La encrucijada a la nueva normalidad
![[Img #50389]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2020/1094__dsc0005-2.jpg)
LA ENCRUCIJADA/ 7
Un país que perdió la batalla contra el rey Felón Fernando VII y todavía no se ha recuperado. Contábamos con una Constitución avanzada, la de 1812, la Pepa, progresista, emanada de los conflictos que había vivido España y que acabaron uniendo a los españoles en sus enfrentamientos con los franceses de Napoleón. Los constituyentes crearon un texto que suponía la modernización política y cultural, los dos extremos que tanto hacían falta, para un país secularmente sometido a abusos por los fanatismos religiosos y la nobleza, acusada de explotadora e improductiva.
A finales del funesto siglo XIX correspondía construir un país unitario o federal, pero moderno, y tampoco lo logramos. Nos adentramos en el XX y este devino fagocitado por la Guerra Civil acaudillada por el general Franco, como colofón a la II República que había sido la última oportunidad para recuperarnos. No solo se acabó con ella y con sus buenos propósitos, sino que se la demonizó haciéndola responsable de todos los males -que gran sarcasmo- para fundamentar en sus cenizas la Dictadura que nos oprimió cuarenta años. Era la culminación del triunfo de las cadenas sobre la inteligencia y la proyección del errado siglo XIX sobre el XX y que amenaza con renacer en el XXI.
Llegamos de forma sorprendente a la Transición, por la generosidad de la izquierda y la interesada admisión de la derecha, convertida en la última oportunidad para salvarnos. Cuarenta años después todavía nos debatimos entre aprovechar esta oportunidad o de nuevo fenecer sumidos en esta maldición, que otra vez intenta sumirnos bajo las cadenas para que vuelvan a dominarnos. Esta es la encrucijada en la que nos encontramos cuando surge un Gobierno de Coalición entre los socialistas, avalados por muchos años de historia, y el joven partido de Podemos, que intenta aportarnos la nueva oportunidad para resurgir. En un punto de la Historia al que llegamos sin tener una bandera que realmente nos una y nos represente, cuando de nuevo intenta arrebatárnosla la última de las propuestas partidistas, la de Vox, que surge como la peor de las maldiciones, como si hubiera renacido el rey Felón, de la mano de los intransigentes carlistas de Dios, Patria, Rey. Juntos se empeñan en retrotraernos a la absurda oscuridad del siglo XIX, apartándonos de esa última oportunidad, cuando estas fuerzas se concitan para adentrarnos en la cloaca del pasado.
Con un Partido Popular que ha perdido su norte, que llamaban centro, arrastrado por el apocalíptico Vox y sin voluntad para oponerse a la manipulación de las fuerzas del odio y la ignorancia. La encrucijada, acentuada con los muertos de Covid 19, que se cuentan por decenas de miles en el país y en cientos de miles en el mundo, con los países atacados que ya son casi todos.
En algunos se ha recurrido a máquinas monstruosas para abrir las fosas en las que poder inhumarlos, y cuando Donald Trump se manifestaba como el líder del mundo la pandemia ha demostrado que ya no lo es. Él se lo cree y sigue vomitando machadas por su boca, que se escuchan como sandeces. A sus ciudadanos les recomienda beber detergentes, con lógica pueril para limpiarse por dentro para acabar con el virus. Hubo algunos que le creyeron que como el jabón lavaba las manos y cortaba su expansión, que sería verdad que ingerido acabaría con los que hubieran podido colarse a su interior y lo hicieron.
Como les dijo que él tomaba una pastilla diaria de hidroxicloroquina, recomendada para otras epidemias, y tantos le imitaron. Entre sus ciudadanos y otros seguidores del mundo. El primero Jair Bolsonaro, el que acaudilla trágicamente el Brasil, que se ha mofado de esa gripecilla que amenaza a los brasileños, sin tomar medidas para evitarla y los contagian y las defunciones han ido creciendo en su país hasta colocarse el segundo del mundo, tras EE.UU., en víctimas que llevar a la tumba. Sus gentes se manifiestan y él con los suyos. A caballo, como un nuevo Atila, cuando tan solo fue un humilde capitán expulsado del ejército y ahora es el caudillo de los 210 millones de brasileños, con un gobierno de militares que le secundan y él los manda poniendo remedio a todos los males. No los de la guerra sino a los de la paz como si fuera guerra. Como ocurrió en la Amazonía, en la que los madereros pueden avanzar a su antojo, sin importar la deforestación que están produciendo, agotando lo que era el pulmón de la Tierra.
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De la misma manera le ha seguido Boris Johnson, premier británico. Al que se le ve como un histrión con nariz roja, peluca rubia y ademanes de payaso que, ante el estupor de quienes le conocen, dirige a los británicos por encima de Nigel Farage, el glorioso artífice principal del brexit, que al día siguiente de ganar el referéndum no tuvo pudor para reconocer públicamente que los argumentos que habían valido para su empeño eran falsos. Es la prueba última del stress de la democracia, en la que ya no se duda en admitir que la verdad no importa y que todo vale en la campaña porque la verdad no es lo que es, sino lo que sirve para conseguir lo que se pretende.
Es la otra epidemia, la del mal de muchos, aunque ahora sean países enteros a los que engañan. Como la Rusia de Putin intercambiándose con Dimitri Medvédev en escalada de puestos. Han mantenido el avance de contagios y se desconocen las verdaderas cantidades de víctimas. Es lo que se dice en países que no son comunistas de los que lo fueron o lo son. De Rusia o de China. Como si los demás dijeran la verdad o se diera por bueno lo que contaban. Es el mundo en el que se vive en el que la desinformación de las fake news campa a sus anchas. Ocupando el lugar de la información para imponer su mentira como la absoluta verdad, que ya no es lo que importa, sino lo que se impone desde la nueva religión de la no verdad.
