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Fernando García Crespo
23/11/2015

Abanderado

De pequeño me fascinaban las películas de guerra que emitía la cadena única los sábados por la tarde, no sólo porque no había duda alguna al respecto de quienes eran los buenos, sino porque éstos ganaban siempre. Me gustaban las melodías que silbaban ajenos a las penurias implícitas en su marcialidad guerrera, su desprecio por la vida (sobre todo la ajena), su compañerismo (a casi ninguno le importaba heredar la guapa novia viuda de su amigo caído), su fe ciega en los ideales por los que combatían, aunque más que ideales eran winston y marlboro, pero ésto último son detalles sin mayor importancia.


El caso es que crecí deseando ser militar, bueno, más que militar, guerrero, pasión que las sagas de Rambo y Desaparecido en Combate continuaron alimentando insaciablemente. Pero el destino, a veces, es cruel y no quiso que yo pudiese disfrutar de una existencia cuartelaria. Sí que fui llamado a filas, por el remplazo, con mi quinta, pero la miopía rompetechesca que velaba mis ojos no me era de gran ayuda, tampoco mis pies planos y, a fuer de ser sincero, tampoco me ayudó mucho el hecho de tener que dormir, sí o sí, con mi osito de peluche. El sargento mayor, en un aparte, me comentó que si hubiese sido una muñeca hinchable otro gallo hubiese cantado, pero que lo del peluche…, lo del peluche iba a ser que no.


Ni siquiera me dieron a elegir entre la vida militar y el peluchismo nocturno, no, me dieron el no apto y me despacharon para casa. Como si yo tuviese un hogar que no fuese el barracón soñado, el rancho marchito compartido, las guardias frías y solitarias, las maniobras suicidas orquestadas en la oscuridad, en fin, todo ese mundo de hombría con el que tanto había soñado. Cualquier otro, con un espíritu menos aguerrido, se hubiese deprimido, yo no. Yo me dediqué a la bebida, al alcohol, como mi abuelo paterno, que fue sargento chusquero hasta que le estalló un hígado que llevaba dentro. Vaya, que cambié los delirios de grandeza triunfal por el delirius tremens.


Dios aprieta pero no ahoga, así que tuve la suerte de ser atropellado por un vehículo oficial, el del ministro de Defensa para más señas, que venía de …, de una misión secreta en casa de una madame. Y, gracias a ésto, me internaron en una clínica militar secreta, especializada en enfermedades mentales y venéreas, para tratarme las múltiples fracturas y fisuras que, como un uniforme, recorrían todo mi abollado y descerrajado cuerpo. Estuve escayolado, desde la coronilla hasta las uñas de los pies durante once meses, y si hubo algo difícil de sobrellevar fueron los picores, los picores en general. Fue en esta convalecencia hierática donde tuve la revelación: en la televisión estaban emitiendo un capítulo de la serie científica The Big Bang Theory, ese episodio concreto en el que el antiempático Doctor Sheldon Cooper presenta un programa de televisión sobre banderas; entonces, en ese mismo momento, supe que mi vida estaba consagrada no al ejercicio del ejército como siempre había soñado, sino a la bandera, y no a una en particular, no, a todas en general. Lo tenía muy claro, a partir de ahora sería un promiscuo del blasón, no habría bandera, banderín, gallardete, trapo condecorado que no hiciese mío, que no llevase la huella de mi pasión.

 

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Yo me había enamorado de una de mis enfermeras, de Irene, que tenía un vello supralabial muy tupido y, por alguna razón que no alcanzo a comprender, a mí aquel rasgo físico suyo me ponía. Me ponía en una situación muy delicada, pues los picores se concentraban en una zona a la que era imposible de acceder, al menos desde mis manos enyesadas. Irene era un amor, y una artista de las agujas de ganchillo, que con gran esmero y precisión conseguía aliviar mis inquietudes; yo creo que ella veía en mí la mascota que sus padres nunca le dejaron tener. Y es que cuando alguien te quiere como a un perro, no hay nada como ladrar y mover el rabo.


Fue a ella a quien primero confesé mi inclinación hacia banderas y textiles similares. Mis palabras ilusionadas no cayeron en saco roto, ella se encargó de comunicárselo al general al mando del hospital, quien, como es normal, manifestó su más enérgico desprecio hacia mis recién nacidas inquietudes; pero Irene, que por su mascota hubiera dado la vida, no tuvo reparo alguno en chantajear al propio ministro con airear las razones que me habían llevado a aquella clínica; y si a la prensa opositora aquello no le incumbía, no cabía ninguna duda de que sí que podría interesar a la ultraconservadora cónyuge del ligero de moral ministro.


Así que, de repente, mi habitación se llenó de libros de vexilología, antiguos y modernos, y como no podía utilizar mis manos para pasar las páginas pusieron a mi disposición a dos muchachos que estaban haciendo el servicio militar y estaban sufriendo hostilidad por su condición sexual. Cuando por fin me dieron el alta, Irene me llevó a su casa, donde todos los días de once a una, y de cinco a siete, un comandante del ejército del aire me daba clases particulares sobre banderas y similares menesteres.


A día de hoy soy un hombre feliz, vivo con una mujer bandera, Irene, y me he convertido en un erudito banderil. Mañana mismo tengo que viajar hasta Melilla, invitado por el señor Florensa, para disertar sobre la historia de la bandera de Marruecos, será mi primera charla en público y estoy tan nervioso que no sé si coger el tren o el autobús. Lo mismo da, el caso es no ir andando, que, desde lo del accidente, tengo un pie plano y el otro no.



Para Miguel Matesanz y Juan José Florensa, colaboradores bandera de la Ventana.

 

 

(*) Fernando García Crespo es el autor del libro 'Ingenios y Disparates' (Editorial Cultural Norte) colección de relatos en clave de humor ilustrados por Laura GBécares, y que se encuentra a la venta en las librerías de la provincia de León (también en Amazon). Estos relatos no aparecen publicados en Astorga Redacción.

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