A propósito de...
![[Img #51156]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/2798_dsc_0012.jpg)
“Por razones oscuras –aunque quizá triviales– me atraen los libros que reúnen cosas diversas: ensayos breves, diálogos, aforismos, reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o la explicación apasionada de una preferencia”. (Alejandro Rossi. Manual del distraído)
Me dicen que en estos tiempos, en los que todo está digitalizado, todo se digitaliza, no merece la pena tenerlos, que lo único que hacen es ocupar sitio y coger polvo, mucho polvo. Que no, que me deshaga de ellos, de la manera que sea: tirándolos a la basura, o vendiéndolos, si encuentro a alguien que me los compre; pero que en ningún caso me haga con más, que no siga malgastando el dinero, que tenerlos carece de sentido.
Me lo dicen y yo los oigo. Los oigo como quien oye llover. Porque, aunque me callo, no hago caso, y los mantengo. Todavía conservo los primeros que tuve, los que compré cuando era adolescente, cuando comencé a amarlos. Y los que, por entonces, me regaló mi tío, que cuando se lo recuerdo no sabe cuáles son, no sabe ni siquiera que me hizo ese regalo. Es como si se hubiera deshecho de ellos, quizá porque le ocuparan sitio, le cogieran polvo. Pero yo sí lo recuerdo, sé los que son, dónde los tengo colocados, en qué orden se encuentran. Entonces, me hicieron tanta ilusión. Tanta que no podría olvidarlos. No podría hacerlo.
Los conservo todos y no pienso tirar ninguno. El que compré ayer, ahí está, en su sitio, esperándome, con ganas de hablarme, y yo loco por escucharlo, por conocer sus secretos. Pero, si dejándome llevar, hiciera lo que me dicen y los tirara, me desprendiera de ellos, me entraría mucha pena. Una pena infinita, porque los siento parte de mí. Cómo no sentirlos, si siempre han ido conmigo a todas partes: de acá para allá, de una ciudad a otra, de casa en casa. Han morado en muchos salones, reposado en muchas estanterías. Siempre conmigo, acompañándome en el viaje de la vida. En los momentos duros, cuando las cosas se tuercen y todo sale mal, cuando uno ya no puede más, me he refugiado en ellos. En su calor he encontrado consuelo. Me han ayudado a levantarme y a seguir hacia adelante. Siempre me están enseñando cosas, dándome goces nuevos.
A veces, en las tardes de lluvia, cuando no está para nada, o por las noches, después de que todos se han acostado y la casa se ha quedado en silencio, como si también se adormeciera, cuando me quedo solo, me gusta acercarme a la estantería y mirarlos. Ver los títulos en el lomo. A menudo acabo sacando alguno. Lo cojo, vuelvo a leer el título en la portada, veo lo grueso que es, lo abro en mis manos, lo huelo, y ese olor a pegamento, ya casi imperceptible por el paso del tiempo, me transporta a cuando era niño, a aquel olor a nuevo de los libros de la escuela, que nos los traía el maestro en septiembre, al principio del curso. Aquel olor que no se va, que no se acaba de ir, que parece que se ha quedado para siempre dentro de mi cabeza. Un olor que, por otra parte, no quiero que se me vaya, pese a que termina siempre por ponerme triste, haciéndome llorar.
Después, busco la primera página, esa que está en blanco, que llaman la guarda volante, y veo escrito mi nombre, y la fecha de cuando lo compré. Estudio un momento esas letras y esos números, y me resultan extraños, como si no fueran míos, como si los hubiera escrito otro. Sin embargo, puedo recordar el día y el lugar en que lo compré. Fue al salir del instituto. Otra tarde de lluvia, fría, sin sol. Aún puedo sentir lo que sentí cuando, después de estudiar, en el silencio de la noche, lo desplegué y comencé a leerlo, casi en secreto, como si estuviera cometiendo un pecado.
Un poco confundido, voy pasando las páginas hacia adelante: una, otra, otra, unas cuantas. Algunas están subrayadas. Otras tienen notas. Las hay con subrayado y con notas. Me empeño en leer las notas, pero no puedo, la letra es demasiado pequeña, diminuta. Con todo, me parecen heridas, profanaciones, y me pregunto cómo pude haber sido tan cruel, tan impío. Pero veo que me he excedido pasando páginas y vuelvo hacia atrás. Y de nuevo me excedo, y otra vez voy hacia adelante, más despacio, más atento, hasta que por fin logro dar con él. Con ese texto. Lo leo, y me sigue pareciendo perfecto: verdadero, bueno, bello. Sobre todo bello. Lo leo otra vez, y otra, otra más, no me canso de leerlo, y me emociono. Me emociono como entonces. Sin poder evitarlo, se me cierran los ojos, que se me han humedecido y me escuecen, como si fueran de sal. En esto, las páginas se pliegan y el texto desaparece. No puedo más, lo colocó en su sitio y me acuesto. Se me ha hecho tarde.
En la cama, con el brazo de mi mujer sobre el pecho, notando su respiración tranquila, veo el texto en la oscuridad, y me entran ganas de despertarla y leérselo. Leérselo como se lo hubiera leído cuando éramos novios. Pero no me atrevo: su sueño parece profundo, reparador, dulce.
Y comprendo –como me dice– que son solo cosas. Sí, es verdad, son solo cosas, pero para mí no son cosas cualesquiera. No lo son, ni mucho menos, porque las asocio con los momentos más importantes de mi vida: cuando estaba pasando por esto, compré este; leía ese el día que me sucedió eso; aquel me lo regalo ella. Me lo regaló ella.
