¿Quiénes somos?
![[Img #61040]](https://astorgaredaccion.com/upload/images/11_2022/1009_1dsc_8681.jpg)
La existencia humana ha venido marcada desde siempre por las preguntas ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? Y la respuesta no ha sido sencilla de responder. Muchos se han aventurado en infinitas hipótesis en la que yo, personalmente, suscribo la del profesor Guillermo Gallardo que zanja, a mi parecer, la discusión diciendo que los humanos no son más que una variante zoológica relativamente reciente y sofisticada con sus propias virtudes y defectos a nivel adaptativo y con un futuro tan frágil como el de cualquier otro ser viviente.
Esta abstracción reflexionante sobre los orígenes me viene dada con motivo de un regalo que recibí hace un par de meses. Me explico: Unas amigas decidieron regalarme una prueba de ADN para investigar mis orígenes. Pocas cosas me han emocionado tanto como probar a descubrir qué sangre corre por mis venas. De estas cosas, de las que ni siquiera conocía su existencia, no tengo grandes garantías de certeza, pero demos por válidos los resultados para poder emprender el viaje.
Las conclusiones del análisis exponen que en más del sesenta por ciento de mi genética soy íbera y como tal es fácil identificar mi piel morena y mi poca altura. Lo que no me queda claro es que tribu poblaba la Costa Cantábrica antes de que la influencia celta pusiera su huella, pues gran parte del occidente, norte y centro peninsular pertenece a una cultura no ibérica, de pueblos asentados en época paleolítica y mesolítica de inmigrantes celtas.
Tanta pureza de raza en una península rematadamente conquistada y con una mezcla étnica tan variada, me hace sospechar de una repetida endogamia por parte de mis ancestros. Eso me pondría en desventaja genética en comparación con mis congéneres. Sirva, entonces, para disculpar mis rarezas.
Sea como fuera, no mucho después llegaron los pueblos de la cultura de la cerámica del cordón: los baltos que dejaron en mi ADN un trece por ciento de mi genética, concretamente de los letones. Estas tribus de origen indoeuropeo que no dejan rastros claros, aunque poseyeron una rica mitología basada en el respeto y la adoración de las fuerzas de la naturaleza, no muy diferente a la de los íberos, que fue extinguida y suplantada por el cristianismo. Me quedo, por hacer un apunte de muestra, con M?ra, la diosa de más alto rango en la mitología letona, la Madre Tierra, la patrona de todos los deberes femeninos cuya festividad se celebraba en la antigüedad cada 15 de agosto y del resultado de la posterior atribución cristiana y la identificación de M?ra con María, o viceversa, cuya fiesta principal es la Asunción.
Sigo viajando por el interior de mis células y encuentro en sus moléculas restos de los Sardos, nada menos que en algo más del diez por ciento. Los sardos eran nativos de la isla de Cerdeña. Parece ser que su información genética ha permanecido casi invariable desde los primeros pobladores debido al aislamiento geográfico lo que nos lleva a otra fundada sospecha endogámica ?dicen que los sardos tienen una alta propensión a ciertas condiciones hereditarias como son la baja estatura, la talasemia (un tipo de anemia), la diabetes tipo I y la celiaquía? hasta que primero los fenicios, luego los cartagineses y por último los romanos, remodelaron el idioma, la cultura y en parte la genética. Curiosamente, Cerdeña se pobló desde Italia y desde la península ibérica en el paleolítico por lo que probablemente, al cabo de los siglos, regresé de nuevo al lugar del que partí. Seguramente los romanos se encargaron de eso.
Entre idas y venidas, herencias mitocondriales, muchas veces provocadas por el comercio, reside en mí una mínima línea judía askenazí que vuelve a situarme en Europa del Este y esos mismos judíos europeos en torno a comienzos del primer milenio D.C. esparcen sus genes por Gran Bretaña. Eso sin olvidarme de más del cinco por ciento de coincidencia genética con el Magreb o un cuatro con el Medio Oriente, parte en la rica Arabia Saudí.
Entonces, ¿quién soy? ¿quiénes somos? Somos todos y ninguno. Ninguno existimos sin ser parte de otros grupos mayores diseminados por el ancho mundo. ¿Estoy entonces dónde me corresponde estar? ¿Debo volver a mi país-raíz o estoy en casa? ¿Para qué fronteras y cerrar el paso a mi propio germen que deambula por tierras lejanas? Soy, quizá, la guerrera íbera y su propio enemigo y soy, a la vez, la invasora y el conquistado. Soy la migrante de ida y vuelta entre África y Eurasia.
