Como un corazón
![[Img #51214]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/8562_unnamed.jpg)
“Todas las ruedas se mueven tan armoniosamente como es posible” (Nicole Oresme)
Es como un corazón: late y late, no deja de latir; y nosotros marchamos por el mundo al paso de sus latidos. Por fuera parece algo sencillo, simple, pero no lo es, pues su interior contiene numerosas ruedas y complicados engranajes, es todo artificio.
Nació en un monasterio. Cuenta una leyenda, si bien hoy desacreditada, que lo parió un monje –llamado Geberto de Aurillac, quien acabó siendo el papa Silvestre II– a finales del siglo X. Es un autómata, pero no es como los autómatas de la Antigüedad. No es un juguete. A él no lo trajeron al mundo para adornar o entretener, aunque en muchas ocasiones haya servido de adorno, y haya cautivado la atención del público, que a menudo se ha deleitado contemplando lo maravilloso que es. Lo trajeron para cumplir una función. La función de ordenar el tiempo. En el Occidente cristiano, tras los gruesos muros de los cenobios benedictinos, donde la vida de sus moradores discurría conforme a la estricta regla de la orden, contaba las siete horas canónicas en las que se había dividido el día y le recordaba al campanero que a cada una de estas horas, como había decretado la bula del papa Sabiniano en el siglo VII, debía de tocar la campana. En estos lugares santos, con él la vida aún fue más ordenada, se hizo más sagrada. Cada cosa tenía su momento. No cabían irregularidades, ni caprichos, ni sorpresas, ni dudas, y menos todavía fluctuaciones erráticas. Eso existía fuera, en el mundo; pero aquí no. Aquí el tiempo se había organizado minuciosamente y cada acontecimiento estaba previsto. Nada se dejaba al azar. No había improvisación.
Pero en el siglo XIII, salió del monasterio y llegó a las ciudades. Entonces, comenzó a verse en los edificios importantes: en las fachadas de los ayuntamientos y de los palacios, pero sobre todo en las torres. Al principio, no tenía cara ni manos, solo se escuchaba su voz. Su voz metálica.Y hasta finales del siglo XIV no se le conoció su rostro. Un rostro esférico bordeado de números donde el movimiento del tiempo se transformó en movimiento del espacio. Incluso así, él seguía sonando, haciéndose oír. A menudo, se oía más allá de las murallas, desde los caminos.Además, en este mismo siglo, en torno al año 1345, ordenó el tiempo como lo tenemos ahora ordenado. Lo fraccionó en partes iguales. Del tiempo de un día sacó veinticuatro partes, que, a diferencia de antes, con otros medidores, eran todas iguales, tanto de día como de noche, en el norte de Egipto o en Londres. Luego,cada una de estas la dividió en otras sesenta. Finalmente,partió en sesenta cada una de estas sesenta. Es verdad que al principio, debido a la fricción de los mecanismos, no fue del todo preciso, se quedaba atrás; pero a mediados del siglo XVI mejoró mucho y logró un grado de precisión muy alto, casi como el que tiene ahora.
Con todo, sin embargo, no se conoce el nombre de su creador ni la fecha exacta de su nacimiento. Solo se tiene algunos documentos que acreditan que ya existía alrededor del año 1300 en Italia. De hecho, hay quien ha concluido que la primera prueba de su existencia lo sitúa en Milán hacia 1335. No obstante, en una miniatura de un manuscrito inglés de 1320 ya aparecía representado gráficamente. Lo había concebido otro fraile, Richard Wallingford, abad del monasterio de Saint-Albans. Esto le valió la hostilidad de sus monjes, que lo veían como algo extravagante, costoso e inútil, y la reprimenda, incluso, del rey Eduardo III, quien, cuando vino a visitar su abadía, reparó en él y, al verlo tan suntuoso, le reprochó que gastara el dinero en algo inútil en lugar de dedicarlo a la reconstrucción de la iglesia. Para los hombres de entonces al principio fue una locura. Una locura que posteriormente, en 1540, el historiador inglés, John Leland, en una visita a este monasterio, admiraría y diría que no había nada comparable en toda Europa, pues en él se podía ver “la marcha del sol y la luna, las estrellas fijas, e incluso los movimientos de las mareas”.
