El momento
![[Img #51452]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/10_2020/8997_escanear0110.jpg)
“Me siguen acompañando los dolores de la vejiga y del vientre, que no disminuyen el rigor extremo de sus embates. Pero contra todos ellos se despliega el gozo del alma, fundado en el recuerdo de las conversaciones que hemos tenido” (Epicuro. Carta a Idomeneo)
No me atrevo a hablar de felicidad, no sé lo que es. Pero sí puedo decir algo de momentos buenos, de buenos momentos. Sin duda, como casi todo el mundo, he tenido alguno de estos momentos. Este momento no tiene nada que ver con él éxito: ni con el triunfo profesional ni con el amoroso. Tampoco está relacionado con los logros económicos. Es un momento menos visible, que pasa desapercibido para todos menos para mí. Es un momento íntimo, muy personal, que cuesta describir. No es largo este momento; más bien resulta corto, quizá demasiado corto. Mas no por ello deja de ser bueno, aunque no alcance a ser perfecto.
Un momento bueno para mí es cuando en las noches de otoño o de invierno me acuesto pronto. Si estoy cansado, porque la noche anterior he trabajado, mucho mejor. Y si en el trabajo, ante las dificultades, he mantenido la calma, he acertado con la solución, he sido respetuoso con todos, todos lo han sido conmigo, todavía mejor. Es una delicia encender la lámpara de noche y comenzar por fin a leer el libro que tanto deseaba leer pero que por las urgencias del día a día no había podido. Es una delicia sobre todo si se hace con el corazón vacío de odio y con el ánimo tranquilo. Si se hace en paz. En paz con el mundo y con uno mismo. En paz con todo. Paz. Y más delicia es si me agrada cómo comienza: habla de lo que me gusta, de lo que me apasiona; insinúa más que afirma, sugiere, apenas muestra. Aparece una frase perfecta. No importa que uno no sepa nada de literatura. Esa frase me sobrecoge, y la leo una y otra vez, y cada vez más me cautiva, más hermosa me parece, más increíble. Pero el cansancio va pesando y no puedo seguir con la lectura. Entonces, cierro el libro, apago la lámpara y me sumerjo en la tibieza de las sábanas. En la cabeza me queda palpitando esa frase, que he acabado por aprenderme de memoria. Me queda también la dulce expectativa de que ese libro será de los mejores. Puede que el mejor. Me quedan las ganas de que llegue mañana para seguir leyéndolo. El impulso temerario de recomendarlo. De recomendarlo con ardor.
Cuando voy a encender la radio, me llega el sonido atenuado del viento. El viento ruge en la esquina del edificio de enfrente, hace vibrar la farola, azota las ramas de las acacias en la acera, lanza la lluvia contra la persiana, ha volcado el contenedor de la basura. Me remuevo en la cama, me contraigo, me aprieto contra mí, como si el viento y la lluvia, el frío, toda la noche, estuvieran en la propia habitación.Me siento a gusto. De repente, afuera hay una tregua, y entonces lo que escucho son las risas, las voces y las carreras de los niños, que han terminado de hacer los últimos deberes y van a la cocina a cenar. Los sigo escuchando. Me gusta escucharlos. Pienso en ellos: ayer eran unos bebés, hoy ya no quieren que los lleve nadie al colegio, quieren ir solos. Se ven mayores, y lo son. ¡Cómo pasa el tiempo! Pronto, mañana, pasado a más tardar, los perderé. Los perderé a todos, también a la pequeña. La ley de la vida. Un día, el menos pensado, cuando vuelva a costarme temprano, me daré cuenta de que ya no los escucho, de que ya no están. Escucharé el viento, pero no los escucharé a ellos. El viento siempre estará; en cambio, de su alboroto no quedará nada, solo el recuerdo, la ceniza. Esta reflexión me produce alegría y a la vez tristeza. Con todo, sigo estando bien. Bien, hasta que se cuela algún pesar. Pero no me enfrento, lo dejo pasar: que arañe, que muerda, que hiera. El momento ha dejado de ser bueno. Ya sabía que era breve. Pero el pesar acaba saliendo. Como vino se fue. Entonces, poco a poco el alma se va dilatando, recuperando su forma. Sobre todo, cuando llegan otros recuerdos: un antiguo amor. Un amor ya olvidado. No sé cómo vino, qué lo trajo. Los mecanismos de la memoria no se conocen. Pero llegó y lo tengo delante. Dejo que se desborde, que se derrame, que me empape, y por unos segundos soy el que fui, gozo como gocé. Solo que ese gozo loco se me rompe con el roce en los labios de otros labios. Vaya, me quejo. Pero enseguida me doy cuenta de que son los mismos labios, el mismo aliento, el mismo calor, todo lo mismo, casi lo mismo, que lo que estaba imaginando, gozando. Y me vuelvo a sentir a gusto, más a gusto aún. No es algo perfecto, pero le falta poco. Solo que tampoco durará mucho. Pasará, lo sé.
