"Un domingo de sol y cantos jubilosos, como imaginamos la entrada de Jesús en Astorga, nuestra Jerusalén particular"
En esta Semana Santa en la que los pasos no volverán a salir a las calles de Astorga, vamos a celebrar estos días importantes en el calendario astorgano poniendo el retrovisor a través de los carteles que han anunciado la Semana de Pasión desde la década de 1930 hasta nuestros días. Los textos de pregones y fragmentos literarios alusivos a estas fechas los acompañaremos, además, de fotos antiguas y otras extraídas de nuestro archivo. Agradecemos a Julián Velasco y su minucioso archivo de su Facebook Difundir Astorga Preciosa, ya que nos ha servido de guía.
![[Img #53279]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/1674_10933810_1007560345940051_4686753380297340509_n.jpg)
La Semana Santa es tradición (Fragmento del pregón de Andrés Martínez Oria)
(...) Y esto es así porque en estos días conmemorativos de la pasión de Jesús recibimos el riquísimo legado que nos han ido transmitiendo y acrecentando en el tiempo nuestros mayores. Y en el seno de los siglos, ha permanecido y se ha ido adaptando a los tiempos nuevos. Cuánto no habrá cambiado desde 1475, cuando tenemos los primeros documentos que hacen referencia a la Semana Santa de Astorga, aunque ya debía de tener arraigo desde mucho antes. Cuánto no habrá evolucionado, si percibimos los enormes cambios habidos desde nuestra ya lejana infancia, cuando nuestros padres nos alzaban en brazos o sobre sus hombros para ver el lento y ceremonioso flujo de los pasos. «Pasos», así llamados porque son eso, cuadros instantáneos, fotogramas de esa película siempre igual y continuamente nueva de la Pasión. Y no solo los pasos, la imaginería sacra, sino todo lo que había en torno a ellos. Los braceros sufridos que cargaban con el peso de los tronos, los paparrones con sus capirotes o verdugos para ocultar su rostro de penitentes —porque, no debemos olvidarlo, la Semana Santa es originariamente una conmemoración sostenida por cofradías de hermanos penitentes—, los fieles que seguían la procesión en silencio, las filas de mujeres con velo y cirios encendidos que dejaban a su paso el murmullo de los rezos y la voz de sus cantos. El bombo y las trompetas anunciadoras de los Morías, los clarines y tambores que acompañaban el paso marcial de los soldados del Regimiento, todo sigue ahí como el primer día. La Borriquilla de Rectivía entre palmas amarillas, túnicas de blanco y verde, y los rojos y dorados deslumbrantes de las capas pluviales. Un domingo de sol y cantos jubilosos, como imaginamos la entrada de Jesús en Astorga, nuestra Jerusalén particular, en un baño de multitudes. Así debió de ser cuando dejó la casa de Lázaro, en Betania, para encaminarse a la ciudad santa, que conmemoraba la Pascua ' en la luna llena de Nisán.
Se celebraban dentro de estas naves las liturgias de la bendición de los óleos —el Miércoles Santo— y el lavatorio de los pies —el Jueves Santo—, mientras se sucedían fuera las procesiones; la Última Cena recordaba, el jueves, la institución de la Eucaristía, trasladada luego al miércoles por los cofrades del gremio de alimentación y hostelería. Jesús y los discípulos a la mesa, la oración en el huerto de Getsemaní, los durmientes, el beso de Judas; a los que se sumaría, en un ejemplar proceso de tradición y renovación, el Jesús cautivo de Proceso Arte 8 en los años noventa. Al amanecer del Viernes Santo, se oían el bombo y las trompetas. En la plaza Mayor, los de Puerta de Rey iban a escenificar el encuentro de la Madre con su Hijo, precedido por ese momento estelar de la carrera de San Juanín. Se hacía el silencio, brotaba del gentío un murmullo que se volvía angustia al flamear al viento la capa carmesí sobre la túnica verde —¿se caerá o no se caerá?—, y se alzaba finalmente un aplauso clamoroso. Por lo que tiene precisamente de bullicio y alboroto, el espectáculo se intentó prohibir, sin éxito, en 1786. Mi padre nos lo decía, éramos el barrio de los judíos por aquellas figuras de tan ingenua plasticidad como entrañable tradición; los buenos, ágiles y volanderos, como «San Juanín de la Carrera», los feos, sin duda Pilatos, y los malos, sayones y esbirros, entre los cuales mi padre señalaba a uno, «ese es Cañinas», que era la cara visible de la burla y la perversidad. A hombros de paparrones de túnica negra y capuz que ocultaba el rostro, pasaban las imágenes con rítmico vaivén, los flagelantes, San Pedro de rodillas junto al ciprés, el gallo en la columna, y los cofrades de altas capuchas golpeando gravemente sus conteras en el pavimento.
