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Fernando García Crespo
22/12/2015

El fantasma de Navidad

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Los últimos tres años he pasado la Nochebuena solo. Bueno, esto no es del todo cierto. A los postres (melocotón en almíbar con leche condensada) aparece el fantasma. No digo un fantasma porque siempre es el mismo.


No, no es el fantasma de la Navidad pasada, ni tampoco el de la futura. Es un fantasma común y corriente, uno más del montón.


Tengo que reconocer que su primera visita me afectó sobremanera, y que si no acabé en el hospital, víctima de un infarto, fue gracias al alcohol.


Desde primera hora de la tarde había empezado a beber cava en los bares del barrio, berreando villancicos y besando todo aquello que en un descuido me ofrecía sus mejillas. Cuando me quise dar cuenta no me quedaban bares por recorrer, ni mejillas por besar.


Todo el mundo se había ido a cenar. Me dio un poco de bajón sentirme solo en mitad de la calle desierta, pero me acordé de que la cena la tenía preparada y que había tenido la prudencia de dejar una botella de espumoso enfriando en la nevera.


Subiendo en el ascensor me di cuenta de lo mucho que me había afectado el alcohol ingerido, mi imagen se desdoblaba infinitamente en los espejos del ascensor y eso me causaba desazón. Tuve que subir los trece pisos con los ojos cerrados. Así y todo no pude evitar vomitar antes de salir del elevador. Fue un acto limpio (para mi integridad), pues en cuanto abrí la puerta de casa ya se me había olvidado el desagüe oral, sintiendo una sed de burbujas nada habitual.


La casa sonaba a vacía, daba cosa. Así que intenté poner la tele para amortiguar el silencio. No fui capaz de encontrar el mando a distancia, así que, tras poner patas arriba el salón, me decidí por poner una vieja casete de Marillion, el Season End. Cuando me cansé de llorar la quité y puse otra que estaba sin marcar.


Tuve suerte, era una de los payasos de la tele. Así que al ritmo de 'Dale Ramón' metí mi cena en el horno microondas. Abrí la botella de un vino espumoso de El Bierzo y me tomé un par de copas mientras mi festín giraba y giraba en busca de calor.


La cena no me gustó, ardiendo por fuera, helada por dentro. La verdad es que no tenía hambre, pero me daba cosa que me sentara mal la bebida, así que hice un esfuerzo y comí lo que pude, dejando espacio para el postre.


Abrir la lata de melocotón en almíbar y la de leche condensada fue toda una odisea. Una tarea tan simple puede complicarse cuando no encuentras el abrelatas y te decides por una solución alternativa. Afortunadamente conseguí hacerlo sin herirme demasiado.


Mientras la leche condensada se diluía en el almíbar del melocotón el fantasma hizo su aparición. Pobrecillo, no le hice ningún caso. Pensé que estaba tan borracho que deliraba, yo, no el fantasma. Así que ignoré sus manifestaciones sirviéndome una copa de Magno. Lo último que recuerdo, de la cena, es llevarme el copón a los labios. A partir de ahí…, nada.


Desperté en mitad de la noche con un terrible dolor de cabeza, tanto dulce no debió de sentarme bien. A mi alrededor no había charco alguno, así que suspiré con alivio. Dudando entre pasar el resto de la noche sentado donde estaba o irme a la cama, el fantasma volvió a manifestarse.


No sé, me pareció lo más normal de mundo, no tuve sobresalto alguno, no traté de huir (ni mental ni físicamente). Charlamos de todo, la liga, las mujeres, en fin de todo aquello que a un hombre le puede interesar, fantasma o no.


El día de Navidad amanecí cuando el sol se ocultaba por la ventana de baño, que obviamente da al oeste. El dolor de cabeza persistía y no recordaba nada más allá de los bares del barrio, ni cómo había llegado a casa ni qué había sido de mí a partir de entonces.


Tras una interminable y escaldante ducha me di cuenta de lo recogido y limpio que estaba todo, la cocina, el salón, mi habitación, el baño. Aquello sí que era extraño. ¿Me habría puesto a limpiar en plena borrachera sin huella de estropicios? No me lo podía creer.


Antes de caer dormido me vino a la memoria el fantasma. Ya no fui capaz de pegar ojo.


Desde entonces evito beber en exceso en Nochebuena.


Anhelo la visita del fantasma. Me agrada su fugaz y etérea compañía. Aunque es cierto que sólo nos vemos una vez al año, para mí el espanto es como un amigo. ¡Qué digo un amigo, un 'cuñao'!


Porque si bien es cierto que me deja la casa como los chorros del oro, también es cierto que tiene una avería que sólo a un cuñado se le puede aguantar.


Ya sabes, si te sientes solo en Navidad, sienta a tu mesa un fantasma, así no echarás de menos a tu 'cuñao'.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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