Catalina Tamayo
Sábado, 26 de Diciembre de 2020

A propósito de lo que pasa

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“–Míralo todo bien;

Eso que pasa

No volverá jamás

y es ya igual que si nunca hubiese sido”

(Ángel González. 101+19 = 120 poemas)


 

¿Adónde van las cosas que nos pasan? ¿Adónde se las lleva el tiempo? ¿Reposan en algún lugar?  No lo sé.  Desconozco cuál es su destino. Solo sé que las cosas pasan, y que de algunas de ellas, no de todas, nos quedan copias en la memoria. Son sus huellas. Sombras. Siluetas. Niebla. La memoria está llena de sombras; es el desván de las sombras. Algunas permanecen calladas, quietas. Duermen. Están como si no estuvieran. Están y no sabemos que están. Pero a veces, con los años, cuando uno se queda solo, en silencio, se despiertan y danzan. El baile de las sombras. Y, sin darte cuenta, sin pretenderlo, te ves girando con ellas, danzando. Son las sombras de las cosas de cuando eras niño. Últimamente, no sé por qué, estas sombras son las que más se agitan en mi memoria, las que más me cogen de la mano, las que más me sacan a bailar. Las que me marean de verdad.

     

Como se acerca la Navidad, llevo días volando con las sombras de las navidades de la infancia, y no hay manera de desasirme de ellas. Aunque, la verdad, no quiero que me suelten; me gusta que me arrebaten. Pero, de entre todas, hay una que siempre está conmigo, que no me deja. Es la sombra de una noche de invierno. No es la sombra de la Nochebuena. Es de otra noche. Es posible que ni siquiera sea de una noche de diciembre. Me inclino a pensar en una noche de finales de noviembre. En todo caso, una noche próxima ya a la Navidad.

    

 Me veo con mi madre. Estamos los dos solos en casa junto a la chapa de la cocina. Al calor de la lumbre. Es una noche fría; quizá también de aire y de ruidos extraños. Noche que da miedo. Mi padre ha salido. Salía casi todas las noches: ¡en casa le cundía tanto el tiempo! Quiero ver la cara de mi madre: la cara que tenía entonces. Su cara sin arrugas, casi de adolescente. Pero no puedo. La niebla que la envuelve es demasiado densa, y mi pensamiento, por más que lo concentro, no logra deshilacharla, traspasarla, llegar a ella. Es una pena. Pero las copias son lo que son: copias. Pese a todo, la veo, aunque difusa, a mi lado. Para que me esté quieto, al menos un momento, mi madre me pregunta si quiero que me cuente cómo lo vamos a pasar el día de Nochebuena. Sobre todo, lo que vamos a comer. Y yo quiero, naturalmente.

 

Entonces, ella me sienta en sus rodillas y, rodeándome la cintura con sus brazos, sosteniéndome, comienza a contarme. Yo me quedo quieto y callado, la escucho con atención. Me dice que ese día hará mucho frío y que mi padre me llevará por la mañana con él en la bicicleta a comprar al pueblo de al lado, donde hay de todo, porque este pueblo es más que un pueblo, es casi una ciudad, como nos dijo una vez la pescadera. Al instante, me imagino con mi padre en la bicicleta, sentado en el portabultos, con las piernas bien abiertas para no meter los pies en los radios de la rueda. “Abre bien las piernas”, me recordará mi padre cada poco. Siento frío, pero no me importa. Voy muy contento a comprar con mi padre. Me veo por el pueblo con él de la mano yendo de una tienda a otra. Pienso en lo que me gustaría que me comprara pero que no me comprará porque no le alcanza el dinero para todo. Después, tras una pausa, mi madre continúa hablando: “Por la tarde, antes de que oscurezca, me pondré ya a preparar la cena, y tú me tendrás que ayudar. Me tendrás que traer leña y carbón, porque se pondrá todavía más frío, nevará, y habrá que calentar bien la cocina”. La nieve. La veo caer lentamente en el jardín, en la carretera, en las praderas de delante de casa. Los tejados de las casas del pueblo se van volviendo blancos. También el tejado de la iglesia. El nido de la cigüeña. El nido, sin cigüeñas, vacío, es una bola grande de nieve pinchada en la aguja de la torre. Todo está blanco. Y me veo jugando con la nieve: estrujándola, llevándomela a la boca, tirándome sobre ella. Retozando.

 

De nuevo, me vuelve a hablar: “Cuando sea la hora de cenar, me ayudarás a arrimar la mesa a la chapa, porque esa noche sí, esa noche, como a ti te gusta, la arrimaremos para estar más calientes. También me ayudarás a poner los platos, los cubiertos y los vasos. Y a colocar los dulces en la bandeja. La chapa estará cubierta de tarteras y cazos y sartenes. Cuando llegue papá, comenzaremos a cenar. Primero, la sopa. Después, los filetes del cerdo que habremos matado unos días antes. Lo tercero será el pescado. Lo cuarto, las peras de nuestro peral cocidas y espolvoreadas con azúcar. Y para acabar, las nueces, las avellanas, las castañas asadas, las peladillas, las uvas pasas, los higos pasos, y el turrón, el duro y el blando”. Todo está bien, pero esto último me parece lo mejor, a pesar de que algunas cosas, como los higos y las pasas, yo  todavía no las conozco y mi madre me tiene que explicar, como puede, cómo son y a lo que saben. Lo ricas que están. Entonces, la boca se me hace agua. Babeo. “Mamá, ¿queda mucho para la Nochebuena?”, pregunto. “Poco, hijo mío, cada vez menos”, me contesta mi madre, con ternura, feliz de haber logrado afectarme tanto. De haber conseguido entretenerme durante este poco tiempo. Y la boca se me pone todavía más húmeda, y más dulce. Toda de azúcar.

   

 Cuando esta sombra se aquieta, deja de danzar, me quedo pensando. Me gusta pensar que las cosas que se nos van moran en alguna parte. Las cosas que se lleva el tiempo. Moran, como moran las sombras en la memoria. Pensar que el tiempo no las ha disuelto en la nada, en el vació del abismo. Que no son no ser. Que son aún. Que aún son en algún lugar, y que a allí, a ese sitio, donde se hallan, es posible llegar de alguna manera. Pienso que allí, junto a otras muchas cosas pasadas, se encuentra el momento real de esta sombra, eso que me sucedió, y que yo llego, entro y lo encuentro. Que recupero ese momento. Pensar que puedo ver y tocar ese niño que fui. Sentir lo mismo que sentí. Soñar otra vez lo mismo. Ver directamente, sin bruma, con claridad, la cara joven de mi madre. Ver el color de sus ojos. Repasar con mis dedos sus facciones. Tocar sus manos. Jugar con su pelo negro, espeso, fuerte. Oler su piel. Besar sus mejillas tibias. Sentir sus caricias, sus besos. Su abrazo. Oír, sin eco, sus palabras, siempre tan dulces. Calentar junto a ella las manos en la chapa.

     

Al pensar esto, siento que es como si me costase despedirme de las cosas. Decirles adiós, hasta nunca. Para siempre. Como si no me bastara con las sombras porque me resultaran demasiado inconsistentes. Demasiado ingrávidas, livianas, etéreas. Intangibles. Nada sólidas. Es como si las sombras ya no me alimentaran. No me saciaran. Y tuviera anhelo de realidad.

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