara a presenciarlo. Por fortuna, pude cumplir mi voluntad. A veces me digo que tal vez no hubiera podido tenerlos de haber querido, y también me cuestiono si habría sido buena madre. Las respuestas varían según el día y la presión atmosférica. Pero lo que tengo claro como el agua cristalina es que lo que no conocemos no existe para nosotros y también que mi vida, de haber tenido descendencia, habría sido completamente distinta.

 

Recientemente he cambiado de centro de trabajo. En mi nuevo destino asisto en ocasiones a reuniones en las que un grupo de expertos valora cuestiones relativas a menores en situación de abandono o riesgo. Los casos que se ponen sobre la mesa son terribles. Mucho más terribles e inverosímiles que los que un diabólico novelista pueda llegar a imaginar. Y aunque soy consciente que representan un pequeñísimo porcentaje de población, al salir de esas reuniones inspiro, expiro, me vacío para poder con la carga emocional de todo lo escuchado. Educar en la sociedad actual es una tarea harto compleja, y como Truffaut prefiero el reflejo de la vida a la vida misma. Prefiero los personajes de ficción y tinta a las personas de carne y hueso y corazón palpitante.  

 

En este sentido agradezco profundamente a mi madre -mi madre es una mujer de profundos silencios-, el respeto que siempre ha mostrado ante mi decisión, pese a que siempre he sabido lo mucho que le gustaban los niños. Y aunque en general las mujeres que me han rodeado (familia, amistades, vecinas) nunca se entremetieron en mi decisión, alguna puntualmente sí lo hizo. Cuando eso ocurrió me deshice en explicaciones que no fueron comprendidas. Hablando esto con una buena amiga, me dijo: “Cuando te vuelvan a preguntar diles que eres esmeril”. “¿Esmeril?” “Sí, esmeril. Ya verás que cara ponen”. Nos moríamos de la risa.

 

Yo sé que mi vida sin descendencia, “sin hijos si cabijos” que dicen en mi tierra, se irá conmigo, pero también sé que no soy la única, que somos legión las mujeres que por una u otra razón pensamos que el hecho de ser madres no nos realiza, no nos hace más completas o más plenas. Que lo que nos hace más completas, más plenas, es pensar y actuar libremente acerca de aquellas cuestiones que de verdad nos incumben.  

 

Ser, en definitiva, nosotras mismas.

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