Un mundo dirigido por tan grandes líderes. Kim Jong-un, en Corea del norte, amiguete de Trump, que se creen los reyes del mambo. Los dos tienen en sus manos el botón nuclear, como si fuera una pandereta que puede imponer fin del mundo a su voluntad. Como lo ha hecho en Italia durante lustros Silvio Berlusconi, con su apariencia de mafioso e intocable pederasta, que sigue moviendo los hilos de los gobiernos. Como en España José María Aznar, pues quien le iba decir a él lo que podía beber y lo que no cuando salía a la carretera. Amante de la velocidad quién era quien para ponerle límites.
Su sucesor en el cargo, que no en sus desatinos, se enfundó en el chándal y salió a correr sin importarle la ley, que limitaba con excepcionalidad su natural derecho de salir a la calle a hacer ‘footing’. Sin comprender que era un pobre ciudadano que había sido echado del gobierno por una necia moción de censura y de su partido, que acredita por la fuerza de los hechos a su sucesor Pablo Casado, a las órdenes del mismo amo, el Berlusconi de España y adalid total de la causa.
José María Aznar, el que gobierna sobre el equipo de Pablo Casado. Seguido por Cayetana Álvarez de Toledo, que se ha ganado a pulso el título de ‘portacoz’ en el Congreso y cada vez que habla aleja a su oposición, porque sube a la tribuna a ladrar como un pitbull y sacudir el látigo como una domadora sobre las espaldas de un presidente del Gobierno que es ‘okupa’, según ella, de la Moncloa. De Teodoro García Egea, Javier Maroto, Pablo Montesinos y demás secuaces de la ‘banda de ninots de la falla de Aznar’.
En las jornadas que se vivían los días intensos del pánico, cuando los contagiados aparecían por todas las partes y las víctimas venían amenazando con colapsar el sistema de salud nacional hubo quienes trataron de huir de Madrid a su segunda residencia en cualquier lugar en el que estuviera, estando vigente la suspensión del derecho de movilidad. Medidas que crearon lógico malestar, sobre el que inciden las noticias alarmantes de los muertos en las residencias madrileñas al descubrirse las órdenes que se habían cursado para no derivar a los hospitales a los mayores contagiados.
Hubo quien celebró con alborozo no encontrarse en ninguna de esas residencias cuando contaba con esa edad que le hubiera destinado a la muerte irremediable. La Comunidad madrileña negó que se hubieran cursado tales órdenes. Afirmó que las que se cursaron se trataban tan solo de borradores, ¡Hasta seis! Alcanzaban también a los domicilios. La angustia anegó a quienes se podían haber visto alcanzados por esa situación.
Hubo quien refugiado en la Comunidad de Castilla y León, se creyó salvado hasta que descubrió que también en esta Comunidad se habían impartido parecidas instrucciones sobre los mayores para no derivarlos a centros hospitalarios. Es más, esta Comunidad rizó el rizo y aseveró que no facilitaba el listado de fallecidos en las residencias para no perjudicar a los propietarios.
Días grises. Más que grises negros, el verse acosados así por un virus que no solo no respetaba a los mayores sino que se ensañaba con ellos con saña, como si fueran fieras abatidas en una despiadada cacería. Los tiempos del confinavirus se estaban dibujando así de terribles. Trabajadores, por millones, que habían perdido sus trabajos. Grandes empresas que no acababan de saber cuál era su destino. No tenían garantizada su supervivencia y tenían que soportar la grave carga de sus platillas. Pequeños empresarios a los que les alcanzaban proporcionalmente semejantes circunstancias e incógnitas. Trabajadores por cuenta ajena que se habían visto desplazados por los ERTES, medida salvadora improvisada por el Gobierno, que aliviaba la situación pero no despejaba el futuro. Trabajadores autónomos sometidos a semejantes inquietudes, con los pequeños salvavidas de algunas medidas gubernamentales.
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Como siempre las clases más humildes fueron las peor malparadas, cuando sorprendentemente muchos de sus trabajos habían sido clasificados como esenciales, circunstancias que a una parte les salvaba del peligro, mientras a otra les alcazaba de lleno. La crisis social alcanzó su mayor crueldad con estas mismas clases desamparadas, tuvieron que empezar a vivir de la caridad y la asistencia social.
Con este panorama se aprobó el Ingreso Mínimo Vital, una nueva prestación creada para combatir la amenaza de pobreza y exclusión social de personas que vivieran solas o formasen parte de una familia y no tuvieran recursos económicos para cubrir sus necesidades básicas. Garantizaba un ingreso para cubrir los gastos esenciales, que podía suponer un coste de 3.000 millones de euros anuales y llegar hasta 850.000 familias y un total de 2,3 millones de personas y unos 600.000 hogares con ingresos inferiores a 230 euros mensuales por unidad de consumo. Empezó a dibujar un alivio para estas clases desamparadas en circunstancias tan penosas.
Se configura como un derecho a una prestación, como parte de la Seguridad Social, para quienes se encontraran en situación de vulnerabilidad económica y se articula con incentivos para el empleo y la inclusión y con fórmulas de cooperación entre las administraciones. Nació con alguna alarma preventiva, Por ejemplo por parte de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica Española, que advirtió del peligro de crear un grupo social adicto a la beneficencia y sin estímulos para conseguir su propia superación. Algo que conocía por la propia experiencia, pues cuando se estableció la renovación de los acuerdos Santa Sede-Estado se contemplaba la necesidad de que la Iglesia se proveyera de recursos propios para su propia financiación, aunque sin fecha de conclusión, y hasta el momento no ha avanzado nada manteniendo íntegra su dependencia del Estado.