Pese a todo esto, la mayor perfección y celebridad la alcanzó con Giovanni di Dondi. Este hombre, este genio, desechando el hierro forjado, lo recubrió de cobre y de bronce, y lo volvió aún más complejo y sofisticado, más todavía de lo que había sido con Su Song en la China del siglo XI, algo que, debido al secretismo del Estado chino, el Occidente medieval ignoró, incluso hasta no hace tanto.En 1364, después de dieciséis años de trabajo, se encontraba instalado en Padua. Su rostro era como un cuadrante heptagonal. En la parte superior estaban los cuadrantes del sol, de la luna y de los cinco planetas conocidos en el siglo XIV. Abajo, tenía un cuadrante dividido en 24 horas, un calendario que indicaba las fiestas fijas y las fiestas movibles de la Iglesia, y las líneas de los nudos. No le faltaba tampoco el movimiento horario ni un cuadrante provisto de unas tablas donde se podía ver la hora desalida y la depuesta del sol de cada día del año. Y todo en él funcionaba de manera automática. Enseguida,se hizo famoso en toda Europa. Famoso hasta el punto de que en 1385 el escritor francés Philippe de Maisière, amigo de Dondi, escribió de él que “es una maravilla tal que los más solemnes astrónomos vienen de regiones muy lejanas para admirarlo llenos del más profundo respeto”.
De esta manera, no tardó en hacerse público, y se comenzó a ver también, aunque no con la perfección de Dondi, en otras ciudades europeas, como Génova, Florencia, Bolonia, Ferrara, París, Estrasburgo. En todas estas ciudades los fragmentos de tiempo que daba tenían la misma duración. Posteriormente, en el siglo XVI, Carlos V de Alemania y I de España, uno de sus mayores admiradores, obligó a la Iglesia católica a que diera el tiempo como se estaba dando en las ciudades. Entonces, en las iglesias y en los monasterios comenzó a sonar igual que en la ciudad: no siete veces al día sino veinticuatro. Con ello, desaparecían las horas canónicas y se imponían las horas temporarias, y la vida de los monjes comenzó a ajustarse al ritmo temporal que llevaban los artesanos y los comerciantes. La Tierra vencía al Cielo. Pero en Oriente, la Iglesia ortodoxa, fiel a sus tradiciones, no solo no aceptó esta nueva ordenación del tiempo sino que además no permitió que luciera ni en las fachadas ni en las torres de sus iglesias porque eso lo consideraba algo profano y blasfemo.
A finales de este mismo siglo XVI, gracias a la sustitución del peso por el muelle, se hizo pequeño, doméstico. Primero se vio en las mesas de las casas de los ricos. De los ricos de Inglaterra y Holanda. Después, en el cuello, y finalmente pasó a la muñeca. Pero también acabó llegando a los menos pudientes. Con todo, durante mucho tiempo, poseerlo fue un signo de éxito. No hace tanto, era uno de los sueños de los adolescentes. Era lo primero que se compraba con el primer dinero que se ganaba. Porque, ciertamente, todo el mundo quería ser como él, tan puntual.
Pero de lo que menos cabe duda es que es hijo de una época cuya figura característica no es la del científico sino la del ingeniero: el que sin preguntarse el porqué de las cosas conoce su funcionamiento. Por ello, a la mente de la que nació no la movía el motivo de satisfacer la curiosidad. No, la movía la utilidad. En aquel mundo plagado de misterios, que admitía lo inexplicable, no se trataba tanto de conocer la naturaleza como de someterla y dominarla. Ponerla a nuestro servicio. Si bien, más tarde, se vio que para subyugarla de verdad se necesitaba previamente conocerla.Sin embargo, con respecto a él, para su existencia, a diferencia de otras muchas cosas que se hicieron en aquella época, las artes mecánicas necesitaron la ayuda de algunas artes liberales, como la geometría, la aritmética y la astronomía. Este hecho –la colaboración del técnico y el científico– fue algo insólito que no se volvería a ver hasta la segunda mitad del siglo XIX.
