Sol Gómez Arteaga
Sábado, 03 de Octubre de 2020

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Que septiembre no nos quite la ilusión jamás.

(frase robada del muro de mi sobrina Lucía Marcos Gómez)

 

Tras seis largos meses en los que la emoción más recurrente ha sido el miedo, me disponía a abrazar el mes de septiembre y segunda parte de mis vacaciones de verano con ilusión renovada, fruto de la terapéutica conversación de pasillo mantenida días antes con una psicóloga del Centro de Salud Mental donde trabajo.

 

 

En esa conversación le confesaba lo mal que lo había pasado en mi primer tramo de vacaciones durante la segunda quincena de julio, porque a pesar de estar lejos del epicentro de la pandemia, no había conseguido desconectar emocionalmente de la misma, viviendo como una ominosa amenaza el inevitable retorno, hasta el punto de haberme planteado no volver. Quienes me conocen saben que Madrid es la ciudad en la que he vivido, callejeado, soñado, escrito, aprendido y sido bastante feliz los últimos treinta años. Quienes me conocen saben que amo Madrid profundamente.

 

 

La recomendación de mi compañera era que hay que poder irse para poder volver, y de esta manera afrontar un largo año laboral que se prevé bastante complicado. Con esa consigna, repitiendo una por una como un mantra las palabras de Avis, que así se apellida mi compañera, me dispuse a acometer el mes nueve.

 

Lo que no sabía, lo que no podía imaginar ni por asomo, (¿eso quién lo sabe?), era que el virus que había temido durante tantos meses, como dando cumplimiento al dicho “Lo que se teme se atrae” o, como si de una maldición gitana se tratase, venía (bien es verdad que la certeza absoluta no existe) con nosotros, sibilino, invisible, sin ocupar espacio y sin hacer ruido, en la maleta. Un virus altamente contagioso que afectó, además, a personas allegadas y cercanas (hasta que no lo tienes no eres consciente de que se expande como un reguero de pólvora) sin causar, por fortuna, a fecha de hoy, daños irreparables.

 

Describir como me sentí durante el tiempo de prevalencia del virus en mi cuerpo no es fácil. Yo viví el Covid-19 de forma muy liviana, sin apenas síntomas, pero con una permanente sensación de extrañeza, viscosidad y asco. Estoy segura que las personas que han pasado por la UVI no tienen tan frívola opinión. Lo que es claro es que estamos ante un enemigo inaudito, de efectos imprevistos, y eso da mucho respeto y cautela. El millón de muertos que a nivel mundial lanzan las estadísticas ponen de relieve que el asunto no es para menos.

 

Mientras permanecía confinada, las palabras de la compañera seguían haciendo mella, y durante todo el tiempo que duró el encierro, albergué la esperanza -materialización de ese poder irse para poder volver- de que cuando pudiéramos salir de casa haríamos el Camín Encantau, ruta del oriente de Asturias que nace y muere en la Venta de los Probes de Puente Nuevo en un  recorrido por el increíble Valle de Ardisana. Y un día de lluvia fina como sonido de fondo y providenciales claros de luz en medio del bosque (mi querencia hacia el bosque en los últimos meses, y por vez primera, ha sido enorme) por fin lo hicimos mi pareja y yo, topándonos a cada rato con un elenco de personajes de la mitología astur -los divertidos y hogareños trasgus, el amigable sumiciu, el temido hombre del saco, el malvado pataricu, el camaleónico diañu burlón, el todopoderoso nuberu, el mágico cuélebre, la agorera lavandera, el benefactor busgosu, la perturbadora manona- que fueron inventados por el hombre hace siglos para explicar el mundo y sus misterios y que vienen a ser, como toda ficción, un trasunto o reproducción de nuestra realidad más cotidiana.

 

En estos días atípicos he tenido ocasión de toparme con todo tipo de comportamientos y reacciones (los ha habido comprensivos, respetuosos, atentos y generosos hasta las lágrimas, pero también temerosos, ignorantes y malvados, éstos últimos procedentes de aquellos que aprovechan cualquier momento de debilidad para hundirte, si les das poder). Nada nuevo bajo el sol, por otro lado. Lo peor de la peste, leía hace unos días que dijo Camus, no es que mate a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso (en otro momento  hablaré, en general, del estigma).

 

Pienso estas cosas mientras deshago la maleta, hoy libre de virus, e intuyo los tiempos difíciles que nos esperan en una ciudad, Madrid, que en el escenario de una guerra mundial con un enemigo tan desconocido como imprevisible, es rehén de la inacción, la estulticia y el poder del dinero (al tiempo que escribo esto, leo la noticia del posible confinamiento de la capital de España). Vaciada, la coloco en su sitio y, espantados por un momento los malos augurios, me dispongo a tomar nota de los distintos proyectos que, sin prisa pero sin pausa, toca acometer de cara a la nueva etapa que se presenta.  

 

 

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