Esta situación no impidió la ironía de su crítica que rápidamente encontró su eco entre sus seguidores que calificaron, con el mismo descaro, a la nueva prestación, como ‘la paguita’.
LA NUEVA NORMALIDAD/ 8
Llega la nueva normalidad. El peligro no había concluido, solamente se había suavizado, aunque permaneciera la amenaza de rebrotes superaba el Estado de Alarma. La gente pudo salir de sus casas. Con una imagen gráfica de lo que fue con una niña de escasos años gritando desde la galería de su casa: ¡Socorro, mis papás no me dejan salir a la calle!
Se habían pasado los tiempos del confinamiento, no los peligros del virus, que permanecía acechante pero más alejado de aquellos momentos en los que atacaba por todos los lados y en los que ni tan siquiera era posible enterrar a los muertos. De tantos como desparecieron sin ni tan siquiera recibir el consuelo de la compañía de sus seres queridos. Fue el peor de los infiernos en tiempos que eran los del confinavirus.
El 25 de mayo, en EE. UU., moría George Floyd. El mundo se estaba volviendo loco. Era como se veía desde el mismo lugar en que los romanos, hacía algo más de dos mil años, habían llegado a inventar esta ciudad para organizar, cuando era tan solo un campamento de soldados, la extracción del oro de sus montes y llevarlo a Roma. En cantidad tal que sumó la quinta parte de los ingresos de la capital del mundo, y sus huellas quedaron marcadas por los siglos sobre las faldas del Teleno y en el vestigio de las Médulas.
La ciudad se fundó por deseo personal de Octavio Augusto, cuando aspiraba a ser emperador, convencido de que con aquel oro iba a financiar sus contiendas, además de cumplir las profecías de Virgilio, tal como lo había escrito en La Eneida, siguiendo los pasos de Astur, que seguía a Eneas en su huida de Troya, para hacer nacer esta parte del mundo. Lo mismo que ante sus murallas llegaron los suevos, los godos y los visigodos y Tariq y Almanzor y demás invasores y la destruyeron tras el gran califato cordobés que gobernara Abderramán III, como dueño de las Hispanias y vencedor sobre los reinos cristianos.
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Era cuando se forjó España por el empeño de la Reconquista y surgieron los reinos nuevos tras batallas y guerras, bajo la seña de Santiago Matamoros, cuya tumba se encontró en Santiago de Compostela y enseguida, como la de Clavijo, fue dando lugar a los reinos de España, que había empezado a forjarse siglos antes de recorrer los caminos en dirección a Santiago. Llegaron los Reyes Católicos y abrieron las rutas de América desarrollando la mayor gesta de la humanidad para forjar el Nuevo Mundo. Esa hazaña, que ahora es contemplada desde la ignorancia, ha empañado la justa rebeldía de los negros norteamericanos, en lucha contra la discriminación histórica de la esclavitud de la que surgió EE.UU..
Donald Trump, por encima de su imperialismo y en vez de soñar con la Guerra de las Galaxias ha de agachar la cabeza y aceptar esta época que exige la igualdad de los hombres y de sus razas, de hecho, no solo de derecho. Como antes ocurriera tras los Reyes Católicos, con su sucesor Felipe II, que fue el rey más grande de la tierra pero que no pudo dominar a una mujer, la princesa de Éboli, con la que luchó con todas sus armas y la encerró en San Torcaz, en Pinto y en Pastrana, sin poder doblegarla porque sobre los deseos del corazón no mandan sus dueños y no hay rey suficiente para imponer su voluntad. Como tampoco pudo imponerla el otro emperador, el francés, Napoleón, que tras la Revolución Francesa quiso gobernar el mundo y tropezó con el mismo dique, esta ciudad. No acabó con él, pero le frenó, dando tiempo al rearme de los ejércitos para que la verdad se impusiera y le echaran.
Ahora era el simple coronavirus, minúsculo, que no llega a ser vivo, el que se impone de la forma más violenta no sobre un Estado o varios, sino sobre todo el mundo, amenazando a la humanidad y sobrecogiéndola. La batalla parecía dominada. El pánico contenido después de muchas de las alarmas disparadas sobre los contagios en el mundo. En la fecha del 21 de junio, en la que concluyó el confinamiento en España, que se había iniciado el 14 de marzo, prorrogado por seis veces y con una duración de 98 días, en el mundo se registraban 132.655 nuevos casos diarios y 4.085 muertes. En esa misma fecha en EE.UU. se registraron 26.439 casos con un total alcanzado de 2.281.766 de infectados y 120.604 muertes.
En Brasil los nuevos casos fueron 17.459 con un total de 1.085.038 y 50.617 fallecidos. En ese mismo día los nuevos infectados del Reino Unido fueron 662 y el total 277.792 y los muertos 42.632. En Italia 224 nuevos casos y un total de 238.499. Los muertos 34.634. En Francia 5 nuevos casos y un total de 191.179 con 29.574 muertos. En España se registraron 334 nuevos casos y el total alcanzó los 293.352 y los muertos 28.323.
La humanidad renacía, tras sus mascarillas, desesperada por la vacuna que no acababa de llegar para salvarla, mientras seguían registrándose los últimos coletazos de la antigua normalidad. Con mortandad entre los sanitarios alcanzados en su empeño por combatir el virus en malas condiciones. Con las asechanzas por culpar a los gobiernos, que en España resultó trágicamente singular por una oposición desleal. Esta era la gran batalla que seguía abierta por Aznar con la esperanza de que regresara Santiago Matamoros en su caballo blanco y les llevara a la victoria final de la nueva Reconquista de España.
