El año de los ariscos
![[Img #51213]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/8420_erruca.jpg)
Realmente me duelen las entretelas al encontrarme con amigos y familiares a los que no puedo abrazar. Me resisto a no hacerlo con mis hijas, es superior a mí. Después de meses de confinamiento y a más de 400 kms de ellas, sólo quería poder darles mil besos y abrazos. Por precaución y responsabilidad, antes de llegar al hogar materno, les realizaron sendas pruebas: la PCR y la de serología; no querían, ni por lo más remoto, contagiarme el dichoso Covid en caso de que fuese asintomáticas. Madrid es un hervidero de histeria y pesadumbre.
Por mucho que tomes precauciones, hay que ir a trabajar y el metro viene a rebosar de gente, como si nada pasara, como si no fuera con la gente trabajadora, que se traslada en metro o autobús, lo del contagio. Parece que existe una sibilina lectura de esta pandemia, los que toman dichos transportes públicos, allá ellos: ¡Sálvese quien pueda!
Vuelve a cerrarse Madrid, se distancian de nuevo los arrumacos. Y pienso, sin querer, que la gente arisca, esa que se despega de uno cuando te saluda, o tiene fama de que ni a su santa madre besa o abraza, estarán de lo más felices. Allá ellos. En la rudeza de la distancia, en la falta de compartir ternura, en la desesperanza de este futuro más pandémico que el propio virus está lo más enfermizo del momento. En las ‘no despedidas’ del que ha tenido el infortunio de dejar de existir, está resumida toda la tristeza del mundo.
Cerremos los ojos, respiremos, esto es un mal sueño, cualquier día la esperanza será como un candil que a todos nos alumbre. Sea.
![[Img #51213]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/8420_erruca.jpg)
Realmente me duelen las entretelas al encontrarme con amigos y familiares a los que no puedo abrazar. Me resisto a no hacerlo con mis hijas, es superior a mí. Después de meses de confinamiento y a más de 400 kms de ellas, sólo quería poder darles mil besos y abrazos. Por precaución y responsabilidad, antes de llegar al hogar materno, les realizaron sendas pruebas: la PCR y la de serología; no querían, ni por lo más remoto, contagiarme el dichoso Covid en caso de que fuese asintomáticas. Madrid es un hervidero de histeria y pesadumbre.
Por mucho que tomes precauciones, hay que ir a trabajar y el metro viene a rebosar de gente, como si nada pasara, como si no fuera con la gente trabajadora, que se traslada en metro o autobús, lo del contagio. Parece que existe una sibilina lectura de esta pandemia, los que toman dichos transportes públicos, allá ellos: ¡Sálvese quien pueda!
Vuelve a cerrarse Madrid, se distancian de nuevo los arrumacos. Y pienso, sin querer, que la gente arisca, esa que se despega de uno cuando te saluda, o tiene fama de que ni a su santa madre besa o abraza, estarán de lo más felices. Allá ellos. En la rudeza de la distancia, en la falta de compartir ternura, en la desesperanza de este futuro más pandémico que el propio virus está lo más enfermizo del momento. En las ‘no despedidas’ del que ha tenido el infortunio de dejar de existir, está resumida toda la tristeza del mundo.
Cerremos los ojos, respiremos, esto es un mal sueño, cualquier día la esperanza será como un candil que a todos nos alumbre. Sea.






