Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/11/2017
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Óscar González García
24/12/2015

Entre ángeles de cinc

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Aunque había pasado un rato pensando en ello aquella tarde, no pude precisar desde cuándo existía en mi ciudad la costumbre de “salir de cortos” en la tarde del día de Nochebuena. Los grupos de amigos se reunían antes de la copiosa cena que las amantísimas madres astorganas preparaban durante toda la tarde, con la aviesa intención de llegar a casa con una, en la mayoría de los casos, ligera borrachera. Era algo tradicional. En cierta ocasión, uno de mi pandilla había sobrepasado el límite hasta el punto de no poder sentarse a cenar, con evidente gran disgusto de sus familiares. Tardaría algunos años en retomar la tradición, eso sí, de una forma ya mucho más ordenada.

 

Siempre me llamaba la atención cómo, en los bares, podías ver a las diferentes cuadrillas del pueblo y la evolución, tanto de las mismas como de sus miembros. A mis treinta y tantos, había visto como crecían muchas de aquellas personas, lo mismo que ellas habían visto cómo lo hacía yo, y podía identificar claramente las calvas en las que antes hubo pelo, o enormes barrigas donde antiguamente había vientres hercúleos. Sin embargo, no era eso lo que más llamaba mi atención. El hecho que realmente me sorprendía era ver extraños cambios en los grupos. Con catorce años piensas que tus amigos son los que son y lo serán siempre, pero a mi edad ya ha vivido uno lo suficiente como para saber que no es así. No hacía mucho se me había ocurrido una cita de esas que, si fuera famoso, tendría éxito como frase de perfil en Facebook o WhatsApp, merecedora incluso, en aquel momento, del aplauso de alguno de mis camaradas, aunque no fue más que una reinterpretación de la famosa frase de Lavoisier respecto a la materia: “Las pandillas, ni se crean ni se destruyen, solo se transforman”. Estaba seguro de que no había mayor verdad que esa en todo el universo científico. Aunque conservaba a algunos de los amigos que lo eran desde que tenía memoria, otros se habían dispersado por el camino –trabajos y novias solían ser los motivos más frecuentes de deserción– y algunos nuevos se habían unido o me había unido yo a ellos, no podría precisarlo bien. El caso es que si echaba un vistazo a aquellos grupos conocidos desde el instituto, con sus miembros ahora ataviados con gorros de Papá Noel y matasuegras de “los chinos”, el que más y el que menos, había cambiado su formación inicial y ahora era un ente heterogéneo de edades, tamaños y procedencias variadas.

 

Eran esas mis cavilaciones mientras, a solas, apuraba un cigarrillo en la puerta de un bar de la Plaza Mayor con la intención de terminarlo y reunirme con mi tropa, que ya estaba dentro. Fue entonces cuando escuché aquel “hola” de una voz que inmediatamente reconocí.

 

Me di la vuelta y allí estaba Celia. Sonriente y envuelta en un abrigo largo me miraba risueña sin sacar las manos de los bolsillos y apretando fuertemente sus brazos contra su cuerpo; hacía frío.

 

-¡Hombre! ¿Qué tal? ¡Qué guapa estás! –la primera tontería que se me ocurrió no sonó muy brillante en mi cabeza.

-¡Pues bien! Ya sabes…de visita navideña. ¡Cómo el turrón! –dos besos–. ¿Cómo te va? ¿Sigues en Valladolid?

-Sí, sí. Allí sigo, y en los tiempos que corren, ya sabes…un privilegiado –era esa una estúpida frase que me había habituado a repetir desde que empezó la crisis cuando alguien me preguntaba por mi trabajo. Cómo si tuviera que sentirme culpable por tener uno-. ¿Y tú qué tal? –Añadí-. ¿Por dónde andas?

-Yo sigo en Madrid. Si todo va bien no me moveré de allí –giró la cabeza-. Estaré aquí hasta el domingo…creo que aún tienes mi teléfono. Si te apetece podemos tomar un café y ponernos al día –añadió con una sonrisa nerviosa-, es que ahora me están esperando “éstas” –un segundo movimiento volviendo su mirada bruscamente hacia donde sus amigas se habían parado para cotillear pretendía justificar su necesidad de terminar aquella conversación.

-Vale. Te llamo entonces uno de estos días –no pensaba hacerlo–, me alegro mucho de verte, hasta luego.

