Textos: Francisco Ayala y Juan Eduardo Cirlot
Miércoles, 08 de Abril de 2020

Cordero del abismo

La Hermandad de la Santa Cena no podrá procesionar en la noche de este Miércoles Santo. No saldrán del cabildo 'Los Durmientes' ni recorrerá las calles con brío 'El Cautivo'. Nadie comerá los panes...

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El gallo de la pasión (Francisco ayala)

 

A mi amigo Dugo Medina.

 

La lengua de la hoguera -saltos de niño-  había picado el cielo. El cielo - blanco ya: veteado de azul- ordeñaba aurora. El fuego, vacío, iba palidecien­do, a tono con la lividez del alba.

 

Y Pedro -las manos del revés: las pal­mas, como escudo del pecho- negaba, escandalizado.

 

—¿Él? ¿él? ¡Por Jehová: él, no! Ni le co­nocía.

 

Su gesto de probrecito judío: ofrecía las palmas, vueltas, a la interrogación de las lenguas de fuego. Y vuelta la cabeza (judío, pobrecito: “Él, no. Por Jehová”) comenzaba a componer la cara de arre­pentimiento.

 

Los soldados romanos, orgullosos de sus corazas de metal y de sus faldillas bermejas, batían el suelo con la contera de sus pértigas para ahuyentar el frío. Jugaban a los naipes. Y se reían de Pedro.

 

Ya la aurora - hielo deshecho- se deslizaba, chorreando -aguas de mal es­pejo- por las paredes del patio. Ya flo­taba la luna, podrida, en el estanque. Ya temblaban las faldillas bermejas, borda­das de cristal y azabache, de los solda­dos romanos.

 

El gallo de la Pasión -Lázaro resucita­do de la noche- daba vueltas alrededor de Pedro: vueltas de pasos solemnes, largos y lentos, (Muy engallado, el gallo de la Pasión; muy poseído de su papel histórico.)

 

 

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Por fin, se detuvo frente a él. Nubló el párpado su ojo de clavo brillante, para hacer más encarnizado y súbito el pico­tazo de su nueva mirada. Todas las plu­mas del cuello se le electrizaron. Se hin­chó su pecho de goma. Estiró el cuello, corvado, tenso, como un neumático de bicicleta, y lanzó a Pedro tres flechas metálicas, secas y relucientes.

 

Pedro dio un salto: las manos en la ca­beza. Miró a Cristo, que estaba ojeroso, blanco. Y recogió la mirada temblona que le ofrecía desde el fondo de su pozo.

 

Entonces, recordó el Apóstol. La auro­ra, como una bufanda de lana, le ceñía la garganta: allí, clavadas, vibrando, las tres flechas del gallo.

 

Se removió todo su amor. Era el mo­mento de arrepentirse. Cuajaba el arre­pentimiento. Las tres flechas estaban cla­vadas ahora en su corazón. Apretaba la pena su cuello, como gaseosa embotella­da. No podía más.

 

Sujetó una sonrisa con los dientes, y se disculpó:

 

—Perdón, caballeros. Tengo que salir un momento. Es una necesidad inexcu­sable. Perdón, ¿eh? ¡Un momentito! En seguida vuelvo.

 

Ya en la calle, dos ríos nacieron de sus ojos. Lavó su culpa en dos fuentes claras. Y —como era previsible— Dios le perdonó.

 

 

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CORDERO DEL ABISMO

 

La tierra estaba verde como el cielo

y la resurrección en mis orillas

cantaba largamente sobre el valle.

 

Aquí hay un cuerpo muerto que respira,

hay un dulce desnudo que aparece

como las yerbas, débil y temblando.

 

El sol que se destroza allá reunido,

va removiendo este rumor de rosas.

Yo escucho la piedad en sus pupilas.

 

Y en las lejanas pedrerías verdes;

en las vegetaciones donde el día sube

como la luz de un mar reciente.

 

Aquí hay un cuerpo eterno que se rompe,

un estremecimiento que sacude

el corazón delgado de los aires.

 

Llega la boca misma de lo verde,

los pies de la esmeralda fugitiva.

Y los muros azules se derrumban.

 

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Todo vierte un amor o unas violetas.

Los montes tienen gusto de manzana,

hasta del sufrimiento se hace un río.

 

Verdes peces circulan el abismo,

verdes árboles crecen y palpitan,

nubes verdes e inmensas pasan lentas.

 

Enamorados pájaros se encienden

sobre un calor callado que se estrecha

entre las mansas olas desplazadas.

 

Toda esta furia dulce estaba ausente;

como una momia de oro resucita,

despedazada por el alba verde.

 

Aquí hay un cuerpo muerto que se mueve,

un grito de maíz, una palabra

escrita con la savia de los astros.

 

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