Por fin, ya nada podía ser obstáculo para medir el tiempo: ni las nubes que cubren el sol, ni el hielo del invierno. De noche y de día, en invierno y en verano, cualquier día del año, en todo momento, en todo lugar, siempre, se podía dar ya cuenta del tiempo.
El resultado fue una nueva categoría de tiempo: había dejado de ser orgánico y se había vuelto mecánico. Ya no se medía por los acontecimientos que lo llenan, cuya duración es desigual. El tiempo no era, como antes, el tiempo que va desde que una oveja queda preñada hasta que pare o desde que se siembra hasta que se cosecha. Era otro tiempo. Un tiempo preciso y exacto,constituido por una sucesión de instantes matemáticos aislados e iguales. Un tiempo abstracto, extraño,que nada tiene que ver con eso tan natural como el latir del pulso o el respirar de los pulmones, que cambia, acelerándose o desacelerándose, según la acción o el estado del alma, ni con aquel otro tiempo que producían los viejos medidores en Egipto, Grecia, Roma y Bizancio, donde sus instantes eran más largos por el día o por la noche según la estación y la latitud. Con este nuevo concepto de tiempo, el hombre se revistió de una segunda naturaleza. De modo que ya no es su organismo el que le dice lo que tiene que hacer: no se come cuando se tiene hambre, ni se duerme cuando se tiene sueño, sino que se come a la hora, aunque no se sienta apetito, y a la hora se va para la cama, se esté o no cansado. Con este cambio todos los aspectos de la vida habían quedado tocados. Se estaba en un nuevo orden.
Un tiempo, en el fondo, exigido por la ciudad, cuando en esta creció la población, se multiplicaron los talleres y los mercados, y la economía, por consiguiente, se reactivó. Entonces, la vida de la ciudad demandó una medición del tiempo más precisa. Se necesitaba medir con exactitud el tiempo que dedicaban al trabajo los artesanos, los mercaderes y los operarios. Esto era necesario porque el tiempo se había materializado y cada fracción de tiempo representaba dinero. El tiempo, como el dinero, se podía invertir, gastar, cobrar o perder. En este incipiente capitalismo, para la burguesía, la nueva clase social que estaba emergiendo, “el tiempo es oro”, como diría Franklin más tarde, ya en pleno siglo XVIII. Tanto era así que para algunos, como los protestantes, perder el tiempo era pecado. Con lo cual, se acabó midiendo el tiempo de todo: el del trabajo, el de la comida, el del descanso; incluso, el tiempo mismo del placer también se medía. En fin, que el productor de este tiempo se convirtió en el alma de la ciudad, en el motor que bombea su vida y la hace fluir por todos sus lugares:por el mercado, por los talleres, por las tiendas, por las calles, por las plazas, por las innumerables callejuelas, por cada rincón.
Es una máquina. Una máquina automática y precisa. La primera máquina de precisión que existió. Modelo de todas las máquinas. Metáfora del universo aún para algunos. Ninguna todavía, pese a tantas como ha habido, como hay, y tan sofisticadas, ha estado –y se puede decir que ni está– tan omnipresentemente en nuestras vidas, ha mandado tanto en ellas. Mandaba durante todo el día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, incluso la noche también era suya, también la regulaba. Su ritmo se hizo nuestro ritmo. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que podíamos prescindir de muchas cosas, como el coche, el teléfono o el televisor, pero no de esta máquina. Esta máquina es la máquina perfecta. Es el reloj. El reloj mecánico.
