Patético
Creía, quizá creíamos todos, que la estupidez de nuestra clase política había tocado fondo hace tiempo. Pero el patético espectáculo al que asistimos entre los gobiernos central y de la autonomía de Madrid, a propósito de las nuevas medidas restrictivas a aplicar en las localidades más castigadas por el contagio del coronavirus en esta comunidad, nos pone frente a la constatación de que la nulidad de esta casta es más profunda que la fosa de las islas Marianas.
A esa sensación de estar gobernados en los distintos escalones de la Administración Pública por auténticos ineptos, se une la sospecha de que en una buena colección de estos personajes, se esconde la condición de malas personas. Pura nitroglicerina esa mezcla de la maldad y la inepcia. Tal cúmulo de insensateces solo puede responder a tan dañina mezcolanza.
Uno se hace cruces pensando que la nave de este país está timoneada por semejante tripulación. Son grumetes con entorchados de almirante que, viendo al pasaje angustiado por la tempestad, se entretienen en polemizar si el sorteo de la marejada es únicamente cuestión de babor o estribor. En ellos solo prima la recompensa de las medallas (votos) a colgarse cual abigarrada quincalla en pechera de generalito bananero.
Había que temerse lo peor con la simple puesta en escena de una nueva sesión de esos fuegos artificiales que son los flases a discreción de las cámaras fotográficas, como borrachera de poder, ataviada de cumbre de presidente y presidenta de las instituciones implicadas. Todo en aras a una escenificación de acuerdos y pactos que se prometían con dedos entrecruzados. Tardamos muy poco en darnos cuenta que aquel salón repleto de enseñas nacionales y comunitarias era un teatro más que una respetable sede de gobierno. Por no faltar, no faltó ni la máscara en clave de ocultación y disimulo, no profiláctica.
Al artificioso toque de cornetas y tambores de esa sesión rimbombante, siguió la reunión entre los estados menores que únicamente ha servido para generar alarma, desconcierto y miedo a la población en la ¿búsqueda? de soluciones. ¿O solo era una vuelta de tuerca más en la explotación del filón electoral exhibiendo quién la tiene más larga, demuestra más poder o es capaz de desnudar mejor las miserias de la otra parte?
A la ciudadanía le asaltan las razonables dudas de si en este pandemónium se han dirimido dualidades a interés de parte, eludiendo la necesaria y ansiada percepción de una clase dirigente remando en la misma dirección. Bien se han preocupado unos y otros de ahondar en el complicadísimo dilema sanidad-economía. Del defecto de ambos podemos morirnos. Es tan difícil darse cuenta. No puede fabricarse equilibrio y sosiego desde la acritud permanente.
Mientras tanto, en sede parlamentaria, se recrudecían descalificaciones que ahondan en la inquietante figura de una sociedad civil a cada minuto más radicalizada e intolerante. Es el reducto de los parásitos del conflicto, promotores de debates ficticios que en estos momentos a la gente le trae al pairo, cuando su salud es prioritario asunto de Estado. Las sesiones en ese foro son diáfana demostración de un país con profundo déficit democrático. No se debate, no se polemiza, no se discrepa, solo se riñe, se insulta y se descalifica únicamente porque no es de los míos. La presidenta parece más un árbitro de ring pugilístico que la simbología en carne y hueso del segundo poder llamado a moderar y acordar. La llamada representación popular es cada día más isla separada del continente que representa la vecindad a la que debe y tiene que estar unida y sometida.
El aquelarre informativo de este proceso negociador entre el Ejecutivo y Madrid ha sido una riña de gatos (nunca mejor empleado el símil animal con el territorio que se trata) debidamente publicitada con enormes dosis, a ratos de victimismo, a ratos de dogmatismo, según toque. Se echa de menos hoy la discreción negociadora del periodo de la Transición en el que hubo que rehacer social e institucionalmente un país entero. Y, con sus lógicos defectos, se logró con muchos años de convivencia pacífica y participativa. Hubo tolerancia, paciencia, resiliencia. Transmitieron al electorado la sensación de consenso, porque solo se daba cuenta de los pactos cerrados y la acritud era ropa sucia que se lavaba en casa. No es de extrañar que esta generación de políticos abomine de uno de los períodos más felices de la historia de España. Les deja con sus vergüenzas al aire. ¿Quieren imagen? Ya la tienen: puro patetismo.