![[Img #53282]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/8824_las-palmas-2018-612.jpg)
Aquellos pasos siguen fluyendo hoy ante nuestra mirada, sometidos a veces a reflexiones contradictorias. ¿Deberían cambiarse algunas cosas o han de mantenerse por tradición? Hay uno muy popular, el Ecce Homo o la presentación de Jesús a la muchedumbre en el pretorio de Pilatos, donde aparece esa figura femenina de la que nos hemos venido mofando con distintos apelativos: Menegilda, Cirila, la Jacinta. A menudo me he preguntado qué hace esa mujer ahí, a quién representa con el vestido verde y el pelo recogido a la moda de nuestras lugareñas del siglo XIX. Esteban Carro Celada la consideraba, en uno de sus artículos («La mañana más primaveral de Astorga»), «la criada de Pilato... que ostenta sus atributos». Pero en otra parte (El ciego de los soportales) decía, «Y no es otra que Claudia Prócula, su esposa, matrona romana...». ¿Criada o esposa de Pilatos? ¿O era solamente un sayón a quién quiso representar el tallista Francisco López en 1829? En el Evangelio de san Mateo se nos dice, «Mientras estaba sentado en el tribunal [Pilatos], envió su mujer a decirle: No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él» (Mt 27, 19). Así que, según el evangelista, la esposa de Pilatos ha tenido un sueño y suplica ante él por Jesús, al que considera un «justo». Una vieja tradición le ha puesto nombre, Claudia Prócula, y la iglesia ortodoxa la venera incluso como santa. ¿Podría ser esa que aparece junto a Pilatos la apócrifa santa Prócula? La leyenda no dejaría de ser hermosa y hasta aleccionadora, digna de figurar en un paso. Así se ha hecho en muchas semanas santas y hasta en el cine. Porque es esperanzadora la flor de la compasión nacida entre la hostilidad y la indiferencia. Nuestra Prócula astorgana ofrece a Pilatos la jofaina y la jarra de agua para que se lave las manos. ¿Hay una forma más clara de afearle la debilidad moral de entregar al inocente? No digamos más «la Jacinta» ni nada parecido. Se trata, sin duda, de una figura moral que reprocha a Pilatos su inaceptable cobardía.
La Semana Santa era entonces para nosotros el adiós al invierno y la llegada de un tiempo nuevo que celebrábamos estrenando ropa que anunciaba la renovación, pantalones o faldas, jerséis y zapatos, que las familias adquirían con gran sacrificio y nuestra madre nos ponía para lucir el domingo de Ramos.
