Lo que el lienzo se llevó
![[Img #51369]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/3084_dsc_4201.jpg)
Viajar a marte
o al cuarto de la plancha.
Pero contigo.
Luis Alberto de Cuenca
Dicen ahora que la plancha consume una barbaridad de energía y que deberíamos ir abandonando su uso si queremos ayudar al medioambiente. No sé yo.
Lo cierto es que muchos de los tejidos actuales nos exoneran desde hace tiempo de esa maldición bíblica (“plancharás tus túnicas con sudor”), aunque tengo mis dudas de que en su elaboración artificialísima no se derrochen de lo lindo energía y planeta sin que en ese proceso, como en el de producción de la electricidad que mueve los coches eléctricos, se ponga tanto grito en el cielo. Al final siempre termina la pelota de la culpa en el tejado del consumidor peatón y no en el del fabricante en limusina.
Una lleva ya décadas de galeota del remo de la plancha. Hasta he sufrido las de hierro de toda la vida porque en mi infancia, cuando no existía el acto forajido de la “obsolescencia programada”, mi madre las desempolvaba para que ejercieran su labor durante las averías de las sucesivas planchas eléctricas, primero sin vapor y luego de vapor, qué gran avance. Incluso he peleado con aquellas inservibles que llamaban “de viaje”. Diferentes modelos a cual más inútil cruzaron conmigo desiertos y océanos, pero mis esperanzas de lucir impecable y preysler en las recepciones del embajador se arrugaron tanto o más que mis vestidos. También así se pierde la fe en la ciencia.
Confieso que nunca mostré el menor entusiasmo por tan engorrosa actividad, pero me encanta sumergirme en sábanas olorosas y crujientes y ponerme ropa que no parezca recién desincrustada del fondo de una mochila tras quince días de ruta. Caprichos que aún le quedan a quien se va desprendiendo de tanto pero no a la suficiente velocidad.
La ceremonia de la plancha formaba parte de los ritos de iniciación de toda jovencita al poco de dar el primer paso hacia la pubertad, junto con la adquisición del sujetador y el primer paquete de compresas. En mi caso tuvo lugar sobre la mesa de la cocina, protegida para tal fin por una manta y un retal de sábana vieja. El grado de emoción que me produjo he de reconocer que fue muy inferior a los dos anteriores, dónde va a parar estrenar un sostenín azul cielo talla 0 o sentir la primera escorrentía de la sangre piernas abajo y miedo arriba.
Una familia de siete miembros con sus sábanas, toallas, uniformes, manteles, camisas, pañuelos y ropa variada en telas de mucho arrugarse acumulaba cada semana pirámides de Keops y Teotihuacán, torres del homenaje, giraldas y obeliscos en honor de algún dios desconocido y, como todos, sádico. Entre todas aquellas prendas eran las masculinas las que más trabajo daban y más me irritaba planchar: las camisas de mi padre con sus cuellos, con sus mangas, con sus puños; los pantalones de mi padre con su raya imposible; los calzoncillos de mi padre, auténticas tiendas de campaña, velas latinas desplegadas a sotavento, la producción de un año de algodón, cuya recolección dio motivo a cientos de esclavos de Alabama, Louisiana y Misisipi para componer espirituales negros que todavía hoy cantamos, oh pecador.
Y no había hermanos, ¡menos mal!
Aún recuerdo aquella tarde oscura con la eterna lluvia detrás de los cristales y la pila de ropa por planchar mirándome con descaro desde la silla, cuando elevé sobre mi cabeza aquella inmensidad blanca con botones frontales, goma en cintura y vuelo Patrulla Águila en las perneras para poner al Cielo por testigo de que, pasara lo que pasara y me tocara vivir con quien la suerte y el discernimiento me proporcionaran en mi vida futura, jamás le plancharía los calzoncillos a ningún hombre. Y el Cielo no se rompió en añicos furibundos ni ardieron zarzas ni se abrieron los mares en mitades perfectas ni un rayo justiciero y patriarcal me puso bigudíes eléctricos por blasfema. Solo cambió la moda y cambiaron los juramentos.
Todavía hay una clase de hombres que huye de bragaslips marcapaquete, tangas de leopardo y otras creaciones de intenso ceñir y resaltar, sea por comodidad o por clemencia hacia quienes tendríamos que padecer semejante visión desestabilizadora. Y los calzones de tela, aunque sin frufrú fragairibarne, han vuelto a poblar las lavadoras con sus alas aleves. Sin embargo, en honor de nuestros compañeros o en el nuestro, celebremos por muchos años no tener que plancharlos. Celebremos que la ciencia y el sentido común terminen por aliarse para que no vivamos esclavizados por modas contra el cuerpo, el tiempo y el planeta. Para que cada palo aguante su vela en el hogar y, sobre todo, para que terminemos convenciéndonos de la belleza de la arruga: la que labra la piel, la que marca la ropa, las que dan fe de la erosión de la edad y el beso de la vida.
