Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/05/2017
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Juan José Alonso Perandones
2/11/2015
CAMILO LORENZO IGLESIAS

El niño que quería ir a la escuela

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Como tenía que realizar los exámenes de mis alumnos, me permitió posponer el encuentro para este primer miércoles de septiembre. Nada hay que denote, en este despacho del noble edificio de finales del XVIII, recientemente con acierto restaurado, esplendor alguno, y aun menos en la vestimenta del obispo. Pese a que ahora apenas lo veo, en ningún momento en nosotros el respeto evitó la franqueza. Por eso me atrevo a decirle, sin ánimo de mancillar la memoria de don Antonio Briva: “Don Camilo, pasamos del último obispo florentino que en España hubo a un obispo de aldea”. Y no se ofende porque, efectivamente, son dos despachos, aquel en el  interior,  apenas sin luz y con un cierto aura de gabinete mediciano, mientras este es diáfano y luminoso; y dos obispos, aquel de larga sotana y señorial porte, y don Camilo, con ademán humilde y  un 'clériman' propio de cualquier presbítero; solo el solideo violeta, que corona su cabeza, delata que detenta la más alta dignidad de una diócesis que, aunque fue amputada de tierras de Braganza, de Asturias y León, aún conserva un amplio territorio de la romana provincia de la Gallaecia.

 

Nacer en una aldea y en una humilde familia de ocho hermanos, de madre laboriosa, en la casa y en la huerta,  y padre capataz caminero, imprime carácter. Ya lo creo. Porto do Souto es una de las 68 pequeñas aldeas de Piñor, perteneciente a la parroquia de S. Mamede da Canda, y cuenta con un racimo de casas de dos plantas, de granito y teja roja, a los costados de la comarcal 406 que enlaza con Orense; hoy, a no ser en verano,  muchas puertas de Porto permanecen cerradas pues lo habitan tan solo nueve personas. No era así cuando el niño Camilo Lorenzo Iglesias había de caminar más de un kilómetro para llegar a la escuela de su parroquia, La Canda, sufragada su construcción por hijos de este pueblo en Buenos Aires; entonces compartía clase con más de veinte alumnos (había también otra aula para las niñas). A Camilo lo que le gustaba era ir a la escuela, y no con las vacas al monte, pero tenía que intercambiar con su hermano Pedro este cuidado diario: el que iba por la mañana al monte le correspondía acudir a la escuela por la tarde, y viceversa.

 

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Cualquiera de nosotros, cuando abandonamos por primera vez la casa paterna a la búsqueda de otros horizontes,  sentimos como un temor a lo desconocido, cierta añoranza y, al tiempo, un deseo de aventura. A los catorce años, en 1954, el adolescente Camilo llega con su maleta al Seminario Menor de Orense; en Porto do Souto quedan la madre, Elena, su padre Camilo, seis hermanos, el monte con sus pastos y árboles, el racimo de casas, la escuela y la iglesia de La Canda: “Teníamos que trabajar mucho el campo y este cambio me resultaba agradable; no lloré, iba muy contento, no lloré; había un balón, no dejé de jugar al fútbol hasta que me ordené sacerdote”. Hay vocaciones que se encauzan sin titubeos, sin remilgo alguno; don Camilo no es un hombre al que le gusta regodearse en el sentimentalismo, ni  perder el tiempo en lo accesorio, y todavía menos  utilizar el lenguaje más para complacer que para decir. Cursó la carrera eclesiástica con brillantez, aunque no le da importancia alguna; y compruebo que no se sorprende ante mi extrañeza cuando me dice que en las clases de Filosofía y Teología hablaban en latín, dominio para mí inalcanzable en el instituto, pese al talento de don Pedro de Paz; el latín, la lengua humanística por excelencia, que el Vaticano II relegó a un segundo plano para llegar a los fieles, pero que al tiempo supuso empobrecer las capillas musicales

 

