A propósito de las palabras
![[Img #49162]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2020/5483_jose-manuel-mercado-de-agosto-013.jpg)
“…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas…” (Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Memorias)
“Salvo del amor, de ningún otro tema se habrá escrito tanto como de las palabras”, dice Bernabé Tierno, psicólogo y escritor. No lo sé, es posible que sea así. Con todo, esto da una idea de la importancia que tienen las palabras en nuestra vida. Son importantes por muchas razones. Pero sobre todo porque tienen un enorme poder. A pesar de su cuerpo diminuto e invisible es mucho lo que pueden. Se podría decir que su poder es casi divino. Esto no es nuevo. En el siglo V a. C., el sofista Gorgias ya había hablado de que la palabra es “un gran señor que realiza acciones sobrehumanas”.
De esta manera, no es lo mismo decirlas que callarlas. Ni tampoco da igual decir unas que decir otras. En una conversación, algunas veces se ve que es el momento de callar, de contener las palabras, pero no se hace y se sigue hablando. Se sigue hablando hasta provocar la catástrofe; otras, en cambio, el desastre sobreviene porque, cuando se debería hablar y decir lo que se siente, se calla, y ese silencio se hace doloroso para la otra persona. Un silencio que se convierte en reproche. Entonces, con Bécquer, se acaba preguntando: “¿Por qué callé yo aquel día?”
También las palabras pueden levantar muros entre personas que se quieren. Muros altos. Muy altos. Pero también derribar aquellos otros que se interponen entre quienes se odian, con frecuencia, sin tan siquiera conocerse, solo porque les han hecho creer que son diferentes. Derribarlos a pesar de todo, contra pronóstico.
Las palabras –explicaba el sofista– son para la mente lo que el fármaco para el cuerpo. Y sí, como los fármacos, pueden lo mismo matar que curar. Algunas palabras nos precipitan por el abismo y nos bajan a los infiernos. Ese lugar horrible donde habitan todos los demonios. Otras, en cambio, nos hacen subir al cielo: tocar con los dedos la luna y las estrellas. Ver a los ángeles.
Lo cierto es que nuestras mentes a menudo se hallan, como las hojas, a merced del viento de las palabras. Por eso, pueden tanto hacernos ver la cara oculta de las cosas como velarnos la realidad que tenemos delante de nuestros propios ojos. Y también son capaces, por momentos, de arrancarnos de este mundo y transportarnos a otros mundos. Mundos increíbles, jamás imaginados, ni soñados. Son capaces de hacernos sentir lo que nunca habíamos sentido.
Hay palabras que son terribles, que pesan en el alma, y dan miedo. ‘Siempre’ es una palabra terrible. ‘Nunca’ también lo es. Existen las palabras bonitas. El profesor de Lengua y Literatura nos decía que ‘Libélula’ es una palabra bonita. ‘Nube’, ‘corazón’, ‘azul’, ‘lirio’ son palabras que a mí también me parecen hermosas. Después están las palabras que nos desatan las pasiones más locas. Los deseos inconfesables, prohibidos. El pecado. Ninguna palabra nos deja indiferentes. Todas de alguna manera nos sacuden por dentro. Nos cambian.
También son importantes las palabras porque cuando salen de nuestra boca, salen cargadas de pedazos de nuestro ser, y nos delatan, dicen más de lo que dicen. Dicen también cómo somos, y cómo estamos, qué nos pasa. Si reímos o lloramos.
![[Img #49162]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2020/5483_jose-manuel-mercado-de-agosto-013.jpg)
“…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas…” (Pablo Neruda. Confieso que he vivido. Memorias)
“Salvo del amor, de ningún otro tema se habrá escrito tanto como de las palabras”, dice Bernabé Tierno, psicólogo y escritor. No lo sé, es posible que sea así. Con todo, esto da una idea de la importancia que tienen las palabras en nuestra vida. Son importantes por muchas razones. Pero sobre todo porque tienen un enorme poder. A pesar de su cuerpo diminuto e invisible es mucho lo que pueden. Se podría decir que su poder es casi divino. Esto no es nuevo. En el siglo V a. C., el sofista Gorgias ya había hablado de que la palabra es “un gran señor que realiza acciones sobrehumanas”.
De esta manera, no es lo mismo decirlas que callarlas. Ni tampoco da igual decir unas que decir otras. En una conversación, algunas veces se ve que es el momento de callar, de contener las palabras, pero no se hace y se sigue hablando. Se sigue hablando hasta provocar la catástrofe; otras, en cambio, el desastre sobreviene porque, cuando se debería hablar y decir lo que se siente, se calla, y ese silencio se hace doloroso para la otra persona. Un silencio que se convierte en reproche. Entonces, con Bécquer, se acaba preguntando: “¿Por qué callé yo aquel día?”
También las palabras pueden levantar muros entre personas que se quieren. Muros altos. Muy altos. Pero también derribar aquellos otros que se interponen entre quienes se odian, con frecuencia, sin tan siquiera conocerse, solo porque les han hecho creer que son diferentes. Derribarlos a pesar de todo, contra pronóstico.
Las palabras –explicaba el sofista– son para la mente lo que el fármaco para el cuerpo. Y sí, como los fármacos, pueden lo mismo matar que curar. Algunas palabras nos precipitan por el abismo y nos bajan a los infiernos. Ese lugar horrible donde habitan todos los demonios. Otras, en cambio, nos hacen subir al cielo: tocar con los dedos la luna y las estrellas. Ver a los ángeles.
Lo cierto es que nuestras mentes a menudo se hallan, como las hojas, a merced del viento de las palabras. Por eso, pueden tanto hacernos ver la cara oculta de las cosas como velarnos la realidad que tenemos delante de nuestros propios ojos. Y también son capaces, por momentos, de arrancarnos de este mundo y transportarnos a otros mundos. Mundos increíbles, jamás imaginados, ni soñados. Son capaces de hacernos sentir lo que nunca habíamos sentido.
Hay palabras que son terribles, que pesan en el alma, y dan miedo. ‘Siempre’ es una palabra terrible. ‘Nunca’ también lo es. Existen las palabras bonitas. El profesor de Lengua y Literatura nos decía que ‘Libélula’ es una palabra bonita. ‘Nube’, ‘corazón’, ‘azul’, ‘lirio’ son palabras que a mí también me parecen hermosas. Después están las palabras que nos desatan las pasiones más locas. Los deseos inconfesables, prohibidos. El pecado. Ninguna palabra nos deja indiferentes. Todas de alguna manera nos sacuden por dentro. Nos cambian.
También son importantes las palabras porque cuando salen de nuestra boca, salen cargadas de pedazos de nuestro ser, y nos delatan, dicen más de lo que dicen. Dicen también cómo somos, y cómo estamos, qué nos pasa. Si reímos o lloramos.






