Empachados
Una polémica desatada al paso de la revolución tecnológica del siglo XXI ha sido la de la crisis de los medios informativos. La irrupción de Internet ha cambiado profundamente su visión y uso sin vislumbrar una alternativa, como cuando se añadieron a la prensa escrita los medios audiovisuales. Se encontró acomodo inteligente a la convivencia entre todos con un equitativo reparto de papeles. La urgencia y la inmediatez serían para la radio y la televisión. Eran imbatibles. A los periódicos no les quedó otro remedio que ahondar en la información con datos más allá de la noticia pura y llegar a los ámbitos locales y de interés humano que pasaban desapercibidos o eran inalcanzables para sus compañeros de viaje. Todos supieron y pudieron preservar su nicho con resultados beneficiosos para esa abstracción, denominada opinión pública.
La crisis mediática no ha segmentado daños como en el pasado. La peor parte la sufre el papel, un soporte al que la mayoría augura muerte a plazo fijo. El quiosco, siempre a mano en la calle, se ha convertido en un objeto extraño aislado, sin réplica urbana en kilómetros a la redonda. Y los que quedan sobreviven más como bazares, que como puesto de venta de periódicos y revistas. Baste mirar la delgadez de las resmas expuestas en sus espartanas repisas casi a ras de suelo.
La radio y, sobre todo, la televisión, se han refugiado en el artificio del espectáculo tertuliano para sobrevivir como canal de información. Los ingredientes prioritarios, casi únicos, son el alarmismo y el pugilato ideológico como enganche de audiencias que sucumben a las distracciones ignorando las reflexiones; éstas, siempre más trabajosas que aquéllas, buenas amigas de lo frívolo.
Pero de repente nos encontramos con una auténtica cita con la historia. La pandemia del coronavirus ya tiene reservado lugar en los manuales. No es una catástrofe ocasional y local, como por ejemplo el ataque a las Torres Gemelas, sino estructural y global. De las que ha llegado para instalarse entre nosotros largo tiempo. Un auténtico test de resistencia para los nuevos modelos periodísticos, al tiempo que una oportunidad para recuperar el prestigio del enorme valor de la información como servicio público, cumplimentada, por obligación, en la veracidad y en el rigor.
Nada de esto, para nuestra desgracia, parece que haya ocurrido. A los medios tradicionales, prensa, radio y televisión, no se les puede negar el esfuerzo por dibujar un paisaje acorde con la dimensión del problema, pero no pueden dejar escapar los tics enraizados en los alarmismos y espectacularidades con los que se han sostenido en los últimos tiempos. Parece una patología. Ya hay mucha ciudadanía arrastrada por un alud informativo que la sobrepasa. La reacción: desconectar eludiendo a propósito informativos y tertulias. Ello cunde en el descrédito de una profesión que acude escasa de fiabilidad en lo que deben ser sus virtudes básicas perennes. Si a este empacho informativo, se suman las redes sociales, apaga y vámonos.
En los años treinta del siglo XX, el auge de los totalitarismos tuvo buena parte de su impulso en un control, casi anulación, de la información. Tanto que el buen nombre de ésta pasó a contaminarse con el de propaganda. Es decir, contenidos muy seleccionados y perfectamente ajustados a las estrategias de la tiranía en ciernes o ya asentada. Era obligatoria la selección cuidadosa y milimétrica de las noticias o sucesos. El silencio era el gran valor de los dictadores. El objetivo sin disimulo era la información por defecto, pues las censura resta, nunca suma.
En esta época de los neopopulismos, el medio giro - el que lleva a lo opuesto - dado en el tratamiento informativo es radical. Se han abierto de par en par canales de información que provocan riadas incontrolables de acontecimientos, interpretaciones, opiniones, imposibles de discernir por la opinión pública. Es un empacho provocado para que la mentira pura y dura obtenga más nocivos réditos que antaño la propaganda. Recuerden aquel juego de percepción visual llamado ¿Dónde está Wally? Ese personaje, metáfora de la verdad, estaba escondido entre una turbamulta de individuos que hacían casi imposible divisar la simpática figura. Hoy domina la información por exceso para que la verdad se evapore entre millones de trolas.
El gran mal de la información es la multiplicación exponencial de medios y la de supuestos informadores. Periodista es hoy cualquiera con acceso a una red social, es decir, todos. Se pueden llamar bloguers, influencers, youtubers…. Ahí están los anglicismos concediendo carta de naturaleza. Si queremos preservar la democracia como el mejor sistema de convivencia, que ese sistema devuelva a medios y periodistas su condición de élite, como sucede con todas las profesiones que se hacen indispensables para el funcionamiento justo y equitativo de la sociedad civil. ¿Acaso la prensa ha dejado de serlo? Que los empachos de esta pandemia en los foros analógicos y digitales señalen la hoja de ruta.