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“Todas las ruedas se mueven tan armoniosamente como es posible” (Nicole Oresme)
Es como un corazón: late y late, no deja de latir; y nosotros marchamos por el mundo al paso de sus latidos. Por fuera parece algo sencillo, simple, pero no lo es, pues su interior contiene numerosas ruedas y complicados engranajes, es todo artificio.
Nació en un monasterio. Cuenta una leyenda, si bien hoy desacreditada, que lo parió un monje –llamado Geberto de Aurillac, quien acabó siendo el papa Silvestre II– a finales del siglo X. Es un autómata, pero no es como los autómatas de la Antigüedad. No es un juguete. A él no lo trajeron al mundo para adornar o entretener, aunque en muchas ocasiones haya servido de adorno, y haya cautivado la atención del público, que a menudo se ha deleitado contemplando lo maravilloso que es. Lo trajeron para cumplir una función. La función de ordenar el tiempo. En el Occidente cristiano, tras los gruesos muros de los cenobios benedictinos, donde la vida de sus moradores discurría conforme a la estricta regla de la orden, contaba las siete horas canónicas en las que se había dividido el día y le recordaba al campanero que a cada una de estas horas, como había decretado la bula del papa Sabiniano en el siglo VII, debía de tocar la campana. En estos lugares santos, con él la vida aún fue más ordenada, se hizo más sagrada. Cada cosa tenía su momento. No cabían irregularidades, ni caprichos, ni sorpresas, ni dudas, y menos todavía fluctuaciones erráticas. Eso existía fuera, en el mundo; pero aquí no. Aquí el tiempo se había organizado minuciosamente y cada acontecimiento estaba previsto. Nada se dejaba al azar. No había improvisación.
Pero en el siglo XIII, salió del monasterio y llegó a las ciudades. Entonces, comenzó a verse en los edificios importantes: en las fachadas de los ayuntamientos y de los palacios, pero sobre todo en las torres. Al principio, no tenía cara ni manos, solo se escuchaba su voz. Su voz metálica.Y hasta finales del siglo XIV no se le conoció su rostro. Un rostro esférico bordeado de números donde el movimiento del tiempo se transformó en movimiento del espacio. Incluso así, él seguía sonando, haciéndose oír. A menudo, se oía más allá de las murallas, desde los caminos.Además, en este mismo siglo, en torno al año 1345, ordenó el tiempo como lo tenemos ahora ordenado. Lo fraccionó en partes iguales. Del tiempo de un día sacó veinticuatro partes, que, a diferencia de antes, con otros medidores, eran todas iguales, tanto de día como de noche, en el norte de Egipto o en Londres. Luego,cada una de estas la dividió en otras sesenta. Finalmente,partió en sesenta cada una de estas sesenta. Es verdad que al principio, debido a la fricción de los mecanismos, no fue del todo preciso, se quedaba atrás; pero a mediados del siglo XVI mejoró mucho y logró un grado de precisión muy alto, casi como el que tiene ahora.
Con todo, sin embargo, no se conoce el nombre de su creador ni la fecha exacta de su nacimiento. Solo se tiene algunos documentos que acreditan que ya existía alrededor del año 1300 en Italia. De hecho, hay quien ha concluido que la primera prueba de su existencia lo sitúa en Milán hacia 1335. No obstante, en una miniatura de un manuscrito inglés de 1320 ya aparecía representado gráficamente. Lo había concebido otro fraile, Richard Wallingford, abad del monasterio de Saint-Albans. Esto le valió la hostilidad de sus monjes, que lo veían como algo extravagante, costoso e inútil, y la reprimenda, incluso, del rey Eduardo III, quien, cuando vino a visitar su abadía, reparó en él y, al verlo tan suntuoso, le reprochó que gastara el dinero en algo inútil en lugar de dedicarlo a la reconstrucción de la iglesia. Para los hombres de entonces al principio fue una locura. Una locura que posteriormente, en 1540, el historiador inglés, John Leland, en una visita a este monasterio, admiraría y diría que no había nada comparable en toda Europa, pues en él se podía ver “la marcha del sol y la luna, las estrellas fijas, e incluso los movimientos de las mareas”.