![[Img #51369]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/3084_dsc_4201.jpg)
Viajar a marte
o al cuarto de la plancha.
Pero contigo.
Luis Alberto de Cuenca
Dicen ahora que la plancha consume una barbaridad de energía y que deberíamos ir abandonando su uso si queremos ayudar al medioambiente. No sé yo.
Lo cierto es que muchos de los tejidos actuales nos exoneran desde hace tiempo de esa maldición bíblica (“plancharás tus túnicas con sudor”), aunque tengo mis dudas de que en su elaboración artificialísima no se derrochen de lo lindo energía y planeta sin que en ese proceso, como en el de producción de la electricidad que mueve los coches eléctricos, se ponga tanto grito en el cielo. Al final siempre termina la pelota de la culpa en el tejado del consumidor peatón y no en el del fabricante en limusina.
Una lleva ya décadas de galeota del remo de la plancha. Hasta he sufrido las de hierro de toda la vida porque en mi infancia, cuando no existía el acto forajido de la “obsolescencia programada”, mi madre las desempolvaba para que ejercieran su labor durante las averías de las sucesivas planchas eléctricas, primero sin vapor y luego de vapor, qué gran avance. Incluso he peleado con aquellas inservibles que llamaban “de viaje”. Diferentes modelos a cual más inútil cruzaron conmigo desiertos y océanos, pero mis esperanzas de lucir impecable y preysler en las recepciones del embajador se arrugaron tanto o más que mis vestidos. También así se pierde la fe en la ciencia.
Confieso que nunca mostré el menor entusiasmo por tan engorrosa actividad, pero me encanta sumergirme en sábanas olorosas y crujientes y ponerme ropa que no parezca recién desincrustada del fondo de una mochila tras quince días de ruta. Caprichos que aún le quedan a quien se va desprendiendo de tanto pero no a la suficiente velocidad.
La ceremonia de la plancha formaba parte de los ritos de iniciación de toda jovencita al poco de dar el primer paso hacia la pubertad, junto con la adquisición del sujetador y el primer paquete de compresas. En mi caso tuvo lugar sobre la mesa de la cocina, protegida para tal fin por una manta y un retal de sábana vieja. El grado de emoción que me produjo he de reconocer que fue muy inferior a los dos anteriores, dónde va a parar estrenar un sostenín azul cielo talla 0 o sentir la primera escorrentía de la sangre piernas abajo y miedo arriba.
Una familia de siete miembros con sus sábanas, toallas, uniformes, manteles, camisas, pañuelos y ropa variada en telas de mucho arrugarse acumulaba cada semana pirámides de Keops y Teotihuacán, torres del homenaje, giraldas y obeliscos en honor de algún dios desconocido y, como todos, sádico. Entre todas aquellas prendas eran las masculinas las que más trabajo daban y más me irritaba planchar: las camisas de mi padre con sus cuellos, con sus mangas, con sus puños; los pantalones de mi padre con su raya imposible; los calzoncillos de mi padre, auténticas tiendas de campaña, velas latinas desplegadas a sotavento, la producción de un año de algodón, cuya recolección dio motivo a cientos de esclavos de Alabama, Louisiana y Misisipi para componer espirituales negros que todavía hoy cantamos, oh pecador.
Y no había hermanos, ¡menos mal!
Aún recuerdo aquella tarde oscura con la eterna lluvia detrás de los cristales y la pila de ropa por planchar mirándome con descaro desde la silla, cuando elevé sobre mi cabeza aquella inmensidad blanca con botones frontales, goma en cintura y vuelo Patrulla Águila en las perneras para poner al Cielo por testigo de que, pasara lo que pasara y me tocara vivir con quien la suerte y el discernimiento me proporcionaran en mi vida futura, jamás le plancharía los calzoncillos a ningún hombre. Y el Cielo no se rompió en añicos furibundos ni ardieron zarzas ni se abrieron los mares en mitades perfectas ni un rayo justiciero y patriarcal me puso bigudíes eléctricos por blasfema. Solo cambió la moda y cambiaron los juramentos.
Todavía hay una clase de hombres que huye de bragaslips marcapaquete, tangas de leopardo y otras creaciones de intenso ceñir y resaltar, sea por comodidad o por clemencia hacia quienes tendríamos que padecer semejante visión desestabilizadora. Y los calzones de tela, aunque sin frufrú fragairibarne, han vuelto a poblar las lavadoras con sus alas aleves. Sin embargo, en honor de nuestros compañeros o en el nuestro, celebremos por muchos años no tener que plancharlos. Celebremos que la ciencia y el sentido común terminen por aliarse para que no vivamos esclavizados por modas contra el cuerpo, el tiempo y el planeta. Para que cada palo aguante su vela en el hogar y, sobre todo, para que terminemos convenciéndonos de la belleza de la arruga: la que labra la piel, la que marca la ropa, las que dan fe de la erosión de la edad y el beso de la vida.






