¿Sadismo o hipocresía?
![[Img #52098]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/12_2020/6208_img_7497.jpg)
Basta con cualquier noticiario audiovisual. Sí, porque lo oído o visto es un rafagazo. Regatea la tregua del discernimiento. Lo escrito pesa tanto que rompe el hechizo. Por eso, el mundo de la publicidad se instala con más facilidad en radio, televisión y medios digitales que en prensa. El mensaje contemporáneo es la acción directa. Comprar y poseer obedece a pulsiones. Si se da tiempo a pensar, los efectos buscados corren serio riesgo de diluirse.
La parrilla de un telediario de cualquier cadena lo ha puesto blanco sobre negro, como tiza en pizarra. Las noticias sobre los impactos de la pandemia se suceden en una coordinada carrera de relevos entre lo trágico y lo lúdico, al modo de diagnosis y terapia en el mismo paquete. No ha habido día desde el inicio de la llamada campaña de navidad, que a la negra estadística de contagios, fallecimientos, cierres perimetrales y de locales de ocio, así como posibles retornos a lo peor de los confinamientos, no se haya entremezclado la letanía contraria a la liturgia de unas fiestas como si nada pasara, como si el consumir fuera vacuna alternativa.
Cuál es la prioridad: ¿ sanidad o economía? La pregunta que golpea en toda la sociedad con respuestas sujetas a intereses de parte. Difícil encontrar soluciones justas entre los interrogantes. El dueño de un local hostelero dirá, sin dudarlo, que la segunda; es donde le aprieta el zapato. Hay un egoísmo más que comprensible. Un afán de supervivencia que merece ayuda no incomprensiones o rechazos éticos. El colectivo de sanitarios oprimirá con idéntico convencimiento el botón de la primera. Pagan a muy alto precio el posicionamiento en primera línea, con el valor añadido, tangible e intangible, de la carencia a todo afán de lucro.
De ventajistas es opinar sobre lo ya sabido, sencillamente porque eso no es opinión, es constatación. Pero ya se parte de una, y contundente. Se bajó la guardia en el verano con la vista puesta en la salvación lucrativa de una temporada, periodo alto del sector más poderoso de nuestra economía: el turismo. Y aquellos polvos trajeron estos lodos. Hoy todo huele a repetición del camino recorrido ante la presencia de una nueva llamada a rascarse los bolsillos. Hay que precaverse, por supuesto, pero sin perder la estela de que consumir es el gran latido de nuestra civilización. Compiten con resultado de empate. Ya está activado el doble mensaje, la manifestación por excelencia de las hipocresías.
Esta es, o pretende ser, la descripción de legítimas aspiraciones entre partes contrapuestas. Ocurre que unos árbitros de estas disfuncionalidades, los medios de comunicación, juegan a doble baraja. Con el poderoso imán de la imagen mezclan sin orden ni concierto luz y oscuridad, vida y muerte, placer y dolor en dosis peligrosamente equilibradas, cuando la estructura actual cae a peso por el desequilibrio estructural de una pandemia que cuenta por millones sus víctimas mortales en el orbe, y el conteo, desgraciadamente, no ha acabado. Sencillo, diáfano: hay un cambio radical en las reglas del juego de la normalidad.
Es indignante que a los capítulos tenebrosos de la pandemia, sigan encadenados otros frívolos de calles comerciales de una gran capital abarrotada en pos de las regalías de las fechas. En las coordenadas del borreguismo de masas entran de lleno las colas de vuelta a varias manzanas, frente a una administración de lotería, haciendo ciencia del azar, mientras los noticiarios se solazan de una demostración festiva que toma rumbo fijo a futuras angustias en las anormales circunstancias que padecemos. Luego, cuando las consecuencias se desatan, serán esos medios, los que retroalimentan los contenidos informativos con los desafueros que ellos han cebado. Polémica prefabricada se llama eso.
Bastante de sadismo encierra presentar a la audiencia lo corriente cuando se ha convertido, por la fuerza de los hechos, en anomalía. Es duro ver en el encierro, que hay una vida paralela visible, pero a la que te piden que no accedas para ejercer un deber de responsabilidad hacia los demás, esos demás que se nos antojan liberados de las cadenas que a otros atan. De brutal se puede calificar que puertas adentro no se reúnan más de seis, cuando en las afueras tus ojos se palpan ante lo que se cree, pero es cruda realidad, un espejismo de muchedumbres en el iluminado navideño de una urbe. O que nuestros mayores estén condenados al exilio de la soledad en sus residencias, en tanto las grandes superficies y sus aledaños se salvaguardan de zonas restringidas para mantener perenne la costumbre de consumir en paridad con la de vivir. Nada parece insólito en estos tiempos tan insólitos.
Algunos medios informativos apoyados, sobre todo en la imagen, practican este doble juego sin tomar posición. La antaña majestad del espectador/lector ha quedado relegada en aras a otras hipotecas. Oscuro e incomprensible seguidismo de la política de palo y zanahoria. A la vista han quedado vergüenzas que uno no sabe a ciencia cierta en qué proporción reparten sadismo e hipocresía.