Una polémica desatada al paso de la revolución tecnológica del siglo XXI ha sido la de la crisis de los medios informativos. La irrupción de Internet ha cambiado profundamente su visión y uso sin vislumbrar una alternativa, como cuando se añadieron a la prensa escrita los medios audiovisuales. Se encontró acomodo inteligente a la convivencia entre todos con un equitativo reparto de papeles. La urgencia y la inmediatez serían para la radio y la televisión. Eran imbatibles. A los periódicos no les quedó otro remedio que ahondar en la información con datos más allá de la noticia pura y llegar a los ámbitos locales y de interés humano que pasaban desapercibidos o eran inalcanzables para sus compañeros de viaje. Todos supieron y pudieron preservar su nicho con resultados beneficiosos para esa abstracción, denominada opinión pública.
La crisis mediática no ha segmentado daños como en el pasado. La peor parte la sufre el papel, un soporte al que la mayoría augura muerte a plazo fijo. El quiosco, siempre a mano en la calle, se ha convertido en un objeto extraño aislado, sin réplica urbana en kilómetros a la redonda. Y los que quedan sobreviven más como bazares, que como puesto de venta de periódicos y revistas. Baste mirar la delgadez de las resmas expuestas en sus espartanas repisas casi a ras de suelo.
La radio y, sobre todo, la televisión, se han refugiado en el artificio del espectáculo tertuliano para sobrevivir como canal de información. Los ingredientes prioritarios, casi únicos, son el alarmismo y el pugilato ideológico como enganche de audiencias que sucumben a las distracciones ignorando las reflexiones; éstas, siempre más trabajosas que aquéllas, buenas amigas de lo frívolo.
Pero de repente nos encontramos con una auténtica cita con la historia. La pandemia del coronavirus ya tiene reservado lugar en los manuales. No es una catástrofe ocasional y local, como por ejemplo el ataque a las Torres Gemelas, sino estructural y global. De las que ha llegado para instalarse entre nosotros largo tiempo. Un auténtico test de resistencia para los nuevos modelos periodísticos, al tiempo que una oportunidad para recuperar el prestigio del enorme valor de la información como servicio público, cumplimentada, por obligación, en la veracidad y en el rigor.
Nada de esto, para nuestra desgracia, parece que haya ocurrido. A los medios tradicionales, prensa, radio y televisión, no se les puede negar el esfuerzo por dibujar un paisaje acorde con la dimensión del problema, pero no pueden dejar escapar los tics enraizados en los alarmismos y espectacularidades con los que se han sostenido en los últimos tiempos. Parece una patología. Ya hay mucha ciudadanía arrastrada por un alud informativo que la sobrepasa. La reacción: desconectar eludiendo a propósito informativos y tertulias. Ello cunde en el descrédito de una profesión que acude escasa de fiabilidad en lo que deben ser sus virtudes básicas perennes. Si a este empacho informativo, se suman las redes sociales, apaga y vámonos.
En los años treinta del siglo XX, el auge de los totalitarismos tuvo buena parte de su impulso en un control, casi anulación, de la información. Tanto que el buen nombre de ésta pasó a contaminarse con el de propaganda. Es decir, contenidos muy seleccionados y perfectamente ajustados a las estrategias de la tiranía en ciernes o ya asentada. Era obligatoria la selección cuidadosa y milimétrica de las noticias o sucesos. El silencio era el gran valor de los dictadores. El objetivo sin disimulo era la información por defecto, pues las censura resta, nunca suma.
En esta época de los neopopulismos, el medio giro - el que lleva a lo opuesto - dado en el tratamiento informativo es radical. Se han abierto de par en par canales de información que provocan riadas incontrolables de acontecimientos, interpretaciones, opiniones, imposibles de discernir por la opinión pública. Es un empacho provocado para que la mentira pura y dura obtenga más nocivos réditos que antaño la propaganda. Recuerden aquel juego de percepción visual llamado ¿Dónde está Wally? Ese personaje, metáfora de la verdad, estaba escondido entre una turbamulta de individuos que hacían casi imposible divisar la simpática figura. Hoy domina la información por exceso para que la verdad se evapore entre millones de trolas.
El gran mal de la información es la multiplicación exponencial de medios y la de supuestos informadores. Periodista es hoy cualquiera con acceso a una red social, es decir, todos. Se pueden llamar bloguers, influencers, youtubers…. Ahí están los anglicismos concediendo carta de naturaleza. Si queremos preservar la democracia como el mejor sistema de convivencia, que ese sistema devuelva a medios y periodistas su condición de élite, como sucede con todas las profesiones que se hacen indispensables para el funcionamiento justo y equitativo de la sociedad civil. ¿Acaso la prensa ha dejado de serlo? Que los empachos de esta pandemia en los foros analógicos y digitales señalen la hoja de ruta.