Todo se quedó grabado en la memoria del niño, que lo vivió luego más cerca, al participar también en el desfile cuando era escolar de los Redentoristas. Entonces ya no lo alzaba su padre para ver, sino que se alzaban ellos, la madre, sobre todo, y los hermanos, para verlo pasar en la procesión del Santo Entierro, que salía de la capilla de la Vera Cruz, al lado de San Francisco, y venía a ser el gran momento de la Semana Santa. Porque si al Encuentro acudía la ciudad con sus barrios, al Entierro lo hacían también las comarcas. Todo el mundo se congregaba en Astorga aquella tarde para ver pasar, escoltada por la escuadra de gastadores, armas a la funerala y símbolos bridantes a la espalda, la urna del Cristo yacente. Jesús, ya muerto, pasaba ante los rostros compungidos de un cuadro donde estábamos todos. Nuestra Astorga de siempre. Los lugares y los rostros que se han ido borrando. Que hemos ido perdiendo.
En el ocaso, las piedras ardían como en una hoguera y luego se extendía ese aire transido de tarde que se disuelve a poniente, por donde iban los discípulos camino de Emaús. Para entonces, ya todo consumado. Quedaba ese aroma indefinible de incienso, perfumes mezclados y cera derretida, temblaban las velas y los cirios, y tremolaban en la brisa vespertina las sobrepellices blancas de los seminaristas que portaban los atributos de la pasión en bandejas de plata: la cruz con escalerillas, la lanza y la esponja, las disciplinas, los dados, el rótulo, la corona, los clavos con el martillo. A qué aspiraba el niño entonces, sino a ver a los suyos otra vez, a la vuelta de algún recodo, para atemperar en el amor familiar el sentimiento de aflicción que nos sobrecogía.
Aquella época de despegue que fueron los años sesenta y setenta, de desarrollo de la sociedad y la economía, significó, sin embargo, para la Semana Santa de Astorga un período de dificultades que trajo consigo la disminución de braceros y la necesidad, hecha moda, de trasladar muchos de los pasos en tronos sobre ruedas, lo que obligaba a los portadores a ir dentro del armazón cubierto con faldones que los ocultaban de la mirada del público. El niño se había hecho mozo y su interés por la Semana Santa venía incentivado por la posibilidad de descubrir entre los fieles a la novia que cumplía la tradición de acompañar, en la procesión de su barrio, al Bendito Cristo de los Afligidos. Entonces casi podía decir, con Antonio Machado, «rezando contigo, ¡cuánta devoción!».
![[Img #53280]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/9072_las-palmas-2018-462.jpg)
Quién sabe por qué asociamos el pasado luminoso a un tiempo de primavera que llenaba de luz las calles de entonas. Así lo quiere la memoria, amorosa y tirana a la vez, enredadora pertinaz de verdades y ensueños.
Esta renovación que vivimos en nuestros días comenzó en los años ochenta, cuando, ya padres, hacíamos con nuestros hijos lo que habían hecho con nosotros, subirlos sobre los hombros para que vieran pasar los mismos pasos de antaño, ahora otra vez a hombros de braceros, la nueva juventud que hacía posible el impulso de la Semana Santa. Luego crecieron también los hijos y de una forma u otra se han sumado a esta ola creciente de hoy. Ellos la viven desde dentro, llevando sobre sus hombros el peso de la Semana Santa, mientras alzamos en brazos a los pequeños nietos. Esta infancia prometedora que algún día continuará nuestras tradiciones y seguirá llenando de imágenes plásticas las calles futuras.
Porque la Semana Santa, con sus miles de cofrades, involucra a toda la ciudad y es cosa de todos. Es una vivencia en la que se interviene y participa al margen de la edad, los sexos o la escala social. Ahí estamos todos. Nosotros y nuestros hijos, cuando alzan en brazos las imágenes de siempre y el público prorrumpe en emocionados aplausos. ¿Qué hacemos concesiones al espectáculo? Sin duda. Pero también expresamos con fuerza nuestra verdad interior.
