Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 17 de Octubre de 2020

Cuestión de respeto

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Todos pasamos por una fase rompedora en la vida. La juventud es el epicentro de ese seísmo. Luego, la madurez pone el punto de sosiego y calma tempestades. No hay generación que, con mayor o menor virulencia, eluda el trámite. Es una evolución natural, una especie de sarampión que no es justo se confunda con una falta de respeto a algo o a alguien. Está en su denominación de origen. Los pocos años son  encarnación de entusiasmos y rebeldías sin corsés.

 

En España ha desembarcado una generación de políticos que, incluso ya maduritos, se han revestido de una indisciplina mimetizada en completa falta de respeto. Los efectos sobre la sociedad pasan de la coyuntura de una etapa de la vida a la  estructura de una convivencia.  Azorín comienza un ensayo titulado El Sombrero de Copa afirmando: si me preguntara cuál es, a mi entender, la cualidad fundamental de la civilización, contestaría sin vacilar: el respeto. El respeto en la familia, en el municipio y en el Estado. El respeto para el amigo y para el adversario. Y el respeto del individuo con su propia persona. Concluye: las sociedades ascienden o declinan según que en ellas suba o baje el respeto.

 

Respeto es una palabra magna, pero olvidada no solo en los foros de la política, también en la calle, en el periodismo, en el pretendido espectáculo artístico. Ha sucumbido arrollada por el concepto, igualmente excelso, de la libertad de expresión, pero manipulado como cajón de sastre de todo disparate disfrazado de exteriorización sublime de creatividad y de libre albedrío; olvidando que, mientras el primero tiene lectura colectiva, la segunda es un débil ardid de individualismo, que nunca deja de tener interpretación de ley conmutativa, algo tan primario y sencillo como que, si el agresor tiene pleno derecho a decir o a hacer, el agredido está legitimado a recorrer el mismo trayecto. Y como diría el castizo, ya está liada.

 

La característica de hombre público se hace inherente al ejercicio del respeto en las oraciones activa y pasiva. El quehacer político del día a día está anegado de faltas de consideración hacia un adversario que ya no tiene más acepción que la de enemigo. Un debate bien acotado en las discrepancias es una maravillosa representación del respeto propio y ajeno; el  primero, por su valor en sí mismo; el segundo, por una concesión de facto a la inteligencia del oponente, de apaciguarle en la réplica y de darle  cancha a sus propuestas. La acritud, el insulto, el pateo, aparte de faltas de deferencia, expresan, sin disimulo, total carencia de ideas y de argumentos y, lo que es peor de cara a una comunidad, un talante dictatorial, una actitud de energúmeno, en busca del conflicto, en el que cobrar pieza, y no de la solución.

 

Lejos, muy lejos estoy, de solapar mi concepto del respeto con el de la sumisión, aunque es fácil interpretarlos como sinónimos. Vuelvo a tiempos pasados, de cuando este país supo construirse un sistema democrático reconocido en sus leyes e instituciones como tal, desde las más acreditadas organizaciones supranacionales. Los abanderados de este hooliganismo sociopolítico de hoy tachan a aquellos líderes de claudicantes estómagos agradecidos. Ellos no (por lógica razón de edad), pero yo sí, pude verlos en parlamentos, tribunas, atriles y congresos, defender a cara de perro sus propuestas legislativas o sus aportaciones a un pacto de convivencia vital para una sociedad traumatizada por una larga dictadura, que no quiso cerrar las heridas de la guerra civil que la aupó al férreo poder del palo y tentetieso. En esa tesitura se ataviaban con el mono de faena identificativo de su ideología, pero apeados de la misión, tornaban a su traje de calle, y en el lugar que fuera, un restaurante, una cafetería, un domicilio particular, un ministerio, sondeaban y encontraban con el adversario las parcelas de entendimiento. Así sudaban el voto a pedir al electorado. No necesitaban los focos mediáticos ni las redes sociales como estos adanistas sectarios de la actual política, que solo saben ejercer como aprendices de brujo.

 

El respeto es un cúmulo de pequeños detalles que son los que engrandecen el término. Quiero ilustrarlo con una anécdota personal en el marco de la negociación de un gran acuerdo social entre sindicatos y empresarios, no entre partidos políticos, pero es igual para fijar la ósmosis de las prácticas políticas de entonces. Aquel pacto estaba encallado por una interpretación de matiz, de la que las dos partes no cedían un milímetro. Una cuestión aparentemente baladí podía dar al traste con un instrumento vital de paz social. Estaba en los urinarios del ministerio donde se reunían  - imaginen haciendo qué -, cuando oí entrar a los jefes de ambas delegaciones y agarrados a su joyita de la corona (supongo), en una dialéctica concisa y rigurosa, derribar aquel obstáculo, con el simple compromiso de su palabra, sin más testigos. Yo estaba tapado por una pared. No me vieron en ningún momento. Cumplir es sinónimo de respeto. Dos horas después anunciaban aquel convenio. Igualito que cierta recepción hace unos días para escenificar al bombo y platillo de banderas por doquier, un compromiso que, solo unas horas después, echó por tierra un irrespetuoso afán de protagonismo o de vulgar desprecio entre partes, tanto da, que ha terminado trayendo de cabeza a millones de ciudadanos. Así se ganan el voto.

                                                                                                                                                            

          

                  

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