Eloy Rubio
Lunes, 29 de Marzo de 2021

"El acto del Viacrucis se reviste de una íntima hondura"

Recordamos este Martes Santo la procesión del Vía Crucis que agrupa a todas las cofradías bajo el manto de la Junta Profomento, con el aderezo de carteles de la Semana Santa astorgana de la década de 1970 y fotos de nuestro archivo.

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Esteban Carro Celada. Fragmento de un texto emitido en Radio Popular de Astorga, en la Semana Santa de 1962

 

En la Vera Cruz también los preparativos eran asiduos. La camarera del santo entierro cuidando con mimo a Cristo, poniéndole la peluca. Y el Nazareno del que nos contaron la leyenda de que en tiempo de Napoleón lo iban a dar al fuego y un astorgano lo canjeó por un carro de leña. Por eso por detrás tiene un hachazo, que según la versión era el primer corte para hacerlo madera apta en el fuego. Ese tipo de provisionalidad y desempolvamiento se quedó en plenitud de perfección cuando por la noche a las ocho y media concurrieron a la plaza las distintas procesiones que desembocan en la Plaza Mayor para presidir el Vía Crucis penitencial, que estaba concurridísimo y devoto. Los largos capuchones blancos del Silencio con sus farolas encendida a la llegada y apagadas a la vuelta. El Cristo de San Andrés envuelto en la ola de entusiasmo del barrio, la farola de Puerta de Rey que siembra de luz la vuelta hasta la plaza de Santo Domingo, la Virgen Dolorosa en el regazo maternal de su Iglesia cercana. Y por medio el rezo de los asistentes, el tuyo y el mío. Y el de aquel”.

 

 

 

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Esteban Carro Celada. Fragmentos de la retransmisión realizada en directo por Radio Popular de Astorga, el Martes Santo 17 de abril de 1962

 

 

“La procesión de San Andrés acaba de entrar en la plaza, acompañando su plegaria con insistentes cantos de penitencia. En dos filas, precedidas por la gran cruz parroquial, bajo el velo morado, suben centenares de mujeres de la parroquia con su vela encendida, con las manos llenas de cera, haciendo equilibrios para que el viento no les sople las velas encendidas bajo los colores más risueños. El acto del Viacrucis se reviste de esta manera de una íntima hondura. Los niños de San Andrés, pertenecientes al Cristo de los Afligidos visten su túnica negra y su capuchón rojo. Dos de ellos portan los ciriales. Y en su pequeñez dan una admirable muestra de la presencia de todas las edades en este Viacrucis, a pesar del frío, a pesar de la mala noche constelada de estrellas parpadeantes. Todas las mujeres de San Andrés no sueltan al Cristo patético y doloroso, dulce y bronco, humano y divino, sangrante y sobrio que sube la pendiente de la calle del Ángel. Ya ha entrado dentro del gran cuadrilátero y con sus bombillas encendidas, como flores de luz, en manos de cristal, atraviesa la plaza bajo la mudez orante de miles de astorganos aquí congregados, esperando que se sitúe el Cristo sobre el fondo de la plaza, en la acera del cantón, junto a donde se esconde el San Juanico la Carrera la mañana del viernes. Está ya justamente frente a nosotros, entre el acompañamiento de centenares de luces que le ofrecen este inmenso y alegre recuerdo de las luces que suben hasta la voz y las palabras. Por otro lado tenemos que el Cristo ya ocupa con la faz sangrante la presidencia de la plaza en la que todos nosotros hemos puesto nuestro amor…

 

Desde Puerta de Rey ha subido otro cortejo. Es la procesión de la gran farola, que es una luminaria como una gran rosa de diez colores, donde se ven los símbolos de la pasión; la santa faz, las espinas, los martillos, los clavos, los azotes, las escaleras. Esta luz que avanza hacia la plaza se sitúa a los pies del Cristo de los afligidos.