Felipe González ha perdido todas las batallas estratégicas de reorganización desde que abandonó la Secretaria General del PSOE. Apoyó a Joaquín Almunia frente a Borrel en 1988 y perdió. A José Bono, frente a Jose Luis Rodríguez Zapatero, en el 2.000, y también perdió. A Eduardo Madina frente a Pedro Sánchez, en 2014, y a Susana Díaz frente también a Pedro Sánchez, en las primarias de 2017, y tampoco acertó las dos veces. Esta trayectoria es el mejor antídoto ante su actitud frente al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. A sus 78 años y 25 después de abandonar La Moncloa y 20 después de perder el control de su partido el ‘Jarrón Chino’, como se autocalificó, ha pasado a Abuelete Cebolleta para contar batallitas, que son las de sus derrotas.
Como Julio Anguita, a quien le pudo más el odio que la simpatía por la militancia en la izquierda, que hizo de él un mal político nacional, después de haber sido un alcalde excepcional y ejemplar. Ayudó a Aznar contra González, como este ahora ayuda contra Sánchez. ¿A quién? A Pablo Casado, que cuenta también con Vox apoyándole y a la vez disputándose el rancho.
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Fernando Simón, con su personal estilo, ha evidenciado, como se ha escrito, que la ciencia no se construye con verdades como puños, desenmascarando a Vox, que le gustan más los puños como dialéctica que las verdades; y al PP, que siempre ha elegido el mantenimiento de lo afirmado, al precio que sea, sobre la aceptación del cambio. Como para entrar a esas sutilezas, que son zarandajas, como las mamandurrias que decía la otrora lideresa antes de pasar a ser la ‘Rana Madre’.
Aporta serenidad, honestidad, naturalidad y humildad, se sigue escribiendo. Virtudes ajenas al estilo de los políticos. Es así como ha emergido el que fuera bautizado de ‘Fofito’ para descalificarle. El New York Times le calificó como un “héroe científico entrañable” y en nuestro país le han llegado a admirar los jóvenes metiéndole en el chalaneo del merchandising. Sigue siendo una persona normal caída en medio de la política y en el centro de la vorágine mediática. La prensa antigubernamental busca atacarle e insultarle, sin conseguir alcanzarle. Ven en él el exponente de la buena gestión y el baluarte de la serenidad y la cordura.
Las mentiras funcionan cuando confirman lo que ya nos creemos y esa es la técnica de la prensa que las cultiva para mantener adictos a sus lectores. Así nacen las grandes aberraciones como la del arzobispo de Valencia Cañizares o la del cantante cadáver, Miguel Bosé, que ataca con la misma incapacidad y atrevimiento y atina con el mismo despropósito. El primero afirmando que para las vacunas se parte de células de fetos abortados, como si fuera necesario o posible. El segundo con el empleo de nanobots y microchips en las mismas vacunas para obtener información de los usuarios y mantenerles controlados por parte de Bill Gates, el multimillonario propietario de Microsoft, devenido en mecenas. Aporta a la OMS más del doble que España y es verdad que como mecenas marca sus preferencias en los proyectos, pero no dejan de representar ayudas importantes para la organización, que no por eso tiene que perder sus objetivos sino redistribuir sus presupuestos.
El presidente de la Universidad Católica de Murcia, Jose Luis Mendoza, que a base de tráfico de influencias y maniobras entre personajes destacados del PP ha creado una universidad de bajo nivel educativo, con precios bajos, eso sí, y con sorprendentes entregas de títulos, varias veces denunciadas. Con tráfico especial entre élites deportivas. En suma de bulos, proclamó la confabulación de Bill Gates y George Soros, como esclavos y servidores de Satanás, configurando el anticristo, para con un chips en la vacuna controlar nuestra libertad. Como parte de los Kikos y su movimiento neocatumenal, se ha alineado con Vox, para presionar al PP, como adalid del ultraconservadurismo, en contra del matrimonio homosexual y postulador del veto parental.
Por encima de las majaderías de estos líderes sociales, Cañizares, Bosé y Mendoza, se llega a los líderes mundiales como Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, que representan el momento caótico que vivimos. El de la importancia de los populismos, que han desbordado la exigencia de madurez y sensatez por parte de nuestros representantes y que allanan el camino de las majaderías libres de Vox y las inoportunidades, en muchos casos utópicas como desatinos, de Podemos.
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George W. Bush, expresidente norteamericano, anuncia que no votará por la reelección del candidato de su partido republicano, Donald Trump. Collin Powell, que fuera su secretario de Estrado, anuncia que dará su voto será al demócrata Joe Biden. Se representa así el agotamiento de los republicanos por quien fuera su líder en las anteriores elecciones y que alcanza sus desafecciones por sus incapacidades. Sobre esta realidad que se dibuja en EE. UU. aparece otra de quienes temen qué pudiera hacer Donald Trump si no se viera como ganador cuando ya es conocido como el virus norteamericano y el bufón maléfico.
Álvarez Cascos, el exministro del expresidente Aznar, excepción en aquel maleficio de la madama virgen frente a todas sus pupilas marcadas, ha perdido esta condición al ser expulsado del Foro Asturiano y a la vez querellado por el partido que fundara, acusado de apropiación indebida y administración desleal. Nada arde mejor que la leña de la misma madera.
