Ángel Alonso Carracedo
Sábado, 29 de Enero de 2022

Viejos y rebeldes

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Soy viejo, pero no idiota, he aquí la nueva voz rebelde de una singularidad, pero extendida a una generación que si no vivió lo más duro de la posguerra, sí dinamitó el régimen que la encumbró con un belicismo rencoroso, prolongado cuatro décadas. Mis hijos tratan de ahogar ese triunfalismo con el hecho indiscutible de que el dictador murió en la cama. Me acojo a la réplica, igualmente constatada, de que gracias al desgaste institucional que provocó aquella indisciplina sostenida en el tiempo, se hizo realidad el dicho muerto el perro, muerta la rabia.

 

El descriptivo eslogan tiene origen en la sempiterna demostración de abusos de los bancos. Unos excesos que tienen especial virulencia en la gente mayor. Un tramo de población que, por el pecado de todo tiempo, el de nacer a contrapié, se ha convertido  de la noche a la mañana en analfabeta de la nueva cultura digital. Todo lo más, como el que suscribe, conocedores de las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Y hasta ahí. Vivimos en carne propia lo que debieron sentir nuestros ancestros, hasta bien entrado el siglo XX, en una nación de iletrados en las nociones más básicas de leer y escribir sobre papel o pizarra. Por eso, entrar ahora en una oficina bancaria o hacer una vulgar llamada telefónica burocrática son actos a prueba de valor y de paciencia. El desconocimiento genera recelos. 

 

Tres cuartas partes de nuestra vida se ha sostenido en una cultura analógica, en la que esta España de atávicos retrasos en la instrucción, llegó a registros más que dignos en la comparación con los países, de siempre, envidiados por el vanguardismo formativo. El analfabetismo casi desapareció y las demostraciones artísticas se convirtieron en espectáculos mayoritarios, gracias a los impulsos de ansiedades de conocimiento y de curiosidad que manó de esa cultura despreciada ahora por obsoleta e inútil.

 

Por eso, total acuerdo con la segunda parte del sopapo a la estulticia que ha provocado Carlos San Juan. Nada de idiotas. Hemos bebido en fuentes culturales y formativas que no merecen la insolencia de trato que reciben hoy. Nuestra forma de saber se acompaña de una inteligencia curtida en el sencillo acto para nosotros - pero muy complicado, por lo que da a entender, para masas juveniles actuales -, de pensar. Y, por si no bastara, nos ha barnizado de una rebeldía que nos moviliza ante la injusticia. Las manifestaciones callejeras y reivindicativas de hoy, las campañas de firmas a favor de demandas razonables, se llenan y se nutren de jubilados y pensionistas, en tanto que se ven vacías y mudas de consignas contra las precariedades e insuficiencias de los empleos y salarios en la generaciones de los llamados milennials e inmediatamente anteriores.

 

En una sociedad meticulosa hasta el extremo con el significado de las palabras, el concepto viejo queda a trasmano y produce dentera. Bajo este adjetivo se esconde el trasto desvencijado de los desvanes. Nada de eso. Si hemos nacido antes, el ábaco de nuestra existencia numera más bolas contadas que por contar. Eso incapacita la proeza física, pero, en absoluto, la intelectual. Sobre nosotros destaca la inteligencia madurada en la experiencia, perfecta equiparación con un vino gran reserva reposado pacientemente en barrica, o con un libro de historia abundante en paginación y datos. Eso es intelecto del bueno. En las sociedades de la antigüedad, la gobernanza era responsabilidad de una gerontocracia que jamás se identificó con lo viejo; se las reconocía por consejos de ancianos o notables. Demostración de respeto, término también desprestigiado en sus múltiples significados y variantes por los latigazos de esta cultura digital y su culto a lo fugaz.

 

Ya que vamos de pureza léxica, la RAE establece cotos sobre analógico y digital. El primero es término derivado de analogía, que la docta casa define como una razón que está sobre o por conceptos análogos; de la segunda señala: dicho de un dispositivo o sistema que crea, presenta, transporta o almacena información mediante la combinación de bits. En mi particular interpretación, distingo lo analógico como un ejercicio de pensamiento, mientras que lo digital es una especie de manualidad (el manejo de dispositivos) sometido a la frialdad de los algoritmos. ¿Sugiere acaso la digitalización la acción de la maravillosa maquinaria que es nuestro cerebro? Complicado de entrever. Claro que, a lo peor, es preceptivo colocar a la persona en una actitud inerme y conformista ante los hechos que vienen de la nueva factoría de raciocinios ya precocinados y envasados. Lo analógico es viejo, moribundo; lo digital, naciente, moderno. Uno, agónico. Otro, neonato  ¿A dónde vamos?

 

Bien, vale, viejos. Así lo quieren los que en unas décadas nos tomarán el relevo, cuando seamos inquilinos perpetuos de cementerios o de la misma nada. Accederán a una vida facilona al albur de las máquinas, mientras mi visión futurista avanza en la distopía (ojalá errónea) de un mundo acomodado a los dolorosos silencios de la resignación por inacción. Entonces, no habrá duda, seremos (serán) viejos e idiotas,  con el añadido de domesticados.                                                                                                  

 

      

 

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