Sol Gómez Arteaga
Sábado, 24 de Octubre de 2020

Dulce de membrillo

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Octubre: Tiempo de recolección de los frutos de la tierra, tiempo de la siembra del cereal, los forrajes, -no en vano el refrán dice “Octubre tu pan cubre.”- tiempo, tras vacacionarnos y vaciarnos cual cigarras ociosas, de retornar a la cotidianidad de los trabajos y los días, de embarcarnos en nuevos proyectos, de visualizar nuevos escenarios, de borrón y cuenta nueva.

 

Mientras pienso esto miro detenidamente los membrillos que reposan sobre la mesa de mármol. Son de color amarillo limón y de una textura aterciopelada que, a simple vista, da dentera. Me fascina la luz dorada, detenida, bellísima, un poco espuria también, -luz moribunda como de mejoría de la muerte- que, derramada, se proyecta sobre ellos. Luz de octubre que da sus últimos coletazos y, renuente, se resiste a dejar paso a las sombras del otoño que irremediablemente le suceden.  

 

Me acerco, los toco, los huelo -olor a infancia, a promesa, a sonrisa, a sábanas limpias, a brazos, a abrazos-. Dicen que los membrillos ya no huelen como antes, si acaso los que se crían en la orilla del río, pero puede suceder que nosotros ya no seamos los mismos. Octubre, se me ocurre entonces, es también un estado de ánimo.

 

Y como hormiga laboriosa que aprovecha los frutos regalados por la naturaleza, los lavo, uno por uno, con agua fría del grifo y sigo a pies juntillas una receta que las mujeres de mi casa llevan repitiendo durante décadas. Los parto en trozos, quito las impurezas y pepitas. Seguidamente los pongo a cocer en una tartera con muy poca agua (yo que no soy de dulce me salto a la torera el “a pies juntillas” de la ancestral receta, y le regateo a la báscula 400 gramos de los 1000 que gastronómicamente serían preceptivos). Los coloco de nuevo a fuego lento y doy vueltas con una cuchara de madera. Dos horas de repetidas vueltas en la misma dirección dan para meditar largo y tendido.   

 

En la masa ocre que se va formando se suceden las tardes en la bola verde del Paseo Nuevo, donde un día me meé de risa y al llegar a casa, como castigo, mi madre me puso el pijama y me metió en la cama; el olor del forro de algún libro nuevo que, entre muchos prestados, siempre había que comprar; los mediodías de griterío y recreo en el patio de la escuela; el zumbido, otros mediodías sin clase, de las avispas arremolinadas en torno a la parra del corral; el crepitar de las castañas asándose en la lumbre; el olor a alcanfor de los jerseys de manga larga y las cazadoras de invierno;  las meriendas de pan con chorizo de la matanza; el regusto agridulce de la lagarada tras finalizar la temporada de vendimia que nos permitiría hacernos con ese par de zapatos que, como una promesa al esfuerzo infantil, reposaban impolutos en el escaparate de Choni; el análisis de oraciones simples, sujeto, verbo, predicado, y luego, al siguiente curso escolar, de oraciones unidas por enrevesados nexos; las divisiones de tres cifras y hasta de cuatro, las raíces cuadradas que nunca llegué a entender ni mucho ni poco ni nada.

 

Me duele la mano, pero al cabo de dos horas puedo asegurar que el dulce de membrillo está para chuparse los dedos, como de hecho hago, antes de volcar a un recipiente de cristal y que repose para ser servido como aperitivo o postre, con queso blanco, con nueces, con pan, con vino, solo...

 

Dos horas que, además, me han servido para retornar a la única patria que en estos tiempos de incertidumbre y confusión y exceso de realidad me salvan de la intemperie.

 

Segura de que cuando todo falle, cuando nosotros, frágiles incurables sonámbulos, fallemos también, permanecerá en el calendario el mes de octubre, su luz, su sucesión imperecedera de días.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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