El impulso actual nace gracias a la acción de personas y cofradías que rescataron tradiciones perdidas, como el Desenclavo, mejoraron los pasos, como la Soledad, e incorporaron procesiones nuevas, como el traslado desde Piedralba de Jesús atado a la Columna o el desfile procesional de la madrugada de Viernes Santo, renovaron otras, como la del Resucitado, o promovieron el nacimiento de nuevas cofradías, como la hermandad de la Santa Cena o las Damas de la Piedad, que venían a sumarse a las antiguas de la Vera Cruz y el Nazareno, y a las más recientes de los Dolores, Caballeros del Silencio, Cristo de los Afligidos y Las Palmas. Todo se pone en marcha gracias a la voluntad y esfuerzo de esos cofrades que se convierten en braceros y braceras, a la acción callada y eficaz de la Junta pro Fomento, que organiza y preside los actos con dedicación ejemplar, y a la imprescindible labor eclesiástica; además de la presencia masiva de los asistentes que viven con expectación e intensidad unas celebraciones cada vez más bellas, emotivas y mejor organizadas.
![[Img #53283]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/7720_155492654_4374616612567724_8099305688239296769_o.jpg)
![[Img #53281]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/4252_128414460_4107041439325244_5331753858905320601_n.jpg)
Framento alusivo a la entrada de Jesús en Jerusalén, de 'El evangelio según el hijo' de Norman Mailer
Como deseaba que nuestra entrada en Jerusalén diera confianza a los míos, envié por delante a dos de mis discípulos y les dije: “Id al pueblo que está delante de vosotros, y buscad un pollino que está atado, sobre el cual no ha montado todavía ningún hombre. Cuando lo encontréis, traédmelo. Decidle a su dueño que el Señor necesita a ese animal.”
Y fueron, y pronto encontraron un pollino, joven y fogoso, y lo trajeron. Monté sobre ese animal, que hasta entonces no había conocido jinete, y me agarré a su crin. Pues si no podía dominar a aquel joven animal, ¿cómo podría calmar la agitación que reinaba en los corazones de los hombres que me esperaban en el Templo?
Al cabo de un rato, el pollino dejó de saltar y soltar coces, y pudimos avanzar en procesión. Me gustaba aquel animal.
No tardé en sentir hambre, tanta como si jamás hubiera comido. Vi una higuera llena de hojas, e hice trotar al pollino hacia ella a fin de comer hasta hartarme. Pero en sus ramas no encontré ni un higo maduro.
¿Acaso un mal viento soplaba en nuestra dirección? Le dije a la higuera: “Que jamás nadie coma fruto de ti.”
Pero un peso aplastó mi corazón por maldecir aquellas raíces. “Soy el Hijo de Dios”, me dije, “pero también un hombre; ¡qué poco le cuesta al hombre entregarse a la más alocada destrucción!”
Comprendí que Satanás todavía estaba al acecho, como un halcón que escruta los campos en busca de una pequeña criatura y luego cae en picado para cazarla, y por ello había castigado yo a la higuera.
Entonces la multitud de hombres y mujeres que caminaban por delante de mí empezaron a coger ramas de las palmeras que había en el camino y formaban con ellas una alfombra a mi paso. Cantaban: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el reino de nuestro David que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” Y algunos gritaban: “¡Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor!” Esas gentes de Jerusalén (la mayoría de las cuales jamás me habían visto) nos daban la bienvenida; en las ventanas, muchos nos saludaban. Las noticias de nuestras buenas obras habían llegado a Jerusalén antes que nosotros.
Pero no podía olvidarme de la higuera. Sus ramas debían de estar ya desnudas. Esos pensamientos me hicieron meditar acerca del fin de la ciudad de Tiro. Mil años antes había vivido un gran esplendor; era conocida por sus mesas de ébano, sus esmeraldas y sus telas púrpura, sus tenderetes de miel y bálsamo, su coral y su ágata y sus cofres de cedro. Pero el mar la arrasó. ¿Ocurriría lo mismo con Jerusalén, tan opulenta ahora como lo había sido Tiro entonces?