 

Por la parte de San Bartolomé entra de nuevo la Virgen por segunda vez en tres días. Ha acudido a la cita de la plaza. Están sus hijos astorganos casi sin ninguna excepción y vuelve a hacerles una visita, bajo los soportales. También ella va a asistir con nosotros a este Viacrucis de su hijo, a correr el mismo camino de amargura que le correspondió andar cuando vivió su vida mortal. La virgen María ha entrado ya en la Plaza Mayor por el lado derecho, ha echado una mirada cariñosa a todos los presentes y se cobija ahora bajo la luz de las estrellas de la noche.

 

Con la Virgen Dolorosa acompañan las mujeres de la Cofradía de los Dolores. Los hermanos vestidos de morado vienen llevando a la señora, que se encuentra con su hijo al otro lado de la Plaza Mayor, es decir casi a nuestros pies. La plaza está tomando cada vez mayor ambiente de devoción y las lucecitas devotas no nos despistan, porque parecen el recorrido hacia el dolor de la verdad. La Plaza Mayor está casi dispuesta a iniciar el Viacrucis, pero aún falta la última parte de la procesión: La entrada de las catorce farolas representando a las catorce estaciones del Viacrucis. Los hermanos las llevan como un trofeo. Se van instalando, cada uno a todo alrededor de la plaza, siete a cada parte del recinto. La vistosidad de esta última parte del cortejo radica principalmente en la blancura de los encaperuzados, que traen consigo grandes portahachas de luces. Niños pequeños con su capuchón blanco y la cruz morada, con su tuniquita blanca…”

 

 

 

Julio Mariscal Montes. Poemas 

 

Filiación

 

Nombre: Jesús. El hijo de María.

Nació en Belén. Oficio: carpintero.

Treinta años puliéndose el madero

para tres lentas horas de agonía.

 

Jerusalén... Betsaida... La alegría

de un loco Tiberiades... El sendero

de la casa de Marta... El hormiguero

de "hosannas” por su fronte todavía...

 

Jesús de Nazaret; Cristo Prendido:

tres años de cosechas y nublados

dándose en su palabra iluminada.

 

Cristo muerto en la Cruz; escarnecido:

una esponja con hiel, unos soldados

y una Mujer que llora desolada.

 

 

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Jueves Santo

 

La mano del Señor se reposaba

sobre el desnudo candeal dorado,

y rompía la noche su cercado

y el alba, clara y niña,la inundaba.

 

 

Alzó Jesús la mano: le temblaba

de Amor el Candeal Glorificado,

y el aire, alto jinete, arrodillado

como un humilde can, se le entregaba.

 

Y habló el Señor : Este es mi Cuerpo.

Y era su mano un leve pétalo de rosa

para ofrecerse, entero, en su ternura.

 

Jerusalén dormía en la ladera.

La mano de Jesús, ya mariposa,

se quemaba las alas de amargura.

 

 

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Ecce-Homo

 

Así es como te quiero. Así, Dios mío:

con el dogal de ‘Hombre’ a la garganta.

Hombre que parte el pan y suda y canta

y va y viene a los álamos y al río.

 

Hombre de carne y hueso para el frío

guiñol que nos combate y nos quebranta.

Arcilla de una vez para la planta

y el látigo del viento y del rocío.

 

Así, Señor, así es como te espero:

vencido por el fuerte, acorralado,

cara al hambre y al mundo que te hiere.

 

Carne para los perros del tempero,

piedra en que tropezar, luz y pecado:

hombre que solo nace y solo muere.

 

 

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La cruz a cuestas

 

El hombro empuja, lento, la madera

muerta para la flor y la verdura,

hacia una fina, leve arquitectura

de cielo azul y brisa mensajera.

 

El hombro de Jesús por la manera

de equilibrar la fuerza y la amargura,

 mientras gana su frente la dulzura

de un Belén con pañal y lanzadera.

 

Y el leño ya cruzado, muerto,

oscuro, imposible de pájaros, clavado

a un destino de cuervos y despojos,

 

se retoña de Abril, se siente puro

con la sangre que brota del costado,

se vence a la ternura de sus ojos.