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“Por razones oscuras –aunque quizá triviales– me atraen los libros que reúnen cosas diversas: ensayos breves, diálogos, aforismos, reflexiones sobre un autor, confesiones inesperadas, el borrador de un poema, una broma o la explicación apasionada de una preferencia”. (Alejandro Rossi. Manual del distraído)
Me dicen que en estos tiempos, en los que todo está digitalizado, todo se digitaliza, no merece la pena tenerlos, que lo único que hacen es ocupar sitio y coger polvo, mucho polvo. Que no, que me deshaga de ellos, de la manera que sea: tirándolos a la basura, o vendiéndolos, si encuentro a alguien que me los compre; pero que en ningún caso me haga con más, que no siga malgastando el dinero, que tenerlos carece de sentido.
Me lo dicen y yo los oigo. Los oigo como quien oye llover. Porque, aunque me callo, no hago caso, y los mantengo. Todavía conservo los primeros que tuve, los que compré cuando era adolescente, cuando comencé a amarlos. Y los que, por entonces, me regaló mi tío, que cuando se lo recuerdo no sabe cuáles son, no sabe ni siquiera que me hizo ese regalo. Es como si se hubiera deshecho de ellos, quizá porque le ocuparan sitio, le cogieran polvo. Pero yo sí lo recuerdo, sé los que son, dónde los tengo colocados, en qué orden se encuentran. Entonces, me hicieron tanta ilusión. Tanta que no podría olvidarlos. No podría hacerlo.
Los conservo todos y no pienso tirar ninguno. El que compré ayer, ahí está, en su sitio, esperándome, con ganas de hablarme, y yo loco por escucharlo, por conocer sus secretos. Pero, si dejándome llevar, hiciera lo que me dicen y los tirara, me desprendiera de ellos, me entraría mucha pena. Una pena infinita, porque los siento parte de mí. Cómo no sentirlos, si siempre han ido conmigo a todas partes: de acá para allá, de una ciudad a otra, de casa en casa. Han morado en muchos salones, reposado en muchas estanterías. Siempre conmigo, acompañándome en el viaje de la vida. En los momentos duros, cuando las cosas se tuercen y todo sale mal, cuando uno ya no puede más, me he refugiado en ellos. En su calor he encontrado consuelo. Me han ayudado a levantarme y a seguir hacia adelante. Siempre me están enseñando cosas, dándome goces nuevos.
A veces, en las tardes de lluvia, cuando no está para nada, o por las noches, después de que todos se han acostado y la casa se ha quedado en silencio, como si también se adormeciera, cuando me quedo solo, me gusta acercarme a la estantería y mirarlos. Ver los títulos en el lomo. A menudo acabo sacando alguno. Lo cojo, vuelvo a leer el título en la portada, veo lo grueso que es, lo abro en mis manos, lo huelo, y ese olor a pegamento, ya casi imperceptible por el paso del tiempo, me transporta a cuando era niño, a aquel olor a nuevo de los libros de la escuela, que nos los traía el maestro en septiembre, al principio del curso. Aquel olor que no se va, que no se acaba de ir, que parece que se ha quedado para siempre dentro de mi cabeza. Un olor que, por otra parte, no quiero que se me vaya, pese a que termina siempre por ponerme triste, haciéndome llorar.
Después, busco la primera página, esa que está en blanco, que llaman la guarda volante, y veo escrito mi nombre, y la fecha de cuando lo compré. Estudio un momento esas letras y esos números, y me resultan extraños, como si no fueran míos, como si los hubiera escrito otro. Sin embargo, puedo recordar el día y el lugar en que lo compré. Fue al salir del instituto. Otra tarde de lluvia, fría, sin sol. Aún puedo sentir lo que sentí cuando, después de estudiar, en el silencio de la noche, lo desplegué y comencé a leerlo, casi en secreto, como si estuviera cometiendo un pecado.
Un poco confundido, voy pasando las páginas hacia adelante: una, otra, otra, unas cuantas. Algunas están subrayadas. Otras tienen notas. Las hay con subrayado y con notas. Me empeño en leer las notas, pero no puedo, la letra es demasiado pequeña, diminuta. Con todo, me parecen heridas, profanaciones, y me pregunto cómo pude haber sido tan cruel, tan impío. Pero veo que me he excedido pasando páginas y vuelvo hacia atrás. Y de nuevo me excedo, y otra vez voy hacia adelante, más despacio, más atento, hasta que por fin logro dar con él. Con ese texto. Lo leo, y me sigue pareciendo perfecto: verdadero, bueno, bello. Sobre todo bello. Lo leo otra vez, y otra, otra más, no me canso de leerlo, y me emociono. Me emociono como entonces. Sin poder evitarlo, se me cierran los ojos, que se me han humedecido y me escuecen, como si fueran de sal. En esto, las páginas se pliegan y el texto desaparece. No puedo más, lo colocó en su sitio y me acuesto. Se me ha hecho tarde.
En la cama, con el brazo de mi mujer sobre el pecho, notando su respiración tranquila, veo el texto en la oscuridad, y me entran ganas de despertarla y leérselo. Leérselo como se lo hubiera leído cuando éramos novios. Pero no me atrevo: su sueño parece profundo, reparador, dulce.
Y comprendo –como me dice– que son solo cosas. Sí, es verdad, son solo cosas, pero para mí no son cosas cualesquiera. No lo son, ni mucho menos, porque las asocio con los momentos más importantes de mi vida: cuando estaba pasando por esto, compré este; leía ese el día que me sucedió eso; aquel me lo regalo ella. Me lo regaló ella.