El que un seminarista, tan formado en Humanidades, ya desde el Bachillerato, y Teología, cursase una carrera universitaria de Ciencias, es sorprendente, aunque a don Camilo ninguno de sus actos le parece meritorio. “Fiat mihi verbum tuum” es la divisa por él elegida para su escudo episcopal, bajo los símbolos entrelazados de nuestro roble y el puente orensano: “Cúmplase en mí tu palabra”. La carrera de Ciencias Químicas en la Universidad de Santiago, iniciada antes de su ordenación sacerdotal (en 1966), era un paso más para cumplir los designios de Dios: se necesitaban profesores del área científica y entre las opciones que se le ofrecían,  Matemáticas, Naturales y Química, “yo elegí la última porque me parecía más sencilla”. Finalizada la carrera, en 1972, fueron veintitrés los años de docencia enseñando a los alumnos de su propio Seminario  la composición y transformación de la materia, “con muchos ejercicios y preguntas cada quince días”.  Le comento cómo es la enseñanza en los tiempos actuales, sobre la disciplina, que entonces podía ser imperativa sin responsabilidad alguna. Cuarenta alumnos o más en el aula no es moco de pavo, pero nunca perdió los nervios: “Yo nunca toqué a un niño”, ni amagar siquiera. Era, sin duda, el rector ideal, tanto para el Seminario Menor, cargo que desempeñó de 1983 a 1992, como para el Mayor, de 1992 a 1995. Los rectorados han sido una cantera fundamental en España para la elección de obispos; por citar un caso cercano, don Julián Barrio, arzobispo de Santiago, fue elevado a la silla episcopal desde la responsabilidad del seminario astorgano.

 

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El obispo don Antonio Briva fallecería de forma repentina el lunes, 20 de junio de 1994, horas después de haber oficiado en la celebración de La Zuiza, la vistosa  procesión que había sido recuperada tras dos siglos de ausencia; fue conmigo probablemente con quien mantuvo, en la comida de ese domingo, conmemorativa de esta antigua tradición, la conversación más extensa, como siempre centrada en los acontecimientos internacionales, en la economía y en el  problema industrial astorgano; una vez más me recordó que su deseo era haber traído la Bayer alemana para Astorga.

 

A don Marcos Lobato, vicario, le tocaba lidiar con un cometido aún más delicado y difícil que el que, prudentemente, venía ejerciendo: hacerse cargo, como administrador y por un año largo, de la Diócesis vacante, con las obligaciones, pero sin las atribuciones correspondientes, propias de un obispo. Y es que el nombramiento de un obispo, dadas las teclas que tiene que tocar, tanto divinas como humanas,  no es cualquier menudencia.

 

Obispo de Astorga

“Señor rector, lo llaman de Nunciatura”. Pasó la noche en el tren, camino de Madrid, para cumplir el mandato de aquella inesperada llamada. Tagliaferri es menudo, enjuto y de pocas palabras, así que nada más recibir su saludo, “Excelencia, no sé por qué me llama”, fue al grano:

– Usted puede ser un buen obispo.

– Déjeme pensarlo.

– Usted se va a Orense y le doy dos o tres días. Si dice que no, no le vamos a obligar.

  

Los designios de Dios esta vez lo emplazaban a aceptar un cometido de gran envergadura. ¿Astorga?, la ciudad donde solo había parado una vez; Astorga, la afortunada por la mente abierta de un obispo que apostó para el nuevo palacio episcopal por el joven Gaudí, la de la  catedral con altas bóvedas y capital de una diócesis que se adentra en la comarca gallega de Valdeorras. El obispo orensano José Diéguez siempre ha sido para él el amigo cercano; a él se acercó a pedir consejo, pero le repitió el discurso del nuncio Tagliaferri: “No tienes obligación, pero piénsalo”.

 

Le esperaba una extensa diócesis, de 11.525 km2, cerca de 300.000 habitantes, 1060 núcleos de población, con sus ermitas, iglesias, conventos, clero regular y secular… De gran diversidad: desde un relieve de pura meseta asciende a las más altas cumbres, está regada por ríos caudalosos, medianos y más chicos, de actividad plural, ya agrícola, fabril o minera, incluso con diversas lenguas, y en 1995 ya amenazada por un descenso de la población, una merma de la actividad económica y escasez de vocaciones. Recuerdo la imagen de aquel primer gesto suyo, al bajar del coche en la plaza del Seminario, la propia tarde del 30 de julio, la de su consagración en la catedral, con su sotana y muceta violetas, el inmaculado roquete y la birreta sobre su cuerpo, con la mano  derecha  prudentemente levantada, su contraída sonrisa amable, pero de incógnita, como quien llega y sin hablar te dice: “Aquí estoy, hay que hacer lo que se pueda, a ver qué pasa”.

