Eloy Rubio
Domingo, 28 de Marzo de 2021

"Ya están las mujeres contando los minutos que es como decir contando los latidos"

Recordamos este Lunes Santo la procesión de la Cofradía de las Damas de la Piedad con textos de los escritores Juan Carlos Villacorta y Vicente Leñero intercalados con carteles de la Semana Santa de Astorga de la década de 1960.

 

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En aquel silencio podía escucharse el mudo diálogo entre la vida y la muerte, entre la Madre afligida y el Hijo muerto, entre la gente de Astorga y la madre Astorga, en la noche que todavía la primavera no había caldeado. y aquel diálogo suscitaba esta insólita necesidad de lo que se llama amor.

 

En las sombras de Astorga, en la noche del Lunes Santo puede verse una cierta majestad luminosa y taciturna. Es la ‘Pietá’ que pasa.

 

 

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Juan Carlos Villacorta. El pensamiento Astorgano 5-4-1977

 

Ya están las mujeres contando los minutos que es como decir contando los latidos, los lentos latidos, el desangrarse a muerte del tiempo en lentos latidos, para que la Madre con su hijo en  brazos pasee por las calles de Astorga. Hay que decirlo, el Hijo, como el de estas mujeres, ya tiene su tiempo hacia atrás; tiempo de lo ya sido. Solo esta mujer no cuenta el tiempo, no dictamina los minutos su corazón lentificado, quebrado, roto.

 

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Las mujeres que llevan al Cristo en la cruz parecen más nerviosas e incisivas. Antes de salir de la iglesia se animaban como si hubieran de jugar una final de fin de mundo. Una de ellas impartía instrucciones sobre el paso, el ritmo, sobre el modo de ganar a tiempo. Las mujeres de la Piedad saben de ese receso del tiempo, su pena introspectiva. Saben que ha de volver si es que vuelve con la mirada misma.

 

La cuenta atrás ha finalizado. Salen de la iglesia de Fátima a la calles de Astorga  y ahora el tiempo suma hacia adelante. El corazón de la Piedad se recompone…

 

 

 

 

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Vicente Leñero. ‘El evangelio de Lucas Gavilán’

 

-Muévanse cabrones! Se está muriendo, díganle al chofer.

Los policías se miraban entre sí desconcertados, no sabían qué hacer. Entonces el cetrino se puso a golpear la lámina que daba hacia la cabina.

-Párense, cabrones, párense.

 

No por los golpes, sino por un nuevo atorón en el tránsito de la calzada, la camioneta se detuvo. Uno de los policías abrió las puertas traseras, saltó a la calle y corrió hasta la cabina del chofer para avisarle que un preso se le estaba muriendo, se murió ya, quién sabe, no sé.

 

Fue cuando la calzada comenzó a trepidar. De mo­mento muchos automovilistas no sintieron el temblor, pero cuando vieron a la gente despavorida, cuando los muros de un templo en construcción se vinieron abajo estrepitosamente, el pánico se hizo absoluto.

-¡Está temblando!

-¡Terremoto!

 

Gritaba la gente por aquí y por allá. Salía corriendo por las calles. Grandes grietas se abrieron en el pavi­mento y de un automóvil escaparon los alaridos inter­minables de una mujer.

 

Otro muro se derrumbó.

 

Aprovechando el desconcierto y el miedo de los po­licías de la camioneta pánel, el preso del cabello largo vio las puertas abiertas y salió huyendo a toda carrera. Su compañero quiso seguirlo, pero el policía chimuelo lo golpeó en la cabeza con la culata del fusil. Mientras el cetrino se derrumbaba conmocionado, la mirada del chimuelo tropezó con el cuerpo tendido de Jesucristo: tenía los ojos abiertos, grandes como pelotas, y su rostro se aplastaba sobre el vómito de sangre.

 

Se escuchaban cláxones, gritos, ruidos horribles.

 

Un balazo al aire, tardío, trató de parar inútilmente al preso del cabello largo.

-¡Se escapa!

-Se escapó, chingada madre —dijo el policía a su compañero cuando se acabó el temblor pero no el albo­roto en la calzada y los alrededores.

 

El chimuelo no respondió. Miraba y miraba el ca­dáver de Jesucristo Gómez. Murmuró en voz muy baja, apenitas:    

                                            

-Parece como si este tipo fuera no sé qué.

 

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