(Continuará)
![[Img #50389]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2020/1094__dsc0005-2.jpg)
LA ENCRUCIJADA/ 7
Un país que perdió la batalla contra el rey Felón Fernando VII y todavía no se ha recuperado. Contábamos con una Constitución avanzada, la de 1812, la Pepa, progresista, emanada de los conflictos que había vivido España y que acabaron uniendo a los españoles en sus enfrentamientos con los franceses de Napoleón. Los constituyentes crearon un texto que suponía la modernización política y cultural, los dos extremos que tanto hacían falta, para un país secularmente sometido a abusos por los fanatismos religiosos y la nobleza, acusada de explotadora e improductiva.
A finales del funesto siglo XIX correspondía construir un país unitario o federal, pero moderno, y tampoco lo logramos. Nos adentramos en el XX y este devino fagocitado por la Guerra Civil acaudillada por el general Franco, como colofón a la II República que había sido la última oportunidad para recuperarnos. No solo se acabó con ella y con sus buenos propósitos, sino que se la demonizó haciéndola responsable de todos los males -que gran sarcasmo- para fundamentar en sus cenizas la Dictadura que nos oprimió cuarenta años. Era la culminación del triunfo de las cadenas sobre la inteligencia y la proyección del errado siglo XIX sobre el XX y que amenaza con renacer en el XXI.
Llegamos de forma sorprendente a la Transición, por la generosidad de la izquierda y la interesada admisión de la derecha, convertida en la última oportunidad para salvarnos. Cuarenta años después todavía nos debatimos entre aprovechar esta oportunidad o de nuevo fenecer sumidos en esta maldición, que otra vez intenta sumirnos bajo las cadenas para que vuelvan a dominarnos. Esta es la encrucijada en la que nos encontramos cuando surge un Gobierno de Coalición entre los socialistas, avalados por muchos años de historia, y el joven partido de Podemos, que intenta aportarnos la nueva oportunidad para resurgir. En un punto de la Historia al que llegamos sin tener una bandera que realmente nos una y nos represente, cuando de nuevo intenta arrebatárnosla la última de las propuestas partidistas, la de Vox, que surge como la peor de las maldiciones, como si hubiera renacido el rey Felón, de la mano de los intransigentes carlistas de Dios, Patria, Rey. Juntos se empeñan en retrotraernos a la absurda oscuridad del siglo XIX, apartándonos de esa última oportunidad, cuando estas fuerzas se concitan para adentrarnos en la cloaca del pasado.
Con un Partido Popular que ha perdido su norte, que llamaban centro, arrastrado por el apocalíptico Vox y sin voluntad para oponerse a la manipulación de las fuerzas del odio y la ignorancia. La encrucijada, acentuada con los muertos de Covid 19, que se cuentan por decenas de miles en el país y en cientos de miles en el mundo, con los países atacados que ya son casi todos.
En algunos se ha recurrido a máquinas monstruosas para abrir las fosas en las que poder inhumarlos, y cuando Donald Trump se manifestaba como el líder del mundo la pandemia ha demostrado que ya no lo es. Él se lo cree y sigue vomitando machadas por su boca, que se escuchan como sandeces. A sus ciudadanos les recomienda beber detergentes, con lógica pueril para limpiarse por dentro para acabar con el virus. Hubo algunos que le creyeron que como el jabón lavaba las manos y cortaba su expansión, que sería verdad que ingerido acabaría con los que hubieran podido colarse a su interior y lo hicieron.
Como les dijo que él tomaba una pastilla diaria de hidroxicloroquina, recomendada para otras epidemias, y tantos le imitaron. Entre sus ciudadanos y otros seguidores del mundo. El primero Jair Bolsonaro, el que acaudilla trágicamente el Brasil, que se ha mofado de esa gripecilla que amenaza a los brasileños, sin tomar medidas para evitarla y los contagian y las defunciones han ido creciendo en su país hasta colocarse el segundo del mundo, tras EE.UU., en víctimas que llevar a la tumba. Sus gentes se manifiestan y él con los suyos. A caballo, como un nuevo Atila, cuando tan solo fue un humilde capitán expulsado del ejército y ahora es el caudillo de los 210 millones de brasileños, con un gobierno de militares que le secundan y él los manda poniendo remedio a todos los males. No los de la guerra sino a los de la paz como si fuera guerra. Como ocurrió en la Amazonía, en la que los madereros pueden avanzar a su antojo, sin importar la deforestación que están produciendo, agotando lo que era el pulmón de la Tierra.
![[Img #50391]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2020/7324_dsc_0043.jpg)
De la misma manera le ha seguido Boris Johnson, premier británico. Al que se le ve como un histrión con nariz roja, peluca rubia y ademanes de payaso que, ante el estupor de quienes le conocen, dirige a los británicos por encima de Nigel Farage, el glorioso artífice principal del brexit, que al día siguiente de ganar el referéndum no tuvo pudor para reconocer públicamente que los argumentos que habían valido para su empeño eran falsos. Es la prueba última del stress de la democracia, en la que ya no se duda en admitir que la verdad no importa y que todo vale en la campaña porque la verdad no es lo que es, sino lo que sirve para conseguir lo que se pretende.
Es la otra epidemia, la del mal de muchos, aunque ahora sean países enteros a los que engañan. Como la Rusia de Putin intercambiándose con Dimitri Medvédev en escalada de puestos. Han mantenido el avance de contagios y se desconocen las verdaderas cantidades de víctimas. Es lo que se dice en países que no son comunistas de los que lo fueron o lo son. De Rusia o de China. Como si los demás dijeran la verdad o se diera por bueno lo que contaban. Es el mundo en el que se vive en el que la desinformación de las fake news campa a sus anchas. Ocupando el lugar de la información para imponer su mentira como la absoluta verdad, que ya no es lo que importa, sino lo que se impone desde la nueva religión de la no verdad.