Creía, quizá creíamos todos, que la estupidez de nuestra clase política había tocado fondo hace tiempo. Pero el patético espectáculo al que asistimos entre los gobiernos central y de la autonomía de Madrid, a propósito de las nuevas medidas restrictivas a aplicar en las localidades más castigadas por el contagio del coronavirus en esta comunidad, nos pone frente a la constatación de que la nulidad de esta casta es más profunda que la fosa de las islas Marianas.
A esa sensación de estar gobernados en los distintos escalones de la Administración Pública por auténticos ineptos, se une la sospecha de que en una buena colección de estos personajes, se esconde la condición de malas personas. Pura nitroglicerina esa mezcla de la maldad y la inepcia. Tal cúmulo de insensateces solo puede responder a tan dañina mezcolanza.
Uno se hace cruces pensando que la nave de este país está timoneada por semejante tripulación. Son grumetes con entorchados de almirante que, viendo al pasaje angustiado por la tempestad, se entretienen en polemizar si el sorteo de la marejada es únicamente cuestión de babor o estribor. En ellos solo prima la recompensa de las medallas (votos) a colgarse cual abigarrada quincalla en pechera de generalito bananero.
Había que temerse lo peor con la simple puesta en escena de una nueva sesión de esos fuegos artificiales que son los flases a discreción de las cámaras fotográficas, como borrachera de poder, ataviada de cumbre de presidente y presidenta de las instituciones implicadas. Todo en aras a una escenificación de acuerdos y pactos que se prometían con dedos entrecruzados. Tardamos muy poco en darnos cuenta que aquel salón repleto de enseñas nacionales y comunitarias era un teatro más que una respetable sede de gobierno. Por no faltar, no faltó ni la máscara en clave de ocultación y disimulo, no profiláctica.
Al artificioso toque de cornetas y tambores de esa sesión rimbombante, siguió la reunión entre los estados menores que únicamente ha servido para generar alarma, desconcierto y miedo a la población en la ¿búsqueda? de soluciones. ¿O solo era una vuelta de tuerca más en la explotación del filón electoral exhibiendo quién la tiene más larga, demuestra más poder o es capaz de desnudar mejor las miserias de la otra parte?
A la ciudadanía le asaltan las razonables dudas de si en este pandemónium se han dirimido dualidades a interés de parte, eludiendo la necesaria y ansiada percepción de una clase dirigente remando en la misma dirección. Bien se han preocupado unos y otros de ahondar en el complicadísimo dilema sanidad-economía. Del defecto de ambos podemos morirnos. Es tan difícil darse cuenta. No puede fabricarse equilibrio y sosiego desde la acritud permanente.
Mientras tanto, en sede parlamentaria, se recrudecían descalificaciones que ahondan en la inquietante figura de una sociedad civil a cada minuto más radicalizada e intolerante. Es el reducto de los parásitos del conflicto, promotores de debates ficticios que en estos momentos a la gente le trae al pairo, cuando su salud es prioritario asunto de Estado. Las sesiones en ese foro son diáfana demostración de un país con profundo déficit democrático. No se debate, no se polemiza, no se discrepa, solo se riñe, se insulta y se descalifica únicamente porque no es de los míos. La presidenta parece más un árbitro de ring pugilístico que la simbología en carne y hueso del segundo poder llamado a moderar y acordar. La llamada representación popular es cada día más isla separada del continente que representa la vecindad a la que debe y tiene que estar unida y sometida.
El aquelarre informativo de este proceso negociador entre el Ejecutivo y Madrid ha sido una riña de gatos (nunca mejor empleado el símil animal con el territorio que se trata) debidamente publicitada con enormes dosis, a ratos de victimismo, a ratos de dogmatismo, según toque. Se echa de menos hoy la discreción negociadora del periodo de la Transición en el que hubo que rehacer social e institucionalmente un país entero. Y, con sus lógicos defectos, se logró con muchos años de convivencia pacífica y participativa. Hubo tolerancia, paciencia, resiliencia. Transmitieron al electorado la sensación de consenso, porque solo se daba cuenta de los pactos cerrados y la acritud era ropa sucia que se lavaba en casa. No es de extrañar que esta generación de políticos abomine de uno de los períodos más felices de la historia de España. Les deja con sus vergüenzas al aire. ¿Quieren imagen? Ya la tienen: puro patetismo.






