Astorga Redacción
Domingo, 10 de Abril de 2022

Domingo de Ramos: "Id al pueblo y buscad un pollino sobre el cual no ha monta­do todavía ningún hombre"

Este Domingo de Ramos bien temprano salía de San Pedro de Rectivía, con el paso de 'La Borriquilla', la procesión de la Cofradía de La Entrada de Jesús en Jerusalén. Al mediodía, en la Plaza Mayor, el obispo de Astorga bendecía las palmas y ramos, antes de que el desfile continuara hacia la Catedral para celebrar la misa estacional. Terminada la Eucaristía, la procesión de Las Palmas regresaba a su parroquia.

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La saeta         

«Míralo por dónde viene
el mejor de los nacidos...»

Una calle de Sevilla
entre rezos y suspiros...
Largas trompetas de plata.
Túnicas de seda...  Cirios,
en hormiguero de estrellas,
festoneando el camino...

El azahar y el incienso
embriagan los sentidos.
Ventana que da a la noche
se ilumina de improviso,
y en ella una voz -¡saeta!-
canta o llora, que es lo mismo:

«Míralo por dónde viene el mejor de los nacidos…”

 

MANUEL MACHADO

 

 

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Como deseaba que nuestra entrada en Jerusalén diera confianza a los míos, envié por delante a dos de mis discípu­los y les dije: “Id al pueblo que está delante de vosotros, y buscad un pollino que está atado, sobre el cual no ha monta­do todavía ningún hombre. Cuando lo encontréis, traédme­lo. Decidle a su dueño que el Señor necesita a ese animal.”

 

Y fueron, y pronto encontraron un pollino, joven y fo­goso, y lo trajeron. Monté sobre ese animal, que hasta en­tonces no había conocido jinete, y me agarré a su crin. Pues si no podía dominar a aquel joven animal, ¿cómo po­dría calmar la agitación que reinaba en los corazones de los hombres que me esperaban en el Templo?

 

Al cabo de un rato, el pollino dejó de saltar y soltar co­ces, y pudimos avanzar en procesión. Me gustaba aquel animal.

 

No tardé en sentir hambre, tanta como si jamás hubie­ra comido. Vi una higuera llena de hojas, e hice trotar al pollino hacia ella a fin de comer hasta hartarme. Pero en sus ramas no encontré ni un higo maduro.

 

¿Acaso un mal viento soplaba en nuestra dirección? Le dije a la higuera: “Que jamás nadie coma fruto de ti.”

 

Pero un peso aplastó mi corazón por maldecir aquellas raíces. “Soy el Hijo de Dios”, me dije, “pero también un hombre; ¡qué poco le cuesta al hombre entregarse a la más alocada destrucción!”

 

Comprendí que Satanás todavía estaba al acecho, como un halcón que escruta los campos en busca de una pequeña criatura y luego cae en picado para cazarla, y por ello había castigado yo a la higuera.

 

 

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Entonces la multitud de hombres y mujeres que cami­naban por delante de mí empezaron a coger ramas de las palmeras que había en el camino y formaban con ellas una alfombra a mi paso. Cantaban: “¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el reino de nuestro David que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” Y algunos gritaban: “¡Bendito sea el rey que viene en nombre del Señor!” Esas gentes de Jerusalén (la mayoría de las cuales jamás me habían visto) nos da­ban la bienvenida; en las ventanas, muchos nos saludaban. Las noticias de nuestras buenas obras habían llegado a Je­rusalén antes que nosotros.

 

Pero no podía olvidarme de la higuera. Sus ramas de­bían de estar ya desnudas. Esos pensamientos me hicieron meditar acerca del fin de la ciudad de Tiro. Mil años antes había vivido un gran esplendor; era conocida por sus me­sas de ébano, sus esmeraldas y sus telas púrpura, sus ten­deretes de miel y bálsamo, su coral y su ágata y sus cofres de cedro. Pero el mar la arrasó. ¿Ocurriría lo mismo con Jerusalén, tan opulenta ahora como lo había sido Tiro en­tonces?

 

Contemplé aquellos enormes edificios blancos de co­lumnas altísimas, y no supe si contemplaba un templo o la sede del gobierno romano. Me dije: “Más vale tener buen nombre que grandes riquezas”, pero fueron palabras de­masiado piadosas (pues mi corazón había dado un brinco al ver aquellas riquezas). De modo que también dije: “La boca de una mujer desconocida es un pozo profundo. Y una gran ciudad es como una mujer desconocida.”

 

EL EVANGELIO SEGÚN EL HIJO. NORMAN MAILER

 

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