 

 

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El Cirineo

 

La artesa y el olivo; el hormiguero

de afanes por la yunta o el verano...

Desde su amanecer ya era mi mano

justa para abrazar este madero.

 

Me equivocó la brisa de sendero,

que iba a los surcos y me trajo al grano;

me equivocaba este pujar en vano

hacia un terrible y último tempero.

 

Pero rugió la plebe: “Este que viene

cumplido de pujanza..." La mirada

del Hombre se hizo estrella: amanecía.

 

Jesús, de Nazaret. Yo, de Cirene.

Luna y sombra cumpliendo una jornada

que ya iba a repetirse cada día.

 

 

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CONSUMMATUM EST

 

Ya nunca más. El viento, solo juega

a rebuscar la vida por su frente,

mientras el mundo flota sin simiente

y la tarde sin flores se doblega.

 

Ya nunca. Nunca. El corazón se entrega:

Amor... Piedad... Señor. ¿Cómo se siente?

 

¿Cómo, Señor, se doma la corriente

de esta sangre podrida y andariega?

 

Cristo está aquí clavado, remachado

a salivazo limpio por la oscura

cerrazón de la noche en agonía.

 

Cristo con una rosa en el costado

y la última Palabra, seca y dura,

colgándole del labio todavía.

 

 

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Ya en tierra

 

A fuerza de sentirte, de clavarte

mi voz, de recorrerte mi esperanza,

esta palabra mía casi alcanza

a rozar tu Calvario, a desclavarte.

 

A fuerza de matarme y de matarte

de encrespar con mi barro tu bonanza,

la nada que yo soy quiebra su lanza

en la liza final del recobrarte.

 

Te digo a Ti, Señor, muerto, más muerto

cuanto más Hombre, cuanto más de tierra,

fruto de hortal, Jesús y no hortelano.

 

A ti, el Hijo del Hombre, yerto,

abierto desgarrón de mi tanta oscura guerra,

en tierra ya conmigo mano a mano.

 

 

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Después

 

La muerte aquí. La muerte. La tremenda

invasión de la sombra y el baldío;

riada de silencio, oscuro río

de ceniza sin Cristo que la encienda.

 

Se acabó. Ahora si que no hay enmienda.

La tierra es osamenta, cardo y frío;

un espectro do luna y el vacío

clamor, inútil ya, de la contienda.

 

Hagamos el recuento, la almoneda

que anudar en el pico del pañuelo:

un “nunca más” y seis palmos de arcilla.

 

Pero ¿y tu sangre, dime? ¿Es que no queda

tu sangre como un grito o como un vuelo

para que no se pierda la semilla?

 

 

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Madrugada

 

Cristo abierto en la enorme madrugada.

Descoyuntado Cristo en agonía.

Dejadlo sin estrellas en la fría

clausura del mantel y de la arcada.

 

Cristo con luna azul de encrucijada

sosteniendo a la muerte todavía.

Transido Cristo en la monotonía

de la rosa, el balcón y la pisada.

 

Cristo andariego alzado en los senderos

de aire medroso y muchedumbre en vela;

oh Cristo ya ofrecido, desolado.

 

Dejadlo reposar, sin derroteros,

junto al claro vitral que el alba cela:

Cristo de soledades traspasado.

 

 

Stabat Mater

 

Para encontrarte aquí, Niña María,

comida por la lepra de tu pena,

hay que saltar Belenes de azucena

y un Nazaret de fina artesanía.

 

Hay que saltar por ramos de alegría,

por pozos de Samaría, por la arena

del mar de Tiberiades, por la buena

palabra de un ladrón en agonía.

 

Hay que saltar, Señora, y verte oscura

muerta ya con su muerte, acorralada,

perdida entre tus vastas soledades.

 

Y sentirse vivir en tu amargura,

y saber que tu llanto es alborada,

cénit para más altas claridades.

 

 

 

 

 

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