Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 19 de Diciembre de 2020

El legado

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Tiene noventa y tres años y está a medio trayecto de los noventa y cuatro. Le sobran redaños para, con esa edad, trajinarse unas memorias que escribe  en ordenador con la misma fe que una adolescente emborrona su diario. Es la escapatoria a una viudez, todavía reciente, que frenó en seco la convivencia polícroma con el compañero de más de seis décadas. Dobla así el brazo a la soledad de la residencia para mayores en la que halla refugio contra el corto porvenir que se imagina. En ella da forma a evocaciones  de tiempos que se escarban hasta el  vértigo. Maravilloso confesionario es una hoja de papel en blanco.

 

Ella es mi madre. Su proyecto autobiográfico es el legado que me deja, el testimonio que ansío, el ruego escuchado. Me pregunta - y se pregunta - cómo puede merecer letras de molde una vida anodina como la suya, de ama de casa milagrera de panes y peces; de esposa ejemplar; de madre católica; de mujer guardián de costumbres eternas, categorías dogmáticas de una sociedad gris, que amputaron sus alas para volar a los territorios de las disidencias y rebeliones liberadoras. La replico que las palabras se las lleva el viento, pero el papel perpetúa. Y en esas páginas quedará indeleble la herencia de su propia historia, un apunte de su generación, para enseñanza de hijos, nietos y biznieto, que ya cuentan con eslabones en la cadena familiar.

 

Somos, la mayoría, más de hablar que de escribir, y por ese flanco, se nos ha escapado la épica de perdurar sin otro asidero que la monotonía. Pensamos que las letras solo las merece el portento, la gesta, lo que solo uno o pocos pueden hacer. Pero esta modernidad se atiene a nuevas reglas, entre ellas, llevar a la epopeya la supervivencia en una jungla de miedos y silencios. Con esa melodía bailaron  mi madre y tantas madres de su época. De ninguna manera merecen la irrelevancia. Queremos, necesitamos, su relato como realidad, no como ficción.

 

Se dice en el mundo literario que una crónica jamás será posible sin la percha de una buena historia. La creencia se pierde en la magnitud sin acotaciones de su descripción. ¿Qué es una buena historia? Entendida  como correa sin fin de la aventura y del sobresalto, poco o nulo margen deja a escritos y escritores. Concebida como introspección, como costumbrismo del espíritu, las concurrencias de unos y otros se alargan y ensanchan. Las anotaciones en los diarios personales marcan una pauta. Las relaciones epistolares, hoy tan en boga entre nombres de la excelencia cultural, tampoco se desmarcan de las virtudes que tiene toda narración, perfilada más desde los sentimientos, que de la técnica. Escribir, desde esa perspectiva, es más necesidad que arte, un guiño a lo indómito. Fuera complejos.

 

La mía  - y no digamos la de mis hijos y nietos al rebufo de las redes sociales-  es generación enganchada a un arquetipo de información entre el espectáculo y el sensacionalismo. Único propósito: impresionar. Y pasado el primer oleaje queda una  especie de placebo. Lo que pido a mi madre es sencillo, pero profundo: la cronología de una existencia y el acceso encadenado a pensamientos que ayudaron, como progenitora y educadora, a moldear  los míos en sus aprobaciones y reproches. Llevado al papel no necesita ni de la erudición ni de la retórica alambicada de la lexicografía culta. Quiero que me marquen camino, que me esbocen el pretérito que me ayuda y ayudará a entender presente y futuro en el estilo libre de la espontaneidad. Ese es gran valor que los mayores podemos aportar a nuestros sucesores. Ese es el legado: unas cuantas hojas de papel que, deseo, mi madre me deje para cuando falte y no pueda acudir al enorme valor de su consejo. Se hace de palabra, pero en el lenguaje escrito cobra el pragmatismo de lo tangible y se configura en el antídoto contra la desmemoria.

 

Un testamento de reparto de posesiones materiales tiene que ser, inexcusablemente, algo escrito y rubricado. Por esa regla de tres no debemos renunciar pedirle a nuestro veteranos que nos abran la experiencia de sus largas vidas en un resumen, siquiera de unas breves páginas, de pericias, inquietudes, ansiedades, desengaños y euforias; vale todo. Vivamos el experimento de ponernos ante un papel en blanco. Sorprenderá el aluvión de sugerencias que destila algo tan frágil y ligero, pero que lleno de caligrafía será duro como el pedernal y anclaje contra el viento. No es literatura. Es una necesidad mutada a la más valiosa de  las herencias.     

 

La crónica del presente está sobrecargada de información de lo lejano. Sin embargo, excelsa paradoja, pecha con el déficit de lo cercano, de lo que nos puede y debe transmitir lo próximo y familiar. Esta es la idea central que he inculcado a mi madre en su maravilloso objetivo de dar forma en papel y letra a una vida, puede que  opaca, pero que, sin dudarlo, adquirirá brillo póstumo con la didáctica transferida a beneficiarios.

                                                                                                       

 

 

 

 

             

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