Eloy Rubio
Martes, 30 de Marzo de 2021

"La Cena Santa y la Oración del Huerto que en el Miércoles Santo llenan de belleza polícroma nuestra noche"”

La noche del Miércoles Santo está reservada a la procesión de la Hermandad de la Santa Cena que hoy recordamos con textos de Miguel Ángel González y Francisco Ayala ilustrados con carteles de la Semana de Pasión de los década de 1980 y fotos de nuestro archivo.

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Miguel Ángel González García, fragmento del pregón de la Semana Santa de Astorga 1989

 

“Cada Semana Santa de Astorga, ya vivida en el ámbito de la ciudad, ya volcada con nostalgia infinita desde la distancia, suena en mi corazón como un toque de Amor que a amor invita. Leer en clave de Amor todas las secuencias de Semana Mayor es acertar en su comprensión, que Amor fue todo y amor despierta Jesús en la borriquilla, y la Cena Santa y la Oración del Huerto, que en el Miércoles Santo llenan de belleza polícroma nuestra noche…”

 

 

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El Gallo de la Pasión. Francisco Ayala

 

A mi amigo Dugo Medina.

 

La lengua de la hoguera -saltos de niño-  había picado el cielo. El cielo - blanco ya: veteado de azul - ordeñaba aurora. El fuego, vacío, iba palidecien­do, a tono con la lividez del alba.

 

Y Pedro -las manos del revés: las pal­mas, como escudo del pecho- negaba, escandalizado.

 

—¿Él? ¿él? ¡Por Jehová: él, no! Ni le co­nocía.

 

Su gesto de probrecito judío: ofrecía las palmas, vueltas, a la interrogación de las lenguas de fuego. Y vuelta la cabeza (judío, pobrecito: “Él, no. Por Jehová”) comenzaba a componer la cara de arre­pentimiento.

 

Los soldados romanos, orgullosos de sus corazas de metal y de sus faldillas bermejas, batían el suelo con la contera de sus pértigas para ahuyentar el frío. Jugaban a los naipes. Y se reían de Pedro.

 

Ya la aurora - hielo deshecho- se deslizaba, chorreando -aguas de mal es­pejo- por las paredes del patio. Ya flo­taba la luna, podrida, en el estanque. Ya temblaban las faldillas bermejas, borda­das de cristal y azabache, de los solda­dos romanos.

 

El gallo de la Pasión -lázaro resucita­do de la noche- daba vueltas alrededor de Pedro: vueltas de pasos solemnes, largos y lentos, (Muy engallado, el gallo de la Pasión; muy poseído de su papel histórico.)

 

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Por fin, se detuvo frente a él. Nubló el párpado su ojo de clavo brillante, para hacer más encarnizado y súbito el pico­tazo de su nueva mirada. Todas las plu­mas del cuello se le electrizaron. Se hin­chó su pecho de goma. Estiró el cuello, corvado, tenso, como un neumático de bicicleta, y lanzó a Pedro tres flechas metálicas, secas y relucientes.

 

Pedro dio un salto: las manos en la ca­beza. Miró a Cristo, que estaba ojeroso, blanco. Y recogió la mirada temblona que le ofrecía desde el fondo de su pozo.

 

Entonces, recordó el Apóstol. La auro­ra, como una bufanda de lana, le ceñía la garganta: allí, clavadas, vibrando, las tres flechas del gallo.

 

Se removió todo su amor. Era el mo­mento de arrepentirse. Cuajaba el arre­pentimiento. Las tres flechas estaban cla­vadas ahora en su corazón. Apretaba la pena su cuello, como gaseosa embotella­da. No podía más.

 

Sujetó una sonrisa con los dientes, y se disculpó:

 

—Perdón, caballeros. Tengo que salir un momento. Es una necesidad inexcu­sable. Perdón, ¿eh? ¡Un momentito! En seguida vuelvo.

 

Ya en la calle, dos ríos nacieron de sus ojos. Lavó su culpa en dos fuentes claras. Y —como era previsible— Dios le perdonó.

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