Cartas telénicas
![[Img #51366]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/7098_maria-jose-unnamed.jpg)
Cuando miro al Teleno veo a mi padre; mi padre caminando por las aceras del pueblo arrastrando los pies. Sus ochenta años le cayeron de golpe, al igual que la desmemoria, la ausencia del amor de su vida le produjo una oquedad tan grande y profunda en el alma que ya nunca fue el mismo.
No quería pensar sino dejarse ir, deslizarse silenciosamente por una vida que, para él, ya había perdido su color.
Hoy te escribo, padre, cuando en la lejanía diviso el monte sacro que tú venerabas hasta en sueños. Después de años de deambular de un lugar a otro, de cruzar el Atlántico, de aprender la jerga del Manhattan de los años 30…llegaste a la orilla del río de tu vida a descansar, plácidamente, bajo las paleras y chopos que bordean el río Turienzo. ¡Qué pena que se seque en verano! – decías -. ¡Es tan hermoso en primavera!
Hermoso eras tú. Irradiabas una belleza de alma y una calidez que jamás vi en ser humano alguno. Esa paz que sólo consigue la bondad extrema era tu fiel indumentaria.
Las tardes soleadas y los paseos hasta el palomar para divisar el Teleno, desde esa pequeña cima, era un pasatiempo reconfortante. Me explicabas, entonces, las lindes de ese terreno compartido con otros dos hermanos; los cultivos de cereal; el nombre de los árboles; la magia del amor por tu tierra, alimentado desde otro continente años atrás. Me explicabas, padre, tu filosofía de la vida, esa flemática y pacífica forma de ver la convivencia, siempre poniendo tú todo el empeño por hacernos felices: la felicidad de los tuyos siempre fue tu prioridad.
Te echo tanto de menos que, a veces, escucho tu voz aconsejándome sobre esto y lo otro. Es como si te llevase aferrado a mi brazo y me susurraras al oído palabras dulces para reconfortarme.
Cuando miro al Teleno, padre, siempre te veo a ti.
![[Img #51366]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/7098_maria-jose-unnamed.jpg)
Cuando miro al Teleno veo a mi padre; mi padre caminando por las aceras del pueblo arrastrando los pies. Sus ochenta años le cayeron de golpe, al igual que la desmemoria, la ausencia del amor de su vida le produjo una oquedad tan grande y profunda en el alma que ya nunca fue el mismo.
No quería pensar sino dejarse ir, deslizarse silenciosamente por una vida que, para él, ya había perdido su color.
Hoy te escribo, padre, cuando en la lejanía diviso el monte sacro que tú venerabas hasta en sueños. Después de años de deambular de un lugar a otro, de cruzar el Atlántico, de aprender la jerga del Manhattan de los años 30…llegaste a la orilla del río de tu vida a descansar, plácidamente, bajo las paleras y chopos que bordean el río Turienzo. ¡Qué pena que se seque en verano! – decías -. ¡Es tan hermoso en primavera!
Hermoso eras tú. Irradiabas una belleza de alma y una calidez que jamás vi en ser humano alguno. Esa paz que sólo consigue la bondad extrema era tu fiel indumentaria.
Las tardes soleadas y los paseos hasta el palomar para divisar el Teleno, desde esa pequeña cima, era un pasatiempo reconfortante. Me explicabas, entonces, las lindes de ese terreno compartido con otros dos hermanos; los cultivos de cereal; el nombre de los árboles; la magia del amor por tu tierra, alimentado desde otro continente años atrás. Me explicabas, padre, tu filosofía de la vida, esa flemática y pacífica forma de ver la convivencia, siempre poniendo tú todo el empeño por hacernos felices: la felicidad de los tuyos siempre fue tu prioridad.
Te echo tanto de menos que, a veces, escucho tu voz aconsejándome sobre esto y lo otro. Es como si te llevase aferrado a mi brazo y me susurraras al oído palabras dulces para reconfortarme.
Cuando miro al Teleno, padre, siempre te veo a ti.






