Mercedes Unzeta Gullón
Sábado, 18 de Abril de 2020

La primavera y su ritmo

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Hacía mucho tiempo, muchos años, que la primavera no era primavera, pero este año la primavera ha recuperado su ritmo. Me parece estar viviendo una primavera de las de antes, de cuando yo era pequeña, o no tan pequeña, y las estaciones del año guardaban su carácter.

 

Entonces la primavera era tiempo de felicidad, de alegría, de energía, de luz, de esperanza, después de los tristes grises del invierno. Pero con el paso de los años, del crecimiento de la población, de los imparables desarrollos industriales y tecnológicos, del cruel liberalismo económico y de un ansioso estado de bienestar, la naturaleza se ha ido viendo afectada hasta tal punto que se quebrantó su disciplina y se desequilibró, perdió su compás hasta  tal punto de confundir invierno con verano, primavera con otoño, armonía con desconcierto, y, en ese caos, las plantas, los animales, los ríos, las lluvias, las nieves y el aire, avanzaban en una perturbación constante mientras los humanos entendían que era más importante tener dos casas, tres coches, cuatro motos, cinco relojes, seis televisiones, siete viajes en avión por el mundo, ocho pares de zapatos, nueve abrigos, diez vestidos de fiesta…

 

Pero este año la primavera ha recuperado su condición. Llueve suavecito, solea, nublea, una tormenta ruge, una nube suelta su agua con más energía, vuelve a salir el sol con más calor… y así, entre aguas y soles la naturaleza va despertando con redoblada vitalidad. Bien regada y bien soleada surgen pujantes de la nada los verdes intensos, brillantes, lucidísimos, y las flores aparecen vigorosas con sana intención de cautivar (a los humanos y a las abejas, naturalmente). Todo a su ritmo cadencial con la temperatura que corresponde, entre fresco y calorcito. Los pájaros, muchos y variados, están en continuo concierto, en un canto alborozado con alegría inusitada desde el amanecer. Se encuentran con un aire límpido (en estos días no están cruzando el cielo cada mañana los chemtrails, esas estelas inmensas que con tanto misterio rayan los cielos sin aclarar si o qué fumigan) y, como consecuencia, las aves encuentran muchos más insectos con los que alimentarse y alimentar su contento. Los erizos se aventuran sin miedo en la noche a buscar su comida, que suelen encontrar en el pienso del perro.

 

La naturaleza parece más viva que nunca. La tierra huele a tierra limpia, saneada. Las nubes se condensan por agua no por poluciones. La naturaleza está radiante y satisfecha, y es una felicidad ver, oler y disfrutar de esta naturaleza feliz. Parece que todo está en su sitio, que todo es lo que tenía que ser, que todo fluye naturalmente, sin agresiones ni intoxicaciones. Yo estoy feliz por ello pero…no soy feliz.

 

No sé por qué no soy feliz. Debería, porque tengo todos los ingredientes para serlo, pero no lo soy. Tengo una angustia dentro que no me deja serlo. Una angustia que me hace respirar profundo para soltar algo de presión, pero no resuelve. Me quiero convencer de que todo cambiará, de que saldremos de esta más indulgentes, más inteligentes, más sabios…, pero no lo acabo de ver claro.

 

Estamos en una situación difícil para el ser humano pero realmente magnífica para la Tierra. Animales y plantas son los grandes beneficiarios de este confinamiento mundial de la humanidad. La naturaleza es nuestra casa, nuestro espacio, nuestro sanatorio, nuestra bomba de oxígeno, nuestra despensa, nuestra fuente de energía, nuestra agua de vida. La naturaleza nos da todo lo que necesitamos para vivir y en lugar de cuidarla por el contrario no hemos hecho más que agredirla constantemente hasta el punto de asfixiarla.

 

En preservar y cuidar la naturaleza se juega nuestra calidad de vida, no en acumular más cachivaches y más dinero como estamos haciendo. Este es el error al que nos ha llevado este liberalismo a ultranza que rige nuestras vidas y esta desmesurada ansiedad del poder económico que atosiga nuestro espíritu.

 

En tan sólo un mes de parón de la actividad mundial vuelven a aparecer las cumbres nevadas del Himalaya a los ojos del viandante y los animales se toman la revancha e invaden las calles de las ciudades.

 

Han tenido que estar los humanos en crisis de muerte para que la naturaleza reviva. Qué paradoja. Pero esta situación tendrá un final, los humanos saldremos de esta y la naturaleza volverá a ser agredida de nuevo, no creo en los milagros. Y un milagro sería que el hombre aprendiera de este gran drama que asola al mundo mundial, de esta gran lección que nos da la Tierra, dispuesta a regenerarse, y empezáramos una nueva vida con nuevos valores más humanitarios, más espirituales, más sensibles, más nobles, mucho más honestos, muchísimo más honrados, más sinceros, más justos, más equitativos y bastante más saludables. Ojala, pero me temo que el ser humano tiene flaca la memoria.

 

Qué pena que el confinamiento tenga un final.

 

Creo que en ese descreimiento de un futuro digno después de esta perturbación mundial es en donde nace mi profunda angustia, esta que no me deja.

 

O témpora o mores

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