Un mundo dirigido por tan grandes líderes. Kim Jong-un, en Corea del norte, amiguete de Trump, que se creen los reyes del mambo. Los dos tienen en sus manos el botón nuclear, como si fuera una pandereta que puede imponer fin del mundo a su voluntad. Como lo ha hecho en Italia durante lustros Silvio Berlusconi, con su apariencia de mafioso e intocable pederasta, que sigue moviendo los hilos de los gobiernos. Como en España José María Aznar, pues quien le iba decir a él lo que podía beber y lo que no cuando salía a la carretera. Amante de la velocidad quién era quien para ponerle límites.
Su sucesor en el cargo, que no en sus desatinos, se enfundó en el chándal y salió a correr sin importarle la ley, que limitaba con excepcionalidad su natural derecho de salir a la calle a hacer ‘footing’. Sin comprender que era un pobre ciudadano que había sido echado del gobierno por una necia moción de censura y de su partido, que acredita por la fuerza de los hechos a su sucesor Pablo Casado, a las órdenes del mismo amo, el Berlusconi de España y adalid total de la causa.
José María Aznar, el que gobierna sobre el equipo de Pablo Casado. Seguido por Cayetana Álvarez de Toledo, que se ha ganado a pulso el título de ‘portacoz’ en el Congreso y cada vez que habla aleja a su oposición, porque sube a la tribuna a ladrar como un pitbull y sacudir el látigo como una domadora sobre las espaldas de un presidente del Gobierno que es ‘okupa’, según ella, de la Moncloa. De Teodoro García Egea, Javier Maroto, Pablo Montesinos y demás secuaces de la ‘banda de ninots de la falla de Aznar’.
En las jornadas que se vivían los días intensos del pánico, cuando los contagiados aparecían por todas las partes y las víctimas venían amenazando con colapsar el sistema de salud nacional hubo quienes trataron de huir de Madrid a su segunda residencia en cualquier lugar en el que estuviera, estando vigente la suspensión del derecho de movilidad. Medidas que crearon lógico malestar, sobre el que inciden las noticias alarmantes de los muertos en las residencias madrileñas al descubrirse las órdenes que se habían cursado para no derivar a los hospitales a los mayores contagiados.
Hubo quien celebró con alborozo no encontrarse en ninguna de esas residencias cuando contaba con esa edad que le hubiera destinado a la muerte irremediable. La Comunidad madrileña negó que se hubieran cursado tales órdenes. Afirmó que las que se cursaron se trataban tan solo de borradores, ¡Hasta seis! Alcanzaban también a los domicilios. La angustia anegó a quienes se podían haber visto alcanzados por esa situación.
Hubo quien refugiado en la Comunidad de Castilla y León, se creyó salvado hasta que descubrió que también en esta Comunidad se habían impartido parecidas instrucciones sobre los mayores para no derivarlos a centros hospitalarios. Es más, esta Comunidad rizó el rizo y aseveró que no facilitaba el listado de fallecidos en las residencias para no perjudicar a los propietarios.
Días grises. Más que grises negros, el verse acosados así por un virus que no solo no respetaba a los mayores sino que se ensañaba con ellos con saña, como si fueran fieras abatidas en una despiadada cacería. Los tiempos del confinavirus se estaban dibujando así de terribles. Trabajadores, por millones, que habían perdido sus trabajos. Grandes empresas que no acababan de saber cuál era su destino. No tenían garantizada su supervivencia y tenían que soportar la grave carga de sus platillas. Pequeños empresarios a los que les alcanzaban proporcionalmente semejantes circunstancias e incógnitas. Trabajadores por cuenta ajena que se habían visto desplazados por los ERTES, medida salvadora improvisada por el Gobierno, que aliviaba la situación pero no despejaba el futuro. Trabajadores autónomos sometidos a semejantes inquietudes, con los pequeños salvavidas de algunas medidas gubernamentales.
![[Img #50387]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/07_2020/6106__dsc0064.jpg)
Como siempre las clases más humildes fueron las peor malparadas, cuando sorprendentemente muchos de sus trabajos habían sido clasificados como esenciales, circunstancias que a una parte les salvaba del peligro, mientras a otra les alcazaba de lleno. La crisis social alcanzó su mayor crueldad con estas mismas clases desamparadas, tuvieron que empezar a vivir de la caridad y la asistencia social.
Con este panorama se aprobó el Ingreso Mínimo Vital, una nueva prestación creada para combatir la amenaza de pobreza y exclusión social de personas que vivieran solas o formasen parte de una familia y no tuvieran recursos económicos para cubrir sus necesidades básicas. Garantizaba un ingreso para cubrir los gastos esenciales, que podía suponer un coste de 3.000 millones de euros anuales y llegar hasta 850.000 familias y un total de 2,3 millones de personas y unos 600.000 hogares con ingresos inferiores a 230 euros mensuales por unidad de consumo. Empezó a dibujar un alivio para estas clases desamparadas en circunstancias tan penosas.
Se configura como un derecho a una prestación, como parte de la Seguridad Social, para quienes se encontraran en situación de vulnerabilidad económica y se articula con incentivos para el empleo y la inclusión y con fórmulas de cooperación entre las administraciones. Nació con alguna alarma preventiva, Por ejemplo por parte de la Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica Española, que advirtió del peligro de crear un grupo social adicto a la beneficencia y sin estímulos para conseguir su propia superación. Algo que conocía por la propia experiencia, pues cuando se estableció la renovación de los acuerdos Santa Sede-Estado se contemplaba la necesidad de que la Iglesia se proveyera de recursos propios para su propia financiación, aunque sin fecha de conclusión, y hasta el momento no ha avanzado nada manteniendo íntegra su dependencia del Estado.
