Aidan Mcnamara
Sábado, 24 de Septiembre de 2022

La muerte de Javier Marías Franco, creo. (Dedicado a los que apagan incendios en los campos de tiro de León)

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No me muero todos los días, que sepa yo de momento, a pesar del entrenamiento que nos proporcionan los sueños y las novelas casposas de provincias de índole netflixiana (avant le mot) como la primera mía; así que he decidido como si de la última voluntad se tratara -y la es de hecho al menos una esperanza cuando no un deseo marcado- dejar constancia aquí de tal experiencia, ya que el testigo de la muerte, el viviente, ahora se funde con el protagonista de ella, el muerto, conduciéndonos a aceptar finalmente que es el lector que nunca muere por definición, y que tal acontecimiento tan fuerte -mi ausencia, fuerte en el sentido de un golpe fuerte propiciado por un pesa-pesados y no el de una niña de siete años recién cumplidos- haya acaecido por causas espurias como la mala casualidad biológica y, mucho peor, la malévola coincidencia cósmica usurpadora de aquella inglesa que no está por desgracia e injusticia a la altura de mi reino ya que carece de producción literaria salvo por los regüeldos navideños televisados, y dicho sea de paso, pido perdón por este arranque prolijo pero quisiera plasmar estos apuntes en el ágora para resaltar mi reputación ya póstuma, o sea, algunos pensamientos tibios tentativos provocados por este último y definitivo adiós o portazo mortal, pero a sabiendas de que los detalles incluso las pesquisas de tal enfoque sobre el evento corren el riesgo de lanzar una especie de amenaza soporífica hacia el corazón todavía no tan blanco, fiel, desnudo a lo mejor y tal vez por lo tanto exigente, aunque de manera respetuosa, paciente, cariñosa, leal y cómplice del lector; y curiosa me es que, hablando de valores, que la lealtad aún se relacione con la confianza, dado que el arte del escritor en nuestros tiempos posmodernos se basa más en la pasión por el duelo fidedigno aunque irónico con la tradición, sin en absoluto fiarse de la posibilidad ni remota de poder superar la completa desconfianza a la hora de aportar algo útil o benéfico de cara a las circunstancias orteguianas de lo que solemos llamar la actualidad cotidiana como un conjunto de acciones que constituyen la existencia diaria de los no escritores siendo ellos o bien ciudadanos normales o bien técnicos de la convivencia o más bien divas de la masturbación intelectual como algunos compañeros de mi generación aturdidos por la libertad de expresión y la influencia aterradora de las corrientes literarias que fluyen más allá de nuestras fronteras lingüísticas o culturales, como las dudas neuróticasde Beckett o la autoindulgencia de Proust o el papel engorroso de espanta-diccionariosdel norteamericano Thomas Pynchon cuyo rostro no promete mañana ninguno, según un amigo mío de Massachusetts quién le ha visto una vez en directo, fuera de las pocas fotos que hemos estudiado juntos, entre ‘güisques’ pícaros vanguardistas del mercado innovador japonés, en una cena organizada en honor de mi reino a pesar de la imposibilidad de mi asistencia a ella debido a mi miedo a volar a un país de no fumadores y el suyo a hablar en general, pero, no obstante, mi amigo sí hablé con él usando una mascarilla tipo venda o burka veneciana por si acaso viera destilado en sus ojos, en esos espejos enormes de contundente monstruo literario, el fantasma de Kafka o la coña de Borges, una coña que depende de la pericia rigorosa de los que suelen evitar la frivolidad al abordar las tareas serias implicadas en los quehaceres literarios cómicos, pensando estoy en las joyas nacionales tipo Vila-Matas o el chulodemonios Dragó o en mi menos querido, pero no por parecer un cuasi negro mío, Paul Auster, la mujer del cual afirma, pero tan sólo de manera imaginada por mi pluma, que sí se ha acostado y dormido felizmente sin ningún libro mío sobre la guerra civil española ambientado metafóricamente en un piso del país de Chamberí donde las obras propiciadas por el ayuntamiento parecen no tener fecha de caducidad ninguna, manteniendo así un nivel de actividad laboral que va modificando o distorsionando las tasas de ocupación de manera moralmente sesgada como muchos literatos que nos dan la impresión de ser prolíficos meramente por no callarse de vez en cuando para que podamos dormir la resaca por el día sin la sombra insidiosa de la envidia que nos une como gremio hambriento de relevancia cultural en una sociedad de ruido innecesario y creciente, animada por distracciones diarias vulgares de corte soez por no mencionar el dragón pornográfico de la corrupción institucional promulgada por y predicada en la ignorancia abundante del votante joven en ciernes obsesionado por el fútbol, como yo, y como mi querido correligionario de antaño Lázaro Carreter, pero sin alcanzar la pulcritud que viene con una buena biblioteca afianzada por el juez Tiempo y las herencias atávicas de la noble burguesía, concepto o constructo este último muy defenestrado aquí y en otros países de nuestro entorno consolidado, pero siempre delicado, compuesto por los vecinos civilizados franceses, ingleses y acaso algún erudito de la Italia no meridional sin olvidar nuestros compañeros alemanes que sí tienen la gentileza de separar la especulación filosófica y la psicología de andar por casa de la narrativa entretenida que no riza el rizo de modo, valga la redundancia, incontinente; véase mi admirado Dashiell Hammett, popular pero nunca populista y tampoco alemán, siendo yo una mezcla de otros valores no dignos de la autoloa, que dicen los ingleses, quitando mis héroes Lawrence Sterne y por supuesto y sobre todo, Shakespeare, el bardo por excelencia según las palabras del gran Harold Bloom en su libro polémico sobre el canon literario occidental en el cual, sin decepción grande pública muy visible todavía, no consigo figurar a pesar de los múltiples premios otorgados por entes privados de gustos opulentos, inmaculados, libres de tintes opresivos patrios, aunque ni mi incoherencia dulce privilegiada ni mis entradas amplias teñidas pero bien aseadas me hayan disuadido a la hora de aceptar un papel tanto asesor como honorifico bajo el rubrico de la letra R en la Real Academia de la lengua, donde detrás del sillón tenía guardada mi colección de soltaditos de plomo por si llegara algún ataque relámpago contra mi suficiencia y obvia elegancia ya tristemente y prematuramente caducadas.

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