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Basta con cualquier noticiario audiovisual. Sí, porque lo oído o visto es un rafagazo. Regatea la tregua del discernimiento. Lo escrito pesa tanto que rompe el hechizo. Por eso, el mundo de la publicidad se instala con más facilidad en radio, televisión y medios digitales que en prensa. El mensaje contemporáneo es la acción directa. Comprar y poseer obedece a pulsiones. Si se da tiempo a pensar, los efectos buscados corren serio riesgo de diluirse.
La parrilla de un telediario de cualquier cadena lo ha puesto blanco sobre negro, como tiza en pizarra. Las noticias sobre los impactos de la pandemia se suceden en una coordinada carrera de relevos entre lo trágico y lo lúdico, al modo de diagnosis y terapia en el mismo paquete. No ha habido día desde el inicio de la llamada campaña de navidad, que a la negra estadística de contagios, fallecimientos, cierres perimetrales y de locales de ocio, así como posibles retornos a lo peor de los confinamientos, no se haya entremezclado la letanía contraria a la liturgia de unas fiestas como si nada pasara, como si el consumir fuera vacuna alternativa.
Cuál es la prioridad: ¿ sanidad o economía? La pregunta que golpea en toda la sociedad con respuestas sujetas a intereses de parte. Difícil encontrar soluciones justas entre los interrogantes. El dueño de un local hostelero dirá, sin dudarlo, que la segunda; es donde le aprieta el zapato. Hay un egoísmo más que comprensible. Un afán de supervivencia que merece ayuda no incomprensiones o rechazos éticos. El colectivo de sanitarios oprimirá con idéntico convencimiento el botón de la primera. Pagan a muy alto precio el posicionamiento en primera línea, con el valor añadido, tangible e intangible, de la carencia a todo afán de lucro.
De ventajistas es opinar sobre lo ya sabido, sencillamente porque eso no es opinión, es constatación. Pero ya se parte de una, y contundente. Se bajó la guardia en el verano con la vista puesta en la salvación lucrativa de una temporada, periodo alto del sector más poderoso de nuestra economía: el turismo. Y aquellos polvos trajeron estos lodos. Hoy todo huele a repetición del camino recorrido ante la presencia de una nueva llamada a rascarse los bolsillos. Hay que precaverse, por supuesto, pero sin perder la estela de que consumir es el gran latido de nuestra civilización. Compiten con resultado de empate. Ya está activado el doble mensaje, la manifestación por excelencia de las hipocresías.
Esta es, o pretende ser, la descripción de legítimas aspiraciones entre partes contrapuestas. Ocurre que unos árbitros de estas disfuncionalidades, los medios de comunicación, juegan a doble baraja. Con el poderoso imán de la imagen mezclan sin orden ni concierto luz y oscuridad, vida y muerte, placer y dolor en dosis peligrosamente equilibradas, cuando la estructura actual cae a peso por el desequilibrio estructural de una pandemia que cuenta por millones sus víctimas mortales en el orbe, y el conteo, desgraciadamente, no ha acabado. Sencillo, diáfano: hay un cambio radical en las reglas del juego de la normalidad.
Es indignante que a los capítulos tenebrosos de la pandemia, sigan encadenados otros frívolos de calles comerciales de una gran capital abarrotada en pos de las regalías de las fechas. En las coordenadas del borreguismo de masas entran de lleno las colas de vuelta a varias manzanas, frente a una administración de lotería, haciendo ciencia del azar, mientras los noticiarios se solazan de una demostración festiva que toma rumbo fijo a futuras angustias en las anormales circunstancias que padecemos. Luego, cuando las consecuencias se desatan, serán esos medios, los que retroalimentan los contenidos informativos con los desafueros que ellos han cebado. Polémica prefabricada se llama eso.
Bastante de sadismo encierra presentar a la audiencia lo corriente cuando se ha convertido, por la fuerza de los hechos, en anomalía. Es duro ver en el encierro, que hay una vida paralela visible, pero a la que te piden que no accedas para ejercer un deber de responsabilidad hacia los demás, esos demás que se nos antojan liberados de las cadenas que a otros atan. De brutal se puede calificar que puertas adentro no se reúnan más de seis, cuando en las afueras tus ojos se palpan ante lo que se cree, pero es cruda realidad, un espejismo de muchedumbres en el iluminado navideño de una urbe. O que nuestros mayores estén condenados al exilio de la soledad en sus residencias, en tanto las grandes superficies y sus aledaños se salvaguardan de zonas restringidas para mantener perenne la costumbre de consumir en paridad con la de vivir. Nada parece insólito en estos tiempos tan insólitos.
Algunos medios informativos apoyados, sobre todo en la imagen, practican este doble juego sin tomar posición. La antaña majestad del espectador/lector ha quedado relegada en aras a otras hipotecas. Oscuro e incomprensible seguidismo de la política de palo y zanahoria. A la vista han quedado vergüenzas que uno no sabe a ciencia cierta en qué proporción reparten sadismo e hipocresía.






