Vidas de cuento
![[Img #56330]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2021/8902_psicoanalisis-de-los-cuentos-de-hadas.jpg)
En los primeros veranos de mi infancia, cuando apenas tenía unos siete u ocho años formamos una pequeña pandilla que se mantenía inseparable, casi tres meses, hasta el final del verano cuando el curso comenzaba y cada cual volvía a su residencia y su estudio habitual.
No sé muy bien cómo ni porqué un día comenzamos a recolectar libros que guardábamos como auténticos tesoros en un viejo baúl. Recuerdo las historietas del Jabato, Los viajes de Gulliver, la colección Barco de Vapor y uno al que tenía especial cariño y que nunca me gustó prestarle a nadie, un libro de cuentos que me regaló mi profesora de segundo de primaria.
Todos los libros los habíamos conseguido porque otros los habían desechado. No había dinero para comprarlos así que teníamos literatura de todas las edades y ojeábamos todo tipo de libro que caía de un modo u otro en nuestras manos, incluso alguno prohibido.
Pero los cuentos de entonces no eran como los de ahora. Los cuentos de entonces tenían su conflicto, su misterio, su momento de tensión y de decisiones importantes que daban intensidad a la historia.
En estos tiempos, por algún motivo absurdo, como el de empeñarnos en allanar el camino a nuestros descendientes tanto que el día que tropiecen con un guijarro se van a abrir la crisma, hasta los cuentos se arreglan edulcorándolos hasta alcanzar finales insoportables e inverosímiles. Todo termina en músicas, bailes, bodas, felicidad y riqueza. La mayoría de los niños no saben cómo eran los verdaderos finales de Andersen en La Sirenita o los que los hermanos Grimm dieron a Blancanieves o La Bella durmiente; esta última versionada de un anterior escritor italiano que apostó por el final más trágico de todos.
Queremos vidas de cuento para los niños y construimos fábulas e historias carentes de cualquier tipo de carga emocional o disgusto para que ninguno se familiarice con el sufrimiento que, sin embargo, es inherente a la existencia. Eso ya lo aprenderán más tarde, ahora solo deben disfrutar. Pero quizás cuando llegue el momento no habrá tiempo para aprender: El sufrimiento, las contrariedades llegan de pronto, sin que nada ni nadie las ponga en preaviso y sin ni siquiera haberlas podido imaginar resulta muy difícil saber gestionarlas.
Por qué no decirles que no siempre las cosas terminan como nos gustaría. Que La Sirenita deseó tanto dejar de ser quien era, renunciar a seguir siendo sirena a cambio del amor de un hombre que perdió su voz, que cambió su cola de pez por unas piernas y que nada más tocar la tierra le dolían como cristales clavados en sus pies, y que desapareció convertida en espuma de mar. Que en el cuento de Blancanieves la madrastra es severamente castigada por su maldad a llevar unos zapatos de hierro incandescente con los que debe bailar hasta morir. O que Blancanieves, en su primera versión, no se casó con un príncipe sino con un rey del que sufrió abusos y que ya tenía una esposa que viendo el interés de este en ella quiso quemarla viva. De acuerdo… acepto que igual este último cuento se nos va un poco de las manos tratándose de niños.
De todos modos, opino que es mucho más sano descubrir el mundo a través de la lectura, de la imaginación y de las emociones que esta nos despierta que a través de videojuegos como el Mortal Combat X o Carmageddon atropellando peatones deliberadamente en una carrera. Pero parece que esta fase salvaje de la era digital nos escandaliza menos que los cuentos tradicionales a los que nos hemos empeñado en darles la vuelta hasta convertirlos en estereotipos muy poco afortunados y menos valiosos.
Y si ustedes lo que desean es sencillez y calor para sus hijos lean con ellos El Principito. En una sola frase de este cuento se puede englobar todo lo que he tratado de contar en estas líneas: “Se enamoró de sus flores y no de sus raíces, y en otoño no supo qué hacer.”