Pese a todo esto, la mayor perfección y celebridad la alcanzó con Giovanni di Dondi. Este hombre, este genio, desechando el hierro forjado, lo recubrió de cobre y de bronce, y lo volvió aún más complejo y sofisticado, más todavía de lo que había sido con Su Song en la China del siglo XI, algo que, debido al secretismo del Estado chino, el Occidente medieval ignoró, incluso hasta no hace tanto.En 1364, después de dieciséis años de trabajo, se encontraba instalado en Padua. Su rostro era como un cuadrante heptagonal. En la parte superior estaban los cuadrantes del sol, de la luna y de los cinco planetas conocidos en el siglo XIV. Abajo, tenía un cuadrante dividido en 24 horas, un calendario que indicaba las fiestas fijas y las fiestas movibles de la Iglesia, y las líneas de los nudos. No le faltaba tampoco el movimiento horario ni un cuadrante provisto de unas tablas donde se podía ver la hora desalida y la depuesta del sol de cada día del año. Y todo en él funcionaba de manera automática. Enseguida,se hizo famoso en toda Europa. Famoso hasta el punto de que en 1385 el escritor francés Philippe de Maisière, amigo de Dondi, escribió de él que “es una maravilla tal que los más solemnes astrónomos vienen de regiones muy lejanas para admirarlo llenos del más profundo respeto”.
De esta manera, no tardó en hacerse público, y se comenzó a ver también, aunque no con la perfección de Dondi, en otras ciudades europeas, como Génova, Florencia, Bolonia, Ferrara, París, Estrasburgo. En todas estas ciudades los fragmentos de tiempo que daba tenían la misma duración. Posteriormente, en el siglo XVI, Carlos V de Alemania y I de España, uno de sus mayores admiradores, obligó a la Iglesia católica a que diera el tiempo como se estaba dando en las ciudades. Entonces, en las iglesias y en los monasterios comenzó a sonar igual que en la ciudad: no siete veces al día sino veinticuatro. Con ello, desaparecían las horas canónicas y se imponían las horas temporarias, y la vida de los monjes comenzó a ajustarse al ritmo temporal que llevaban los artesanos y los comerciantes. La Tierra vencía al Cielo. Pero en Oriente, la Iglesia ortodoxa, fiel a sus tradiciones, no solo no aceptó esta nueva ordenación del tiempo sino que además no permitió que luciera ni en las fachadas ni en las torres de sus iglesias porque eso lo consideraba algo profano y blasfemo.
A finales de este mismo siglo XVI, gracias a la sustitución del peso por el muelle, se hizo pequeño, doméstico. Primero se vio en las mesas de las casas de los ricos. De los ricos de Inglaterra y Holanda. Después, en el cuello, y finalmente pasó a la muñeca. Pero también acabó llegando a los menos pudientes. Con todo, durante mucho tiempo, poseerlo fue un signo de éxito. No hace tanto, era uno de los sueños de los adolescentes. Era lo primero que se compraba con el primer dinero que se ganaba. Porque, ciertamente, todo el mundo quería ser como él, tan puntual.
Pero de lo que menos cabe duda es que es hijo de una época cuya figura característica no es la del científico sino la del ingeniero: el que sin preguntarse el porqué de las cosas conoce su funcionamiento. Por ello, a la mente de la que nació no la movía el motivo de satisfacer la curiosidad. No, la movía la utilidad. En aquel mundo plagado de misterios, que admitía lo inexplicable, no se trataba tanto de conocer la naturaleza como de someterla y dominarla. Ponerla a nuestro servicio. Si bien, más tarde, se vio que para subyugarla de verdad se necesitaba previamente conocerla.Sin embargo, con respecto a él, para su existencia, a diferencia de otras muchas cosas que se hicieron en aquella época, las artes mecánicas necesitaron la ayuda de algunas artes liberales, como la geometría, la aritmética y la astronomía. Este hecho –la colaboración del técnico y el científico– fue algo insólito que no se volvería a ver hasta la segunda mitad del siglo XIX.