Contemplé aquellos enormes edificios blancos de columnas altísimas, y no supe si contemplaba un templo o la sede del gobierno romano. Me dije: “Más vale tener buen nombre que grandes riquezas”, pero fueron palabras demasiado piadosas (pues mi corazón había dado un brinco al ver aquellas riquezas). De modo que también dije: “La boca de una mujer desconocida es un pozo profundo. Y una gran ciudad es como una mujer desconocida.”
![[Img #53284]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/9889_155430630_4375657475796971_6862854876546469023_o.jpg)
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La Semana Santa es tradición (Fragmento del pregón de Andrés Martínez Oria)
(...) Y esto es así porque en estos días conmemorativos de la pasión de Jesús recibimos el riquísimo legado que nos han ido transmitiendo y acrecentando en el tiempo nuestros mayores. Y en el seno de los siglos, ha permanecido y se ha ido adaptando a los tiempos nuevos. Cuánto no habrá cambiado desde 1475, cuando tenemos los primeros documentos que hacen referencia a la Semana Santa de Astorga, aunque ya debía de tener arraigo desde mucho antes. Cuánto no habrá evolucionado, si percibimos los enormes cambios habidos desde nuestra ya lejana infancia, cuando nuestros padres nos alzaban en brazos o sobre sus hombros para ver el lento y ceremonioso flujo de los pasos. «Pasos», así llamados porque son eso, cuadros instantáneos, fotogramas de esa película siempre igual y continuamente nueva de la Pasión. Y no solo los pasos, la imaginería sacra, sino todo lo que había en torno a ellos. Los braceros sufridos que cargaban con el peso de los tronos, los paparrones con sus capirotes o verdugos para ocultar su rostro de penitentes —porque, no debemos olvidarlo, la Semana Santa es originariamente una conmemoración sostenida por cofradías de hermanos penitentes—, los fieles que seguían la procesión en silencio, las filas de mujeres con velo y cirios encendidos que dejaban a su paso el murmullo de los rezos y la voz de sus cantos. El bombo y las trompetas anunciadoras de los Morías, los clarines y tambores que acompañaban el paso marcial de los soldados del Regimiento, todo sigue ahí como el primer día. La Borriquilla de Rectivía entre palmas amarillas, túnicas de blanco y verde, y los rojos y dorados deslumbrantes de las capas pluviales. Un domingo de sol y cantos jubilosos, como imaginamos la entrada de Jesús en Astorga, nuestra Jerusalén particular, en un baño de multitudes. Así debió de ser cuando dejó la casa de Lázaro, en Betania, para encaminarse a la ciudad santa, que conmemoraba la Pascua ' en la luna llena de Nisán.
Se celebraban dentro de estas naves las liturgias de la bendición de los óleos —el Miércoles Santo— y el lavatorio de los pies —el Jueves Santo—, mientras se sucedían fuera las procesiones; la Última Cena recordaba, el jueves, la institución de la Eucaristía, trasladada luego al miércoles por los cofrades del gremio de alimentación y hostelería. Jesús y los discípulos a la mesa, la oración en el huerto de Getsemaní, los durmientes, el beso de Judas; a los que se sumaría, en un ejemplar proceso de tradición y renovación, el Jesús cautivo de Proceso Arte 8 en los años noventa. Al amanecer del Viernes Santo, se oían el bombo y las trompetas. En la plaza Mayor, los de Puerta de Rey iban a escenificar el encuentro de la Madre con su Hijo, precedido por ese momento estelar de la carrera de San Juanín. Se hacía el silencio, brotaba del gentío un murmullo que se volvía angustia al flamear al viento la capa carmesí sobre la túnica verde —¿se caerá o no se caerá?—, y se alzaba finalmente un aplauso clamoroso. Por lo que tiene precisamente de bullicio y alboroto, el espectáculo se intentó prohibir, sin éxito, en 1786. Mi padre nos lo decía, éramos el barrio de los judíos por aquellas figuras de tan ingenua plasticidad como entrañable tradición; los buenos, ágiles y volanderos, como «San Juanín de la Carrera», los feos, sin duda Pilatos, y los malos, sayones y esbirros, entre los cuales mi padre señalaba a uno, «ese es Cañinas», que era la cara visible de la burla y la perversidad. A hombros de paparrones de túnica negra y capuz que ocultaba el rostro, pasaban las imágenes con rítmico vaivén, los flagelantes, San Pedro de rodillas junto al ciprés, el gallo en la columna, y los cofrades de altas capuchas golpeando gravemente sus conteras en el pavimento.
