Eloy Rubio
Jueves, 14 de Abril de 2022

Jueves Santo: "Y Pedro -las manos del revés: las pal­mas, como escudo del pecho- negaba, escandalizado"

La Cofradía del Bendito Cristo de los Afligidos ha recorrido a caballo las calles de Astorga en la mañana este Jueves Santo, convocando al Sermón de las Siete Palabras y a la procesión que tiene lugar este Viernes Santo a las 11,15 horas. El pregonero ha leído este año el texto de Ylenia Gutiérrez García, abadesa de la Cofradía Damas de la Virgen de la Piedad, en la plaza San Roque, el cabildo de la cofradía, la parroquia San Andrés, el convento M.M. Redentoristas, también en la sede Junta Profomento, el monumento al cofrade, la Catedral, el seminario y el Ayuntamiento.

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EL GALLO DE LA PASIÓN. Francisco Ayala

 

La lengua de la hoguera -saltos de niño-  había picado el cielo. El cielo - blanco ya: veteado de azul- ordeñaba aurora. El fuego, vacío, iba palidecien­do, a tono con la lividez del alba.

 

Y Pedro -las manos del revés: las pal­mas, como escudo del pecho- negaba, escandalizado.

 

—¿Él? ¿él? ¡Por Jehová: él, no! Ni le co­nocía.

 

Su gesto de probrecito judío: ofrecía las palmas, vueltas, a la interrogación de las lenguas de fuego. Y vuelta la cabeza (judío, pobrecito: “Él, no. Por Jehová”) comenzaba a componer la cara de arre­pentimiento.

 

Los soldados romanos, orgullosos de sus corazas de metal y de sus faldillas bermejas, batían el suelo con la contera de sus pértigas para ahuyentar el frío. Jugaban a los naipes. Y se reían de Pedro.

 

 

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Ya la aurora - hielo deshecho- se deslizaba, chorreando -aguas de mal es­pejo- por las paredes del patio. Ya flo­taba la luna, podrida, en el estanque. Ya temblaban las faldillas bermejas, borda­das de cristal y azabache, de los solda­dos romanos.

 

El gallo de la Pasión -lázaro resucita­do de la noche- daba vueltas alrededor de Pedro: vueltas de pasos solemnes, largos y lentos, (Muy engallado, el gallo de la Pasión; muy poseído de su papel histórico.)

 

Por fin, se detuvo frente a él. Nubló el párpado su ojo de clavo brillante, para hacer más encarnizado y súbito el pico­tazo de su nueva mirada. Todas las plu­mas del cuello se le electrizaron. Se hin­chó su pecho de goma. Estiró el cuello, corvado, tenso, como un neumático de bicicleta, y lanzó a Pedro tres flechas metálicas, secas y relucientes.

 

Pedro dio un salto: las manos en la ca­beza. Miró a Cristo, que estaba ojeroso, blanco. Y recogió la mirada temblona que le ofrecía desde el fondo de su pozo.

 

Entonces, recordó el Apóstol. La auro­ra, como una bufanda de lana, le ceñía la garganta: allí, clavadas, vibrando, las tres flechas del gallo.

 

Se removió todo su amor. Era el mo­mento de arrepentirse. Cuajaba el arre­pentimiento. Las tres flechas estaban cla­vadas ahora en su corazón. Apretaba la pena su cuello, como gaseosa embotella­da. No podía más.

 

Sujetó una sonrisa con los dientes, y se disculpó:

 

—Perdón, caballeros. Tengo que salir un momento. Es una necesidad inexcu­sable. Perdón, ¿eh? ¡Un momentito! En seguida vuelvo.

 

Ya en la calle, dos ríos nacieron de sus ojos. Lavó su culpa en dos fuentes claras. Y —como era previsible— Dios le perdonó.

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