Por fin, ya nada podía ser obstáculo para medir el tiempo: ni las nubes que cubren el sol, ni el hielo del invierno. De noche y de día, en invierno y en verano, cualquier día del año, en todo momento, en todo lugar, siempre, se podía dar ya cuenta del tiempo.
El resultado fue una nueva categoría de tiempo: había dejado de ser orgánico y se había vuelto mecánico. Ya no se medía por los acontecimientos que lo llenan, cuya duración es desigual. El tiempo no era, como antes, el tiempo que va desde que una oveja queda preñada hasta que pare o desde que se siembra hasta que se cosecha. Era otro tiempo. Un tiempo preciso y exacto,constituido por una sucesión de instantes matemáticos aislados e iguales. Un tiempo abstracto, extraño,que nada tiene que ver con eso tan natural como el latir del pulso o el respirar de los pulmones, que cambia, acelerándose o desacelerándose, según la acción o el estado del alma, ni con aquel otro tiempo que producían los viejos medidores en Egipto, Grecia, Roma y Bizancio, donde sus instantes eran más largos por el día o por la noche según la estación y la latitud. Con este nuevo concepto de tiempo, el hombre se revistió de una segunda naturaleza. De modo que ya no es su organismo el que le dice lo que tiene que hacer: no se come cuando se tiene hambre, ni se duerme cuando se tiene sueño, sino que se come a la hora, aunque no se sienta apetito, y a la hora se va para la cama, se esté o no cansado. Con este cambio todos los aspectos de la vida habían quedado tocados. Se estaba en un nuevo orden.
Un tiempo, en el fondo, exigido por la ciudad, cuando en esta creció la población, se multiplicaron los talleres y los mercados, y la economía, por consiguiente, se reactivó. Entonces, la vida de la ciudad demandó una medición del tiempo más precisa. Se necesitaba medir con exactitud el tiempo que dedicaban al trabajo los artesanos, los mercaderes y los operarios. Esto era necesario porque el tiempo se había materializado y cada fracción de tiempo representaba dinero. El tiempo, como el dinero, se podía invertir, gastar, cobrar o perder. En este incipiente capitalismo, para la burguesía, la nueva clase social que estaba emergiendo, “el tiempo es oro”, como diría Franklin más tarde, ya en pleno siglo XVIII. Tanto era así que para algunos, como los protestantes, perder el tiempo era pecado. Con lo cual, se acabó midiendo el tiempo de todo: el del trabajo, el de la comida, el del descanso; incluso, el tiempo mismo del placer también se medía. En fin, que el productor de este tiempo se convirtió en el alma de la ciudad, en el motor que bombea su vida y la hace fluir por todos sus lugares:por el mercado, por los talleres, por las tiendas, por las calles, por las plazas, por las innumerables callejuelas, por cada rincón.
Es una máquina. Una máquina automática y precisa. La primera máquina de precisión que existió. Modelo de todas las máquinas. Metáfora del universo aún para algunos. Ninguna todavía, pese a tantas como ha habido, como hay, y tan sofisticadas, ha estado –y se puede decir que ni está– tan omnipresentemente en nuestras vidas, ha mandado tanto en ellas. Mandaba durante todo el día, desde el amanecer hasta la puesta del sol, incluso la noche también era suya, también la regulaba. Su ritmo se hizo nuestro ritmo. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que podíamos prescindir de muchas cosas, como el coche, el teléfono o el televisor, pero no de esta máquina. Esta máquina es la máquina perfecta. Es el reloj. El reloj mecánico.






