Domingo de Ramos: "Los verdugos han desnudado el cuerpo malherido del condenado a muerte"
En la noche de este Domingo de Ramos, ha tenido lugar el traslado procesional de 'Jesús Atado a la Columna organizado por la Cofradía de la Santa Vera Cruz y Confalón y la Cofradía de Santo Tirso, San Cristóbal y Jesús Atado a la Columna de Piedralba. La procesión comenzaba en Piedralba y en el trayecto se señalan las estaciones del Vía Crucis con hogueras. A su llegada a la Capilla del Convento de Santa Clara, la comunidad de Clarisas recibe a las cofradías y público devoto y a continuación, se levanta el acta anual de entrega de la imagen.
![[Img #57992]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/9949_1_dsc7290.jpg)
Miguel Otero Silva (La piedra que era Cristo, fragmento)
Los verdugos han desnudado el cuerpo malherido del condenado a muerte. Lo tienden de espaldas sobre el madero que él vino cargando desde el pretorio. Le abren los brazos como las alas de un albatros y se aprestan a clavar sus manos sobre el leño.
El leño es un trozo de pino mal desbastado que aún conserva rugosidades de cortezas y garfios de astillas. Los verdugos que empuñan los martillos golpean con destreza de herreros sobre las cabezas de los clavos. Los clavos se abren paso por entre la piel y las fibras, destrozan los nervios y los pequeños huesos de las manos. Un reguero de sangre mana de las venas rotas. Los dedos se crispan como raíces, los pulgares dislocados se retuercen como algas.
Ya clavadas las manos, izan con sogas el leño que lleva adherido a su materia el cuerpo de Jesús, e integran la cruz con el madero vertical que se alzaba solitario en espera de su ramazón. Los verdugos clavan los pies colgantes, tal como habían clavado las manos, desgarrando músculos, rompiendo nervios, quebrantando huesos, abriendo cauces a la sangre. Los sacerdotes de Caifás contemplan la escena estremecidos de patriótica satisfacción: están matando a un hombre para salvar a un pueblo. “Tú, que destruyes el templo y lo levantas en tres días; ¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!”, dicen. “¿No pretendías ser el Hijo de Dios?; si en verdad Dios te quiere que te salve ahora”, dicen. Los soldados de Pilato estallan en risotadas y se disponen a jugarse a los dados las vestiduras del que va a morir. Exangüe y moribundo, Jesús continúa musitando perdones.
![[Img #57984]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/1542__1dsc7257.jpg)
Vecinas a la suya se yerguen dos cruces de las que penden dos hombres condenados a muerte como él. Jesús no alcanza a verlos, aunque oye sus imprecaciones y sus roncos lamentos. Son dos celotes, secuaces de Barrabás, que iban a ser crucificados junto con su cabecilla antes de que Pilato dispusiera los hechos de otra manera. En las tablillas que señalan las causas de su condena dice escuetamente ‘bandidos’, calificativo que aplican los romanos a todo aquel que interviene en motines contra la autoridad del César. Igual palabra se leería en la tablilla de Jesús, de no ser que el ingenio perverso de Pilato decidió cambiarla por la frase del escarnio. Uno de los condenados se llama Dimas y es muy conocido en los barrios indigentes de Jerusalén. El nombre del otro no se sabe porque se negó a decirlo en los interrogatorios del pretorio y tampoco lo declaró bajo las tenazas del suplicio. Ambos se quejan a voces, pero sus gritos no son plañidos lastimeros sino alaridos de indómita maldición.
![[Img #57986]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/1255_1_dsc7183.jpg)
![[Img #57982]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/2239__1dsc7212.jpg)
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![[Img #57990]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/7165_1_dsc7230.jpg)
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![[Img #57993]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/2124_1_dsc7267.jpg)
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Miguel Otero Silva (La piedra que era Cristo, fragmento)
Los verdugos han desnudado el cuerpo malherido del condenado a muerte. Lo tienden de espaldas sobre el madero que él vino cargando desde el pretorio. Le abren los brazos como las alas de un albatros y se aprestan a clavar sus manos sobre el leño.
El leño es un trozo de pino mal desbastado que aún conserva rugosidades de cortezas y garfios de astillas. Los verdugos que empuñan los martillos golpean con destreza de herreros sobre las cabezas de los clavos. Los clavos se abren paso por entre la piel y las fibras, destrozan los nervios y los pequeños huesos de las manos. Un reguero de sangre mana de las venas rotas. Los dedos se crispan como raíces, los pulgares dislocados se retuercen como algas.
Ya clavadas las manos, izan con sogas el leño que lleva adherido a su materia el cuerpo de Jesús, e integran la cruz con el madero vertical que se alzaba solitario en espera de su ramazón. Los verdugos clavan los pies colgantes, tal como habían clavado las manos, desgarrando músculos, rompiendo nervios, quebrantando huesos, abriendo cauces a la sangre. Los sacerdotes de Caifás contemplan la escena estremecidos de patriótica satisfacción: están matando a un hombre para salvar a un pueblo. “Tú, que destruyes el templo y lo levantas en tres días; ¡sálvate a ti mismo bajando de la cruz!”, dicen. “¿No pretendías ser el Hijo de Dios?; si en verdad Dios te quiere que te salve ahora”, dicen. Los soldados de Pilato estallan en risotadas y se disponen a jugarse a los dados las vestiduras del que va a morir. Exangüe y moribundo, Jesús continúa musitando perdones.
![[Img #57984]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/1542__1dsc7257.jpg)
Vecinas a la suya se yerguen dos cruces de las que penden dos hombres condenados a muerte como él. Jesús no alcanza a verlos, aunque oye sus imprecaciones y sus roncos lamentos. Son dos celotes, secuaces de Barrabás, que iban a ser crucificados junto con su cabecilla antes de que Pilato dispusiera los hechos de otra manera. En las tablillas que señalan las causas de su condena dice escuetamente ‘bandidos’, calificativo que aplican los romanos a todo aquel que interviene en motines contra la autoridad del César. Igual palabra se leería en la tablilla de Jesús, de no ser que el ingenio perverso de Pilato decidió cambiarla por la frase del escarnio. Uno de los condenados se llama Dimas y es muy conocido en los barrios indigentes de Jerusalén. El nombre del otro no se sabe porque se negó a decirlo en los interrogatorios del pretorio y tampoco lo declaró bajo las tenazas del suplicio. Ambos se quejan a voces, pero sus gritos no son plañidos lastimeros sino alaridos de indómita maldición.
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![[Img #57985]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/8603__1dsc7299.jpg)
![[Img #57991]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/626_1_dsc7274.jpg)
![[Img #57993]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/04_2022/2124_1_dsc7267.jpg)