![[Img #53282]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/8824_las-palmas-2018-612.jpg)
Aquellos pasos siguen fluyendo hoy ante nuestra mirada, sometidos a veces a reflexiones contradictorias. ¿Deberían cambiarse algunas cosas o han de mantenerse por tradición? Hay uno muy popular, el Ecce Homo o la presentación de Jesús a la muchedumbre en el pretorio de Pilatos, donde aparece esa figura femenina de la que nos hemos venido mofando con distintos apelativos: Menegilda, Cirila, la Jacinta. A menudo me he preguntado qué hace esa mujer ahí, a quién representa con el vestido verde y el pelo recogido a la moda de nuestras lugareñas del siglo XIX. Esteban Carro Celada la consideraba, en uno de sus artículos («La mañana más primaveral de Astorga»), «la criada de Pilato... que ostenta sus atributos». Pero en otra parte (El ciego de los soportales) decía, «Y no es otra que Claudia Prócula, su esposa, matrona romana...». ¿Criada o esposa de Pilatos? ¿O era solamente un sayón a quién quiso representar el tallista Francisco López en 1829? En el Evangelio de san Mateo se nos dice, «Mientras estaba sentado en el tribunal [Pilatos], envió su mujer a decirle: No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él» (Mt 27, 19). Así que, según el evangelista, la esposa de Pilatos ha tenido un sueño y suplica ante él por Jesús, al que considera un «justo». Una vieja tradición le ha puesto nombre, Claudia Prócula, y la iglesia ortodoxa la venera incluso como santa. ¿Podría ser esa que aparece junto a Pilatos la apócrifa santa Prócula? La leyenda no dejaría de ser hermosa y hasta aleccionadora, digna de figurar en un paso. Así se ha hecho en muchas semanas santas y hasta en el cine. Porque es esperanzadora la flor de la compasión nacida entre la hostilidad y la indiferencia. Nuestra Prócula astorgana ofrece a Pilatos la jofaina y la jarra de agua para que se lave las manos. ¿Hay una forma más clara de afearle la debilidad moral de entregar al inocente? No digamos más «la Jacinta» ni nada parecido. Se trata, sin duda, de una figura moral que reprocha a Pilatos su inaceptable cobardía.
La Semana Santa era entonces para nosotros el adiós al invierno y la llegada de un tiempo nuevo que celebrábamos estrenando ropa que anunciaba la renovación, pantalones o faldas, jerséis y zapatos, que las familias adquirían con gran sacrificio y nuestra madre nos ponía para lucir el domingo de Ramos.
Todo se quedó grabado en la memoria del niño, que lo vivió luego más cerca, al participar también en el desfile cuando era escolar de los Redentoristas. Entonces ya no lo alzaba su padre para ver, sino que se alzaban ellos, la madre, sobre todo, y los hermanos, para verlo pasar en la procesión del Santo Entierro, que salía de la capilla de la Vera Cruz, al lado de San Francisco, y venía a ser el gran momento de la Semana Santa. Porque si al Encuentro acudía la ciudad con sus barrios, al Entierro lo hacían también las comarcas. Todo el mundo se congregaba en Astorga aquella tarde para ver pasar, escoltada por la escuadra de gastadores, armas a la funerala y símbolos bridantes a la espalda, la urna del Cristo yacente. Jesús, ya muerto, pasaba ante los rostros compungidos de un cuadro donde estábamos todos. Nuestra Astorga de siempre. Los lugares y los rostros que se han ido borrando. Que hemos ido perdiendo.