 

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Que si pasó. Todos sabemos que en nuestra ciudad un rumor de Manjarín a El Chapín corre más que el viento. Pocos días después de su consagración se difunde que el nuevo obispo ha entrado a una tienda a comprar algo relacionado con su atuendo diario. La sorpresa, que hoy nos parece infundada, hace veinte años tenía su razón; había quienes pensaban que no nos había llegado un obispo sino un cura de aldea. He de confesar que ese gesto ganó nuestra estima, aún más cuando, ya llegase el Domingo de Ramos, o cualquier celebración de ritual vistoso, la capa pluvial con bordadura de oro se posaba en su cuerpo como una prenda más dominical. ¡Y cuidado que son hermosas las capas pluviales que atesora nuestra ciudad en su Cabildo!

 

Le comento abiertamente estas cosillas y otras por el estilo, como cuánta fue nuestra satisfacción como alcalde por su visita al ayuntamiento el día siguiente de su consagración, o por acercarnos, para saludar a la Corporación,  al nuncio Manuel Monteiro en junio de 2001; se lo digo y se sorprende. No tanto cuando le manifiesto una reflexión que siempre ante él mantuve, sobre  lo difícil que ha de ser llegar a un obispado, con sus hábitos, y hacerse con las riendas; afrontar los problemas a diario no solo de los feligreses, sino de los sacerdotes, con los propios seminaristas…; así  me contesta:  “Me parezco mucho a mi padre. Veía las cosas y no se desesperaba. Lo importante era solucionar el problema”.  Esta es la  máxima que ha aplicado en numerosas ocasiones, como ante la rebelión de los seminaristas en 2002: “Volvieron”, me dice, “había que escuchar sus razones”. No rehúye don Camilo ningún tema, incluso cuando le dije que solo iba a tomar notas, que no iba a grabar, me manifestó que no le importaba lo más mínimo. Es otra virtud suya, esa limpia conciencia que le permite rendir cuentas de sus actos con total naturalidad.

 

¡Bendita aldea!, es lo que fluye en mi mente mientras escucho su hablar pausado, sin artificios; bendita aldea cuando uno es fiel a sus orígenes: salir de la casa paterna y no volver la vista atrás, pero tenerla siempre en la conducta presente. Un ejemplo: su primera visita pastoral (hubo una segunda) a los dos meses de su consagración, pueblo a pueblo “sin dejar ni uno, como nunca se había hecho, porque yo sé lo que eso significa en pequeños pueblos”, me manifiesta con orgullo. “He vivido la minería como una tragedia”, me comenta extensamente, con un análisis de las razones de su decadencia, “he sufrido cada día la falta de sacerdotes en los pueblos”, en pueblos apenas habitados, para los que la iglesia con su espadaña y su párroco son la última seña viva de identidad. No ha de sorprender, pues, que durante su episcopado, aunque se han realizado obras importantes, incluso levantado nueva iglesia, su principal labor en la rehabilitación patrimonial ha sido, precisamente, impulsar la restauración de decenas de iglesias y casas parroquiales de los pueblos en toda la Diócesis.

 

Don Camilo me repite que aquí se ha sentido muy bien tratado, pero compruebo que está al tanto de los rumores de culpabilidad, que vienen pululando por la ciudad sobre la supresión de los estudios eclesiásticos, del internado para los escolares: “El pueblo tiene que comprender las cosas, la falta de vocaciones, de natalidad, la particularidad de los pocos alumnos, alumnos difíciles, para el internado del Seminario, sin vocación alguna…”.  Y respira hondamente cuando me recuerda que pronto habrá un nuevo presbítero y los seminaristas que habían ido al seminario de  Santiago, estarán en Astorga: “Ahora tenemos un grupito, que se va ordenando y que continuará sus estudios teológicos en León; estamos haciendo obras en la Casa para acogerlos”.

 

Ya son cerca  de las doce cuando abandono el Obispado; el sol calienta y levanta una suerte de calima sobre un Teleno que se ondula en paños grises y violáceos. Me duelen un poco sus últimas palabras “Sabe, yo no estoy bien, estoy perdiendo memoria”. Y se me agolpan los recuerdos de lo vivido con este obispo que ha cumplido y sufrido su labor pastoral; con total sencillez, sin ánimo de apariencia alguna, con un respeto máximo a la institución civil, y un cariño por sus feligreses diocesanos, para  los  que ha procurado ser el siervo de Dios.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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