Problemas de vocabulario / 2
![[Img #51447]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/4907_perrincamion.jpg)
Por la derecha escampan los conservadores, no plenamente coincidentes con los “tories” ingleses, pues en España, y más concretamente en tierras astorganas, estos conservadores no sólo esperan la inamovilidad de las tradiciones, sino que aspiran y quieren que nada cambie, ni los cuarterones de los cristales de los balcones del Ayuntamiento. Ni el aire, aunque no se pueda respirar por corrupto.
El viejo lema de “Dios, Patria y Rey”, grito de los carlistas, vuelve con los voxeros, que tras la vorágine de su irrupción se creyeron que todo el monte era orégano, que había resucitado Franco y estaban dispuestos a sacar de los arcones las camisas viejas o que podían volver las algaradas y los Golpes de Estado.
El ínclito Arzallus, con todo lo que tenía de paráclito, antes de pasar a mejor vida, había declarado: “Ni fascismo, ni nada. Si el pueblo lo vota”. Volvía a equivocarse, lo que es un atributo de los nacionalistas de derechas vascos que tras equivocarse no pierden la sonrisa de la autoperfección. Seguiría siendo fascismo. Como fascista era Hitler cuando lo votaron y fascista y fascismo siguieron siendo él y los suyos cuando hicieron lo que hicieron. Así son las cosas, sin que la democracia lo remedie. Trump es Trump, un virus norteamericano, y lo seguirá siendo, digan lo que digan las urnas y los tumpistas.
La situación caótica la vive la clase política española obligada al pacto, es decir, a la negociación con cesiones para llegar a acuerdos. Los nacionalistas vascos lo transmutaron en el chantaje, camuflado con mentiras, para lograr imposiciones sobre el pactante. El presidente gallego Núñez Feijóo calificó entonces a los acólitos, de políticos adolescentes en vez de estadistas. No se refería sólo a Pablo Iglesias, como lo malentendieron los que acostumbran a coger el rábano por las hojas, sino a su conmilitón el ejemplar Pablo Casado y al entonces inestable -¿A qué se debería?- Albert Ribera, antes de que se viera obligado a desaparecer.
El sociólogo norteamericano Talcott Parsons afirmó que toda ideología es un sistema de prejuicios. Así ocurre, por ejemplo, con los lectores de un solo periódico para estar informados. Lo eligen porque encuentran en él lo que quieren encontrar porque quienes lo escriben saben lo que tienen que escribir. Así el lector se encuentra protegido en sus ideas y convicciones pero le ocurre como a la tortuga. Su caparazón le protege, como una camisa de fuerza, porque al mismo tiempo le quita la libertad. Es el riesgo de perseguirla protegido. Se evita el peligro de lastimarse pero es el camino seguro para no encontrarla.
Tiempos inestables y líquidos en los que vivimos, no sólo por la angustia psicótica del coronavirus, sino porque son los de la postverdad seguida de la proliferación de los bulos. Progres, fachas, rojos, conservadores, neoliberales… todos desfilan en desorden y alteración. Son los tiempos del lenguaje pervertido en los que no en vano domina la confusión. Si no que se lo digan a las más feministas deslenguadas, que aunque razones no les falten en sus justas reivindicaciones, se caracterizan por lo que más por su lenguaje confundido, sobre todo las alevín, cuando a tantas les encanta presumir de atributos masculinos y dejar rebajados a los carreteros, porque ellas su lenguaje lo practican con más dominio, aunque confundan los géneros, y abusan traicionando lo que de verdad admiran.
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Por la derecha escampan los conservadores, no plenamente coincidentes con los “tories” ingleses, pues en España, y más concretamente en tierras astorganas, estos conservadores no sólo esperan la inamovilidad de las tradiciones, sino que aspiran y quieren que nada cambie, ni los cuarterones de los cristales de los balcones del Ayuntamiento. Ni el aire, aunque no se pueda respirar por corrupto.
El viejo lema de “Dios, Patria y Rey”, grito de los carlistas, vuelve con los voxeros, que tras la vorágine de su irrupción se creyeron que todo el monte era orégano, que había resucitado Franco y estaban dispuestos a sacar de los arcones las camisas viejas o que podían volver las algaradas y los Golpes de Estado.
El ínclito Arzallus, con todo lo que tenía de paráclito, antes de pasar a mejor vida, había declarado: “Ni fascismo, ni nada. Si el pueblo lo vota”. Volvía a equivocarse, lo que es un atributo de los nacionalistas de derechas vascos que tras equivocarse no pierden la sonrisa de la autoperfección. Seguiría siendo fascismo. Como fascista era Hitler cuando lo votaron y fascista y fascismo siguieron siendo él y los suyos cuando hicieron lo que hicieron. Así son las cosas, sin que la democracia lo remedie. Trump es Trump, un virus norteamericano, y lo seguirá siendo, digan lo que digan las urnas y los tumpistas.
La situación caótica la vive la clase política española obligada al pacto, es decir, a la negociación con cesiones para llegar a acuerdos. Los nacionalistas vascos lo transmutaron en el chantaje, camuflado con mentiras, para lograr imposiciones sobre el pactante. El presidente gallego Núñez Feijóo calificó entonces a los acólitos, de políticos adolescentes en vez de estadistas. No se refería sólo a Pablo Iglesias, como lo malentendieron los que acostumbran a coger el rábano por las hojas, sino a su conmilitón el ejemplar Pablo Casado y al entonces inestable -¿A qué se debería?- Albert Ribera, antes de que se viera obligado a desaparecer.
El sociólogo norteamericano Talcott Parsons afirmó que toda ideología es un sistema de prejuicios. Así ocurre, por ejemplo, con los lectores de un solo periódico para estar informados. Lo eligen porque encuentran en él lo que quieren encontrar porque quienes lo escriben saben lo que tienen que escribir. Así el lector se encuentra protegido en sus ideas y convicciones pero le ocurre como a la tortuga. Su caparazón le protege, como una camisa de fuerza, porque al mismo tiempo le quita la libertad. Es el riesgo de perseguirla protegido. Se evita el peligro de lastimarse pero es el camino seguro para no encontrarla.
Tiempos inestables y líquidos en los que vivimos, no sólo por la angustia psicótica del coronavirus, sino porque son los de la postverdad seguida de la proliferación de los bulos. Progres, fachas, rojos, conservadores, neoliberales… todos desfilan en desorden y alteración. Son los tiempos del lenguaje pervertido en los que no en vano domina la confusión. Si no que se lo digan a las más feministas deslenguadas, que aunque razones no les falten en sus justas reivindicaciones, se caracterizan por lo que más por su lenguaje confundido, sobre todo las alevín, cuando a tantas les encanta presumir de atributos masculinos y dejar rebajados a los carreteros, porque ellas su lenguaje lo practican con más dominio, aunque confundan los géneros, y abusan traicionando lo que de verdad admiran.