En el ocaso, las piedras ardían como en una hoguera y luego se extendía ese aire transido de tarde que se disuelve a poniente, por donde iban los discípulos camino de Emaús. Para entonces, ya todo consumado. Quedaba ese aroma indefinible de incienso, perfumes mezclados y cera derretida, temblaban las velas y los cirios, y tremolaban en la brisa vespertina las sobrepellices blancas de los seminaristas que portaban los atributos de la pasión en bandejas de plata: la cruz con escalerillas, la lanza y la esponja, las disciplinas, los dados, el rótulo, la corona, los clavos con el martillo. A qué aspiraba el niño entonces, sino a ver a los suyos otra vez, a la vuelta de algún recodo, para atemperar en el amor familiar el sentimiento de aflicción que nos sobrecogía.
Aquella época de despegue que fueron los años sesenta y setenta, de desarrollo de la sociedad y la economía, significó, sin embargo, para la Semana Santa de Astorga un período de dificultades que trajo consigo la disminución de braceros y la necesidad, hecha moda, de trasladar muchos de los pasos en tronos sobre ruedas, lo que obligaba a los portadores a ir dentro del armazón cubierto con faldones que los ocultaban de la mirada del público. El niño se había hecho mozo y su interés por la Semana Santa venía incentivado por la posibilidad de descubrir entre los fieles a la novia que cumplía la tradición de acompañar, en la procesión de su barrio, al Bendito Cristo de los Afligidos. Entonces casi podía decir, con Antonio Machado, «rezando contigo, ¡cuánta devoción!».
![[Img #53280]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/9072_las-palmas-2018-462.jpg)
Quién sabe por qué asociamos el pasado luminoso a un tiempo de primavera que llenaba de luz las calles de entonas. Así lo quiere la memoria, amorosa y tirana a la vez, enredadora pertinaz de verdades y ensueños.
Esta renovación que vivimos en nuestros días comenzó en los años ochenta, cuando, ya padres, hacíamos con nuestros hijos lo que habían hecho con nosotros, subirlos sobre los hombros para que vieran pasar los mismos pasos de antaño, ahora otra vez a hombros de braceros, la nueva juventud que hacía posible el impulso de la Semana Santa. Luego crecieron también los hijos y de una forma u otra se han sumado a esta ola creciente de hoy. Ellos la viven desde dentro, llevando sobre sus hombros el peso de la Semana Santa, mientras alzamos en brazos a los pequeños nietos. Esta infancia prometedora que algún día continuará nuestras tradiciones y seguirá llenando de imágenes plásticas las calles futuras.
Porque la Semana Santa, con sus miles de cofrades, involucra a toda la ciudad y es cosa de todos. Es una vivencia en la que se interviene y participa al margen de la edad, los sexos o la escala social. Ahí estamos todos. Nosotros y nuestros hijos, cuando alzan en brazos las imágenes de siempre y el público prorrumpe en emocionados aplausos. ¿Qué hacemos concesiones al espectáculo? Sin duda. Pero también expresamos con fuerza nuestra verdad interior.
El impulso actual nace gracias a la acción de personas y cofradías que rescataron tradiciones perdidas, como el Desenclavo, mejoraron los pasos, como la Soledad, e incorporaron procesiones nuevas, como el traslado desde Piedralba de Jesús atado a la Columna o el desfile procesional de la madrugada de Viernes Santo, renovaron otras, como la del Resucitado, o promovieron el nacimiento de nuevas cofradías, como la hermandad de la Santa Cena o las Damas de la Piedad, que venían a sumarse a las antiguas de la Vera Cruz y el Nazareno, y a las más recientes de los Dolores, Caballeros del Silencio, Cristo de los Afligidos y Las Palmas. Todo se pone en marcha gracias a la voluntad y esfuerzo de esos cofrades que se convierten en braceros y braceras, a la acción callada y eficaz de la Junta pro Fomento, que organiza y preside los actos con dedicación ejemplar, y a la imprescindible labor eclesiástica; además de la presencia masiva de los asistentes que viven con expectación e intensidad unas celebraciones cada vez más bellas, emotivas y mejor organizadas.