¿Y quién eres tú? ¿Podrías decir que eres distinto a mí?
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La existencia humana ha venido marcada desde siempre por las preguntas ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? Y la respuesta no ha sido sencilla de responder. Muchos se han aventurado en infinitas hipótesis en la que yo, personalmente, suscribo la del profesor Guillermo Gallardo que zanja, a mi parecer, la discusión diciendo que los humanos no son más que una variante zoológica relativamente reciente y sofisticada con sus propias virtudes y defectos a nivel adaptativo y con un futuro tan frágil como el de cualquier otro ser viviente.
Esta abstracción reflexionante sobre los orígenes me viene dada con motivo de un regalo que recibí hace un par de meses. Me explico: Unas amigas decidieron regalarme una prueba de ADN para investigar mis orígenes. Pocas cosas me han emocionado tanto como probar a descubrir qué sangre corre por mis venas. De estas cosas, de las que ni siquiera conocía su existencia, no tengo grandes garantías de certeza, pero demos por válidos los resultados para poder emprender el viaje.
Las conclusiones del análisis exponen que en más del sesenta por ciento de mi genética soy íbera y como tal es fácil identificar mi piel morena y mi poca altura. Lo que no me queda claro es que tribu poblaba la Costa Cantábrica antes de que la influencia celta pusiera su huella, pues gran parte del occidente, norte y centro peninsular pertenece a una cultura no ibérica, de pueblos asentados en época paleolítica y mesolítica de inmigrantes celtas.
Tanta pureza de raza en una península rematadamente conquistada y con una mezcla étnica tan variada, me hace sospechar de una repetida endogamia por parte de mis ancestros. Eso me pondría en desventaja genética en comparación con mis congéneres. Sirva, entonces, para disculpar mis rarezas.
Sea como fuera, no mucho después llegaron los pueblos de la cultura de la cerámica del cordón: los baltos que dejaron en mi ADN un trece por ciento de mi genética, concretamente de los letones. Estas tribus de origen indoeuropeo que no dejan rastros claros, aunque poseyeron una rica mitología basada en el respeto y la adoración de las fuerzas de la naturaleza, no muy diferente a la de los íberos, que fue extinguida y suplantada por el cristianismo. Me quedo, por hacer un apunte de muestra, con M?ra, la diosa de más alto rango en la mitología letona, la Madre Tierra, la patrona de todos los deberes femeninos cuya festividad se celebraba en la antigüedad cada 15 de agosto y del resultado de la posterior atribución cristiana y la identificación de M?ra con María, o viceversa, cuya fiesta principal es la Asunción.
Sigo viajando por el interior de mis células y encuentro en sus moléculas restos de los Sardos, nada menos que en algo más del diez por ciento. Los sardos eran nativos de la isla de Cerdeña. Parece ser que su información genética ha permanecido casi invariable desde los primeros pobladores debido al aislamiento geográfico lo que nos lleva a otra fundada sospecha endogámica ?dicen que los sardos tienen una alta propensión a ciertas condiciones hereditarias como son la baja estatura, la talasemia (un tipo de anemia), la diabetes tipo I y la celiaquía? hasta que primero los fenicios, luego los cartagineses y por último los romanos, remodelaron el idioma, la cultura y en parte la genética. Curiosamente, Cerdeña se pobló desde Italia y desde la península ibérica en el paleolítico por lo que probablemente, al cabo de los siglos, regresé de nuevo al lugar del que partí. Seguramente los romanos se encargaron de eso.
Entre idas y venidas, herencias mitocondriales, muchas veces provocadas por el comercio, reside en mí una mínima línea judía askenazí que vuelve a situarme en Europa del Este y esos mismos judíos europeos en torno a comienzos del primer milenio D.C. esparcen sus genes por Gran Bretaña. Eso sin olvidarme de más del cinco por ciento de coincidencia genética con el Magreb o un cuatro con el Medio Oriente, parte en la rica Arabia Saudí.
Entonces, ¿quién soy? ¿quiénes somos? Somos todos y ninguno. Ninguno existimos sin ser parte de otros grupos mayores diseminados por el ancho mundo. ¿Estoy entonces dónde me corresponde estar? ¿Debo volver a mi país-raíz o estoy en casa? ¿Para qué fronteras y cerrar el paso a mi propio germen que deambula por tierras lejanas? Soy, quizá, la guerrera íbera y su propio enemigo y soy, a la vez, la invasora y el conquistado. Soy la migrante de ida y vuelta entre África y Eurasia.
¿Y quién eres tú? ¿Podrías decir que eres distinto a mí?






