Eloy Rubio
Martes, 12 de Abril de 2022

Martes Santo: "Condenan tu cuerpo inerte, manso Jesús de mi olvido"

Salieron este Martes Santo las cofradías astorganas de sus cabildos con los pasos a hombros pero a su llegada a la Plaza Mayor el cielo se abrió cayendo el diluvio universal. Llovió a mares este martes de pasión e impidió que el desfile procesional organizado por la Junta Profomento de la Semana Santa de Astorga llegara a su destino: la Catedral para el ejercicio del Vía Crucis de Cofradías. Otro año será

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Gerardo Diego (Santander, 1896- Madrid, 1987) escribió un hermoso y patético viacrucis. Incluimos aquí solamente la primera estación: Jesús es condenado a muerte. El autor, miembro de la Generación del 27, recibió el Premio Cervantes 1979.

 

PRIMERA ESTACIÓN

 

JESÚS SENTENCIADO A MUERTE


 

No bastan sudor, desvelo,

cáliz, colora, flagelo,

todo un pueblo a escarnecerte.

Condenan tu cuerpo inerte,

manso Jesús de mi olvido,

a que, abierto y exprimido,

derrame toda su esencia.

Y a tan cobarde sentencia

prestas en silencio oído.

Y soy yo mismo quien dicto

esa sentencia villana.

De mis propios labios mana

ese negro veredicto.

Yo me declaro convicto.

Yo te negué con Simón.

Te vendí y te hice traición

con Pilatos y con Judas

y aún mis culpas desanudas

y  me brindas el perdón.

 

 

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EN LA MUERTE DE CRISTO, CONTRA LA DUREZA DEL CORAZON DEL HOMBRE. Francisco de Quevedo

 

Pues hoy derrama noche el sentimiento

por todo el cerco de la lumbre pura,

y amortecido el sol en sombra obscura,

da lágrimas al fuego, y voz al viento.

 

Pues de la muerte el negro encerramiento

descubre con temblor la sepultura,

y el monte, que embaraza la llanura

del mar cercano, se divide atento.

 

De piedra es hombre duro, de diamante

tu corazón, pues muerte tan severa

no anega con tus ojos tu semblante.

 

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,

de lástima de ver a Dios amante,

entre las otras piedras se rompiera.

 

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Dos poemas de Juan Eduardo Cirlot

 

CORDERO DEL ABISMO

 

La tierra estaba verde como el ciclo

y la resurrección en mis orillas

cantaba largamente sobre el valle.

 

Aquí hay un cuerpo muerto que respira,

hay un dulce desnudo que aparece

como las yerbas, débil y temblando.

 

El sol que se destroza allá reunido,

va removiendo este rumor de rosas.

Yo escucho la piedad en sus pupilas.

 

Y en las lejanas pedrerías verdes;

en las vegetaciones donde el día sube

como la luz de un mar reciente.

 

Aquí hay un cuerpo eterno que se rompe,

un estremecimiento que sacude

el corazón delgado de los aires.

 

Llega la boca misma de lo verde,

los pies de la esmeralda fugitiva.

Y los muros azules se derrumban.

 

Todo vierte un amor o unas violetas.

Los montes tienen gusto de manzana,

hasta del sufrimiento se hace un río.

 

Verdes peces circulan el abismo,

verdes árboles crecen y palpitan,

nubes verdes e inmensas pasan lentas.

 

Enamorados pájaros se encienden

sobre un calor callado que se estrecha

entre las mansas olas desplazadas.

 

Toda esta furia dulce estaba ausente;

como una momia de oro resucita,

despedazada por el alba verde.

 

Aquí hay un cuerpo muerto que se mueve,

un grito de maíz, una palabra

escrita con la savia de los astros.

 

 

JESUCRISTO: EL GRAN INTERCESOR

                                                                                                                              

La tierra estará verde como el cielo

y la resurrección en mis orillas

cantará largamente estremecida.

 

Sí, llamas. Sí, tinieblas. Sí, sollozos:

 

El Cristo.

 

Floresta fulgurante de amatistas,

celeste resplandor azul y blanco:

 

El Cristo.

 

Sobre un mar ciego de palomas rojas,

y el corazón sembrado de violetas:

 

El Cristo.

 

Con el Sol y la Luna en los dos hombros,

entre un temblor de trigos desgraciados:

 

El Cristo.

 

Cordero del Abismo: centro y círculo,

pez infinito, pan despedazado:

 

El Cristo.

 

Almendro de cristal, red de rubíes,

esposo del espacio y de sus almas:

 

El Cristo.

 

Sí, llamas. Sí, tinieblas. Sí, sollozos:

 

El Cristo.

 

Aquí en la lejanía se levanta

un humo desolado y azulísimo/

sobre el montón más triste de la tierra.

 

(Juan Eduardo CIRLOT. Cordero del abismo.1946)

 

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