![[Img #53283]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/7720_155492654_4374616612567724_8099305688239296769_o.jpg)
![[Img #53281]](http://astorgaredaccion.com/upload/images/03_2021/4252_128414460_4107041439325244_5331753858905320601_n.jpg)
Framento alusivo a la entrada de Jesús en Jerusalén, de 'El evangelio según el hijo' de Norman Mailer
Como deseaba que nuestra entrada en Jerusalén diera confianza a los míos, envié por delante a dos de mis discípulos y les dije: “Id al pueblo que está delante de vosotros, y buscad un pollino que está atado, sobre el cual no ha montado todavía ningún hombre. Cuando lo encontréis, traédmelo. Decidle a su dueño que el Señor necesita a ese animal.”
Y fueron, y pronto encontraron un pollino, joven y fogoso, y lo trajeron. Monté sobre ese animal, que hasta entonces no había conocido jinete, y me agarré a su crin. Pues si no podía dominar a aquel joven animal, ¿cómo podría calmar la agitación que reinaba en los corazones de los hombres que me esperaban en el Templo?
Al cabo de un rato, el pollino dejó de saltar y soltar coces, y pudimos avanzar en procesión. Me gustaba aquel animal.
No tardé en sentir hambre, tanta como si jamás hubiera comido. Vi una higuera llena de hojas, e hice trotar al pollino hacia ella a fin de comer hasta hartarme. Pero en sus ramas no encontré ni un higo maduro.
¿Acaso un mal viento soplaba en nuestra dirección? Le dije a la higuera: “Que jamás nadie coma fruto de ti.”
Pero un peso aplastó mi corazón por maldecir aquellas raíces. “Soy el Hijo de Dios”, me dije, “pero también un hombre; ¡qué poco le cuesta al hombre entregarse a la más alocada destrucción!”
Comprendí que Satanás todavía estaba al acecho, como un halcón que escruta los campos en busca de una pequeña criatura y luego cae en picado para cazarla, y por ello había castigado yo a la higuera.
Entonces la multitud de hombres y mujeres que caminaban por delante de mí empezaron a coger ramas de las palmeras que había en el camino y formaban con ellas una alfombra a mi paso. Cantaban: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el reino de nuestro David que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” Y algunos gritaban: “¡Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor!” Esas gentes de Jerusalén (la mayoría de las cuales jamás me habían visto) nos daban la bienvenida; en las ventanas, muchos nos saludaban. Las noticias de nuestras buenas obras habían llegado a Jerusalén antes que nosotros.
Pero no podía olvidarme de la higuera. Sus ramas debían de estar ya desnudas. Esos pensamientos me hicieron meditar acerca del fin de la ciudad de Tiro. Mil años antes había vivido un gran esplendor; era conocida por sus mesas de ébano, sus esmeraldas y sus telas púrpura, sus tenderetes de miel y bálsamo, su coral y su ágata y sus cofres de cedro. Pero el mar la arrasó. ¿Ocurriría lo mismo con Jerusalén, tan opulenta ahora como lo había sido Tiro entonces?
Contemplé aquellos enormes edificios blancos de columnas altísimas, y no supe si contemplaba un templo o la sede del gobierno romano. Me dije: “Más vale tener buen nombre que grandes riquezas”, pero fueron palabras demasiado piadosas (pues mi corazón había dado un brinco al ver aquellas riquezas). De modo que también dije: “La boca de una mujer desconocida es un pozo profundo. Y una gran ciudad es como una mujer desconocida.”
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