'Guts' deconstruye Guts Muths y pone un barco de montaña
![[Img #14009]](upload/img/periodico/img_14009.jpg)
En la Hospedería de Turismo Rural Guts Muths de Santiagomillas, todavía puede visitarse la exposición de óleos ‘Y al final del camino la mar’, cuyo autor es Alejandro Vallespín Gómez. La exposición, en el salón grande del establecimiento rural se sitúa en los laterales y sobre el dintel de una puerta por la que se entra en el camarote; así que primero vemos el marco, la mar bravía, y luego tomamos posesión del camarote, ahora sí creeríamos estar en la peculiar posada del ‘Almirante Bembow’, solo que el aspecto de este lugar es el resultado de la mezcolanza de los decorados de una fragata de la armada con la suerte de museo etnográfico, con aperos y útiles agrarios, que venía a ser este aposento.
El ojo de buey de este habitáculo es el ojo de quien lo preside. Juntos en una fotografía dominan Rousseau y Diderot, no se sabe que fueran marineros, pero sí grandes conversadores. Rousseau preside, digamos que mira al centro, al interior del camarote, mientras que Diderot husmea hacia la entrada el improbable regreso de su ‘fataliste, Jacques’.
Guts Muths fue un pedagogo que aplicó las teorías roussonianas a la enseñanza de la educación física, venía a decir que el movimiento se comprende andando, la flexibilidad flexibilizando, que el amor se hace amando y como no la felicidad felicitando.
Hasta aquí el antiguo ideario de esta hospedería en reconversión; Gut Muths, Rousseau, según el hospedero, contienen una vía oculta hasta Pol Pot, el cual se formó en Francia en esa escuela de pedagogía; y de su intento de implantación de sus teorías como aderezo al maoísmo surgiría la sinrazón que supuso el campo Camboyano. Sigue ahí no obstante Rousseau y sigue Gut Muths.
En este camarote un hombrón alto, -más gesticulante que español, de conversación nerviosa, de vaivenes marineros- del color de la nuez con mirada aguamarina, por apodo ‘Guts’, como su hospedería, como el pedagogo de educación física alemán, trata de hacer recuento de toda esa decoración y del pensar entreverado y cuasi dialéctico que pulula en el sitio: la parafernalia marina entre abregancias maragatas, el comején de los libros por la viguería de la habitación, Rousseau junto a la pedagogía cartesiana de la Armada española, -aún recuerdo aquellas prácticas marineras de abarloamiento en la plaza de armas de Cartagena, dividida en dos por una raya de tiza, a un lado de la raya la tripulación de un barco, parejos a la misma la tripulación vecina, lanzábamos las estachas, nos abordábamos alborozados, éramos aún jóvenes-.
![[Img #14010]](upload/img/periodico/img_14010.jpg)
Este sería el momento para comerse entre cocido y cocido un 'caldero de pescado' según receta centenaria de las familias de marinos de España, esto, que a diario solo se hace por encargo, tiene su momento culminante el día en que se vuelva a celebrar, uno de estos de febrero, el filandón marinero, unas tertulias marítimas salteadas con veladas del terruño en las que se bebería tan solo ron, en vez de los acostumbrados aguardientes; quiero creer que al tiempo se tararee aquella antigua cantiga marinera de la que supieron los maragatos del allende: “Quince hombres en el cofre del muerto. / ¡Ay, ay, ay, la botella de ron!"
![[Img #14009]](upload/img/periodico/img_14009.jpg)
En la Hospedería de Turismo Rural Guts Muths de Santiagomillas, todavía puede visitarse la exposición de óleos ‘Y al final del camino la mar’, cuyo autor es Alejandro Vallespín Gómez. La exposición, en el salón grande del establecimiento rural se sitúa en los laterales y sobre el dintel de una puerta por la que se entra en el camarote; así que primero vemos el marco, la mar bravía, y luego tomamos posesión del camarote, ahora sí creeríamos estar en la peculiar posada del ‘Almirante Bembow’, solo que el aspecto de este lugar es el resultado de la mezcolanza de los decorados de una fragata de la armada con la suerte de museo etnográfico, con aperos y útiles agrarios, que venía a ser este aposento.
El ojo de buey de este habitáculo es el ojo de quien lo preside. Juntos en una fotografía dominan Rousseau y Diderot, no se sabe que fueran marineros, pero sí grandes conversadores. Rousseau preside, digamos que mira al centro, al interior del camarote, mientras que Diderot husmea hacia la entrada el improbable regreso de su ‘fataliste, Jacques’.
Guts Muths fue un pedagogo que aplicó las teorías roussonianas a la enseñanza de la educación física, venía a decir que el movimiento se comprende andando, la flexibilidad flexibilizando, que el amor se hace amando y como no la felicidad felicitando.
Hasta aquí el antiguo ideario de esta hospedería en reconversión; Gut Muths, Rousseau, según el hospedero, contienen una vía oculta hasta Pol Pot, el cual se formó en Francia en esa escuela de pedagogía; y de su intento de implantación de sus teorías como aderezo al maoísmo surgiría la sinrazón que supuso el campo Camboyano. Sigue ahí no obstante Rousseau y sigue Gut Muths.
En este camarote un hombrón alto, -más gesticulante que español, de conversación nerviosa, de vaivenes marineros- del color de la nuez con mirada aguamarina, por apodo ‘Guts’, como su hospedería, como el pedagogo de educación física alemán, trata de hacer recuento de toda esa decoración y del pensar entreverado y cuasi dialéctico que pulula en el sitio: la parafernalia marina entre abregancias maragatas, el comején de los libros por la viguería de la habitación, Rousseau junto a la pedagogía cartesiana de la Armada española, -aún recuerdo aquellas prácticas marineras de abarloamiento en la plaza de armas de Cartagena, dividida en dos por una raya de tiza, a un lado de la raya la tripulación de un barco, parejos a la misma la tripulación vecina, lanzábamos las estachas, nos abordábamos alborozados, éramos aún jóvenes-.
![[Img #14010]](upload/img/periodico/img_14010.jpg)
Este sería el momento para comerse entre cocido y cocido un 'caldero de pescado' según receta centenaria de las familias de marinos de España, esto, que a diario solo se hace por encargo, tiene su momento culminante el día en que se vuelva a celebrar, uno de estos de febrero, el filandón marinero, unas tertulias marítimas salteadas con veladas del terruño en las que se bebería tan solo ron, en vez de los acostumbrados aguardientes; quiero creer que al tiempo se tararee aquella antigua cantiga marinera de la que supieron los maragatos del allende: “Quince hombres en el cofre del muerto. / ¡Ay, ay, ay, la botella de ron!"