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“Me siguen acompañando los dolores de la vejiga y del vientre, que no disminuyen el rigor extremo de sus embates. Pero contra todos ellos se despliega el gozo del alma, fundado en el recuerdo de las conversaciones que hemos tenido” (Epicuro. Carta a Idomeneo)
No me atrevo a hablar de felicidad, no sé lo que es. Pero sí puedo decir algo de momentos buenos, de buenos momentos. Sin duda, como casi todo el mundo, he tenido alguno de estos momentos. Este momento no tiene nada que ver con él éxito: ni con el triunfo profesional ni con el amoroso. Tampoco está relacionado con los logros económicos. Es un momento menos visible, que pasa desapercibido para todos menos para mí. Es un momento íntimo, muy personal, que cuesta describir. No es largo este momento; más bien resulta corto, quizá demasiado corto. Mas no por ello deja de ser bueno, aunque no alcance a ser perfecto.
Un momento bueno para mí es cuando en las noches de otoño o de invierno me acuesto pronto. Si estoy cansado, porque la noche anterior he trabajado, mucho mejor. Y si en el trabajo, ante las dificultades, he mantenido la calma, he acertado con la solución, he sido respetuoso con todos, todos lo han sido conmigo, todavía mejor. Es una delicia encender la lámpara de noche y comenzar por fin a leer el libro que tanto deseaba leer pero que por las urgencias del día a día no había podido. Es una delicia sobre todo si se hace con el corazón vacío de odio y con el ánimo tranquilo. Si se hace en paz. En paz con el mundo y con uno mismo. En paz con todo. Paz. Y más delicia es si me agrada cómo comienza: habla de lo que me gusta, de lo que me apasiona; insinúa más que afirma, sugiere, apenas muestra. Aparece una frase perfecta. No importa que uno no sepa nada de literatura. Esa frase me sobrecoge, y la leo una y otra vez, y cada vez más me cautiva, más hermosa me parece, más increíble. Pero el cansancio va pesando y no puedo seguir con la lectura. Entonces, cierro el libro, apago la lámpara y me sumerjo en la tibieza de las sábanas. En la cabeza me queda palpitando esa frase, que he acabado por aprenderme de memoria. Me queda también la dulce expectativa de que ese libro será de los mejores. Puede que el mejor. Me quedan las ganas de que llegue mañana para seguir leyéndolo. El impulso temerario de recomendarlo. De recomendarlo con ardor.
Cuando voy a encender la radio, me llega el sonido atenuado del viento. El viento ruge en la esquina del edificio de enfrente, hace vibrar la farola, azota las ramas de las acacias en la acera, lanza la lluvia contra la persiana, ha volcado el contenedor de la basura. Me remuevo en la cama, me contraigo, me aprieto contra mí, como si el viento y la lluvia, el frío, toda la noche, estuvieran en la propia habitación.Me siento a gusto. De repente, afuera hay una tregua, y entonces lo que escucho son las risas, las voces y las carreras de los niños, que han terminado de hacer los últimos deberes y van a la cocina a cenar. Los sigo escuchando. Me gusta escucharlos. Pienso en ellos: ayer eran unos bebés, hoy ya no quieren que los lleve nadie al colegio, quieren ir solos. Se ven mayores, y lo son. ¡Cómo pasa el tiempo! Pronto, mañana, pasado a más tardar, los perderé. Los perderé a todos, también a la pequeña. La ley de la vida. Un día, el menos pensado, cuando vuelva a costarme temprano, me daré cuenta de que ya no los escucho, de que ya no están. Escucharé el viento, pero no los escucharé a ellos. El viento siempre estará; en cambio, de su alboroto no quedará nada, solo el recuerdo, la ceniza. Esta reflexión me produce alegría y a la vez tristeza. Con todo, sigo estando bien. Bien, hasta que se cuela algún pesar. Pero no me enfrento, lo dejo pasar: que arañe, que muerda, que hiera. El momento ha dejado de ser bueno. Ya sabía que era breve. Pero el pesar acaba saliendo. Como vino se fue. Entonces, poco a poco el alma se va dilatando, recuperando su forma. Sobre todo, cuando llegan otros recuerdos: un antiguo amor. Un amor ya olvidado. No sé cómo vino, qué lo trajo. Los mecanismos de la memoria no se conocen. Pero llegó y lo tengo delante. Dejo que se desborde, que se derrame, que me empape, y por unos segundos soy el que fui, gozo como gocé. Solo que ese gozo loco se me rompe con el roce en los labios de otros labios. Vaya, me quejo. Pero enseguida me doy cuenta de que son los mismos labios, el mismo aliento, el mismo calor, todo lo mismo, casi lo mismo, que lo que estaba imaginando, gozando. Y me vuelvo a sentir a gusto, más a gusto aún. No es algo perfecto, pero le falta poco. Solo que tampoco durará mucho. Pasará, lo sé.