Esta situación no impidió la ironía de su crítica que rápidamente encontró su eco entre sus seguidores que calificaron, con el mismo descaro, a la nueva prestación, como ‘la paguita’.
LA NUEVA NORMALIDAD/ 8
Llega la nueva normalidad. El peligro no había concluido, solamente se había suavizado, aunque permaneciera la amenaza de rebrotes superaba el Estado de Alarma. La gente pudo salir de sus casas. Con una imagen gráfica de lo que fue con una niña de escasos años gritando desde la galería de su casa: ¡Socorro, mis papás no me dejan salir a la calle!
Se habían pasado los tiempos del confinamiento, no los peligros del virus, que permanecía acechante pero más alejado de aquellos momentos en los que atacaba por todos los lados y en los que ni tan siquiera era posible enterrar a los muertos. De tantos como desparecieron sin ni tan siquiera recibir el consuelo de la compañía de sus seres queridos. Fue el peor de los infiernos en tiempos que eran los del confinavirus.
El 25 de mayo, en EE. UU., moría George Floyd. El mundo se estaba volviendo loco. Era como se veía desde el mismo lugar en que los romanos, hacía algo más de dos mil años, habían llegado a inventar esta ciudad para organizar, cuando era tan solo un campamento de soldados, la extracción del oro de sus montes y llevarlo a Roma. En cantidad tal que sumó la quinta parte de los ingresos de la capital del mundo, y sus huellas quedaron marcadas por los siglos sobre las faldas del Teleno y en el vestigio de las Médulas.
La ciudad se fundó por deseo personal de Octavio Augusto, cuando aspiraba a ser emperador, convencido de que con aquel oro iba a financiar sus contiendas, además de cumplir las profecías de Virgilio, tal como lo había escrito en La Eneida, siguiendo los pasos de Astur, que seguía a Eneas en su huida de Troya, para hacer nacer esta parte del mundo. Lo mismo que ante sus murallas llegaron los suevos, los godos y los visigodos y Tariq y Almanzor y demás invasores y la destruyeron tras el gran califato cordobés que gobernara Abderramán III, como dueño de las Hispanias y vencedor sobre los reinos cristianos.
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Era cuando se forjó España por el empeño de la Reconquista y surgieron los reinos nuevos tras batallas y guerras, bajo la seña de Santiago Matamoros, cuya tumba se encontró en Santiago de Compostela y enseguida, como la de Clavijo, fue dando lugar a los reinos de España, que había empezado a forjarse siglos antes de recorrer los caminos en dirección a Santiago. Llegaron los Reyes Católicos y abrieron las rutas de América desarrollando la mayor gesta de la humanidad para forjar el Nuevo Mundo. Esa hazaña, que ahora es contemplada desde la ignorancia, ha empañado la justa rebeldía de los negros norteamericanos, en lucha contra la discriminación histórica de la esclavitud de la que surgió EE.UU..
Donald Trump, por encima de su imperialismo y en vez de soñar con la Guerra de las Galaxias ha de agachar la cabeza y aceptar esta época que exige la igualdad de los hombres y de sus razas, de hecho, no solo de derecho. Como antes ocurriera tras los Reyes Católicos, con su sucesor Felipe II, que fue el rey más grande de la tierra pero que no pudo dominar a una mujer, la princesa de Éboli, con la que luchó con todas sus armas y la encerró en San Torcaz, en Pinto y en Pastrana, sin poder doblegarla porque sobre los deseos del corazón no mandan sus dueños y no hay rey suficiente para imponer su voluntad. Como tampoco pudo imponerla el otro emperador, el francés, Napoleón, que tras la Revolución Francesa quiso gobernar el mundo y tropezó con el mismo dique, esta ciudad. No acabó con él, pero le frenó, dando tiempo al rearme de los ejércitos para que la verdad se impusiera y le echaran.
Ahora era el simple coronavirus, minúsculo, que no llega a ser vivo, el que se impone de la forma más violenta no sobre un Estado o varios, sino sobre todo el mundo, amenazando a la humanidad y sobrecogiéndola. La batalla parecía dominada. El pánico contenido después de muchas de las alarmas disparadas sobre los contagios en el mundo. En la fecha del 21 de junio, en la que concluyó el confinamiento en España, que se había iniciado el 14 de marzo, prorrogado por seis veces y con una duración de 98 días, en el mundo se registraban 132.655 nuevos casos diarios y 4.085 muertes. En esa misma fecha en EE.UU. se registraron 26.439 casos con un total alcanzado de 2.281.766 de infectados y 120.604 muertes.
En Brasil los nuevos casos fueron 17.459 con un total de 1.085.038 y 50.617 fallecidos. En ese mismo día los nuevos infectados del Reino Unido fueron 662 y el total 277.792 y los muertos 42.632. En Italia 224 nuevos casos y un total de 238.499. Los muertos 34.634. En Francia 5 nuevos casos y un total de 191.179 con 29.574 muertos. En España se registraron 334 nuevos casos y el total alcanzó los 293.352 y los muertos 28.323.