![[Img #56330]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2021/8902_psicoanalisis-de-los-cuentos-de-hadas.jpg)
En los primeros veranos de mi infancia, cuando apenas tenía unos siete u ocho años formamos una pequeña pandilla que se mantenía inseparable, casi tres meses, hasta el final del verano cuando el curso comenzaba y cada cual volvía a su residencia y su estudio habitual.
No sé muy bien cómo ni porqué un día comenzamos a recolectar libros que guardábamos como auténticos tesoros en un viejo baúl. Recuerdo las historietas del Jabato, Los viajes de Gulliver, la colección Barco de Vapor y uno al que tenía especial cariño y que nunca me gustó prestarle a nadie, un libro de cuentos que me regaló mi profesora de segundo de primaria.
Todos los libros los habíamos conseguido porque otros los habían desechado. No había dinero para comprarlos así que teníamos literatura de todas las edades y ojeábamos todo tipo de libro que caía de un modo u otro en nuestras manos, incluso alguno prohibido.
Pero los cuentos de entonces no eran como los de ahora. Los cuentos de entonces tenían su conflicto, su misterio, su momento de tensión y de decisiones importantes que daban intensidad a la historia.
En estos tiempos, por algún motivo absurdo, como el de empeñarnos en allanar el camino a nuestros descendientes tanto que el día que tropiecen con un guijarro se van a abrir la crisma, hasta los cuentos se arreglan edulcorándolos hasta alcanzar finales insoportables e inverosímiles. Todo termina en músicas, bailes, bodas, felicidad y riqueza. La mayoría de los niños no saben cómo eran los verdaderos finales de Andersen en La Sirenita o los que los hermanos Grimm dieron a Blancanieves o La Bella durmiente; esta última versionada de un anterior escritor italiano que apostó por el final más trágico de todos.
Queremos vidas de cuento para los niños y construimos fábulas e historias carentes de cualquier tipo de carga emocional o disgusto para que ninguno se familiarice con el sufrimiento que, sin embargo, es inherente a la existencia. Eso ya lo aprenderán más tarde, ahora solo deben disfrutar. Pero quizás cuando llegue el momento no habrá tiempo para aprender: El sufrimiento, las contrariedades llegan de pronto, sin que nada ni nadie las ponga en preaviso y sin ni siquiera haberlas podido imaginar resulta muy difícil saber gestionarlas.
Por qué no decirles que no siempre las cosas terminan como nos gustaría. Que La Sirenita deseó tanto dejar de ser quien era, renunciar a seguir siendo sirena a cambio del amor de un hombre que perdió su voz, que cambió su cola de pez por unas piernas y que nada más tocar la tierra le dolían como cristales clavados en sus pies, y que desapareció convertida en espuma de mar. Que en el cuento de Blancanieves la madrastra es severamente castigada por su maldad a llevar unos zapatos de hierro incandescente con los que debe bailar hasta morir. O que Blancanieves, en su primera versión, no se casó con un príncipe sino con un rey del que sufrió abusos y que ya tenía una esposa que viendo el interés de este en ella quiso quemarla viva. De acuerdo… acepto que igual este último cuento se nos va un poco de las manos tratándose de niños.
De todos modos, opino que es mucho más sano descubrir el mundo a través de la lectura, de la imaginación y de las emociones que esta nos despierta que a través de videojuegos como el Mortal Combat X o Carmageddon atropellando peatones deliberadamente en una carrera. Pero parece que esta fase salvaje de la era digital nos escandaliza menos que los cuentos tradicionales a los que nos hemos empeñado en darles la vuelta hasta convertirlos en estereotipos muy poco afortunados y menos valiosos.
Y si ustedes lo que desean es sencillez y calor para sus hijos lean con ellos El Principito. En una sola frase de este cuento se puede englobar todo lo que he tratado de contar en estas líneas: “Se enamoró de sus flores y no de sus raíces, y en otoño no supo qué hacer.”