La humanidad renacía, tras sus mascarillas, desesperada por la vacuna que no acababa de llegar para salvarla, mientras seguían registrándose los últimos coletazos de la antigua normalidad. Con mortandad entre los sanitarios alcanzados en su empeño por combatir el virus en malas condiciones. Con las asechanzas por culpar a los gobiernos, que en España resultó trágicamente singular por una oposición desleal. Esta era la gran batalla que seguía abierta por Aznar con la esperanza de que regresara Santiago Matamoros en su caballo blanco y les llevara a la victoria final de la nueva Reconquista de España.
Felipe González ha perdido todas las batallas estratégicas de reorganización desde que abandonó la Secretaria General del PSOE. Apoyó a Joaquín Almunia frente a Borrel en 1988 y perdió. A José Bono, frente a Jose Luis Rodríguez Zapatero, en el 2.000, y también perdió. A Eduardo Madina frente a Pedro Sánchez, en 2014, y a Susana Díaz frente también a Pedro Sánchez, en las primarias de 2017, y tampoco acertó las dos veces. Esta trayectoria es el mejor antídoto ante su actitud frente al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. A sus 78 años y 25 después de abandonar La Moncloa y 20 después de perder el control de su partido el ‘Jarrón Chino’, como se autocalificó, ha pasado a Abuelete Cebolleta para contar batallitas, que son las de sus derrotas.
Como Julio Anguita, a quien le pudo más el odio que la simpatía por la militancia en la izquierda, que hizo de él un mal político nacional, después de haber sido un alcalde excepcional y ejemplar. Ayudó a Aznar contra González, como este ahora ayuda contra Sánchez. ¿A quién? A Pablo Casado, que cuenta también con Vox apoyándole y a la vez disputándose el rancho.
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Fernando Simón, con su personal estilo, ha evidenciado, como se ha escrito, que la ciencia no se construye con verdades como puños, desenmascarando a Vox, que le gustan más los puños como dialéctica que las verdades; y al PP, que siempre ha elegido el mantenimiento de lo afirmado, al precio que sea, sobre la aceptación del cambio. Como para entrar a esas sutilezas, que son zarandajas, como las mamandurrias que decía la otrora lideresa antes de pasar a ser la ‘Rana Madre’.
Aporta serenidad, honestidad, naturalidad y humildad, se sigue escribiendo. Virtudes ajenas al estilo de los políticos. Es así como ha emergido el que fuera bautizado de ‘Fofito’ para descalificarle. El New York Times le calificó como un “héroe científico entrañable” y en nuestro país le han llegado a admirar los jóvenes metiéndole en el chalaneo del merchandising. Sigue siendo una persona normal caída en medio de la política y en el centro de la vorágine mediática. La prensa antigubernamental busca atacarle e insultarle, sin conseguir alcanzarle. Ven en él el exponente de la buena gestión y el baluarte de la serenidad y la cordura.
Las mentiras funcionan cuando confirman lo que ya nos creemos y esa es la técnica de la prensa que las cultiva para mantener adictos a sus lectores. Así nacen las grandes aberraciones como la del arzobispo de Valencia Cañizares o la del cantante cadáver, Miguel Bosé, que ataca con la misma incapacidad y atrevimiento y atina con el mismo despropósito. El primero afirmando que para las vacunas se parte de células de fetos abortados, como si fuera necesario o posible. El segundo con el empleo de nanobots y microchips en las mismas vacunas para obtener información de los usuarios y mantenerles controlados por parte de Bill Gates, el multimillonario propietario de Microsoft, devenido en mecenas. Aporta a la OMS más del doble que España y es verdad que como mecenas marca sus preferencias en los proyectos, pero no dejan de representar ayudas importantes para la organización, que no por eso tiene que perder sus objetivos sino redistribuir sus presupuestos.
El presidente de la Universidad Católica de Murcia, Jose Luis Mendoza, que a base de tráfico de influencias y maniobras entre personajes destacados del PP ha creado una universidad de bajo nivel educativo, con precios bajos, eso sí, y con sorprendentes entregas de títulos, varias veces denunciadas. Con tráfico especial entre élites deportivas. En suma de bulos, proclamó la confabulación de Bill Gates y George Soros, como esclavos y servidores de Satanás, configurando el anticristo, para con un chips en la vacuna controlar nuestra libertad. Como parte de los Kikos y su movimiento neocatumenal, se ha alineado con Vox, para presionar al PP, como adalid del ultraconservadurismo, en contra del matrimonio homosexual y postulador del veto parental.
Por encima de las majaderías de estos líderes sociales, Cañizares, Bosé y Mendoza, se llega a los líderes mundiales como Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, que representan el momento caótico que vivimos. El de la importancia de los populismos, que han desbordado la exigencia de madurez y sensatez por parte de nuestros representantes y que allanan el camino de las majaderías libres de Vox y las inoportunidades, en muchos casos utópicas como desatinos, de Podemos.
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George W. Bush, expresidente norteamericano, anuncia que no votará por la reelección del candidato de su partido republicano, Donald Trump. Collin Powell, que fuera su secretario de Estrado, anuncia que dará su voto será al demócrata Joe Biden. Se representa así el agotamiento de los republicanos por quien fuera su líder en las anteriores elecciones y que alcanza sus desafecciones por sus incapacidades. Sobre esta realidad que se dibuja en EE. UU. aparece otra de quienes temen qué pudiera hacer Donald Trump si no se viera como ganador cuando ya es conocido como el virus norteamericano y el bufón maléfico.
Álvarez Cascos, el exministro del expresidente Aznar, excepción en aquel maleficio de la madama virgen frente a todas sus pupilas marcadas, ha perdido esta condición al ser expulsado del Foro Asturiano y a la vez querellado por el partido que fundara, acusado de apropiación indebida y administración desleal. Nada arde mejor que la leña de la misma madera.
(Continuará)