 

La seguí con la mirada cómo quien ve marchar a un fantasma hasta que desapareció cruzando la siguiente esquina. Es curioso cómo alguien que durante cinco años fue el amor de tu vida, se transforma diez años después en su simple y extraño recuerdo. En alguna ocasión llegué a creer que pasaría toda mi existencia con aquella chica, incluso, cuando me dejó, tuve la sensación de haber perdido un órgano de mi cuerpo, sintiéndome exactamente igual que si me hubieran extirpado un pulmón o amputado un brazo. El dolor fue tal que consideré duraría para siempre. Obvia y afortunadamente no fue así, pero cuando me faltaba el aire en el pecho, con mis veintipocos, no podía comprender que la cura de aquel mal sería simplemente el paso del tiempo. Volverían a herirme en el futuro pero entonces, gracias a Celia, ya sabría que sería superable.

 

Ella había sido una vez mi regalo de Navidad; muchas veces bromeamos con aquello. Me quedé pensando en esa estupidez allí, a la intemperie, bajo las luces festivas. Casi sin quererlo, me encontré en un viaje mental a los tiempos en que la conocí…

 

Fue en algún momento de los años noventa. Si echara la cuenta con los dedos podría precisar cuál, pero no lo necesitaba. Yo estudiaba tercero de BUP en el instituto de la calle de Los Sitios, antes de la LOGSE y antes de que los centros astorganos se fusionaran en el nuevo edificio situado cerca del colegio de La Salle. Ella llegó nueva ese año y cursaba segundo. Su familia se había trasladado desde Salamanca y Celia era toda una novedad en el pueblo. Sus largos y negros cabellos ondulados poseían la atracción de una orilla de mar nocturna, incluso, dependiendo de la luz, algunos trazos azulados iluminaban aquella melena haciendo que pareciera algo no humano. Era pequeña de estatura pero sus formas correspondían a lo que deseaban en aquel momento todos los chicos de mi edad. Sin embargo, no era solo lo físico lo que me atrapaba de ella, sino su forma de moverse, de sonreír, de hablar y de mirar con sus hermosos ojos negros que escondían una vitalidad y una ilusión ajena a las demás chicas que conocía, solo preocupadas de la llegada de los fines de semana y de pegar fotos de tíos que nunca conocerían en sus carpetas de clase.

 

Era el último día de clase antes de las vacaciones de diciembre y yo había decidido en la hora del recreo no volver al instituto sino permanecer, como era costumbre, en los jardines entonces accesibles del palacio de Gaudí, donde los estudiantes del centro nos “pirábamos” las clases. Por supuesto era más acogedor en primavera, aquel día hacía un frío de muerte, pero aun así, mis compañeros y yo éramos gente de principios y en días tan señalados había que hacer novillos aunque la congelación fuera el precio a pagar por nuestra audacia.

 

Me encantaba aquel palacio; me sigue encantando. Creo recordar que hace un par de años se cumplió un siglo desde que concluyera su construcción… Pasaba muchas horas allí porque faltaba a menudo a clase y era donde me reunía con quienes, como yo, preferían el ocio a las lecciones. Siempre dedicaba al menos unos instantes a admirar su maravillosa arquitectura, y siempre me lo imaginaba con los ángeles de cinc que había en los jardines, rematando las torres circulares. Esto no era un capricho mío, sino que tenía relación con algo que nos contó una profesora en el colegio en una ocasión y me impactó de forma muy profunda. El “genio catalán” discutió con los encargados de la diócesis de Astorga y abandonó las obras del palacio. Más tarde las retomaría un tal García Guereta que hizo lo que pudo para respetar el trazado de Gaudí, pero no podría culminar el deseo del malogrado arquitecto reusense, quien había proyectado que los seres alados remataran la techumbre. Esa era la razón de que estuvieran a ras de suelo, pero yo nunca había logrado decidirme sobre si quedarían mejor como estaban o allá arriba, vigilando con aire de reproche a aquellos que incumplíamos nuestras obligaciones académicas en tan espectacular entorno.

 

-¡Pero bueno! ¿Te liaste con ella o no? –Carlitos me interrogaba con exagerado interés sobre la noche anterior en la que había desaparecido de la fiesta del “insti” con Celia. Entonces celebrábamos las fiestas del Instituto en la discoteca Gaudí, en aquella misma plaza, y eran un evento esperadísimo por todos los alumnos. Se celebraban los jueves y servían para financiar los viajes de fin de curso de los alumnos de COU, así como para iniciar romances, amistades, chismes, rivalidades eternas y otras hazañas variadas. Allí me la presentaron formalmente, puesto que nos conocíamos ya de sobra de intercambiar miradas en los pasillos, sin embargo, en aquella época hacía falta que alguien hiciera las introducciones oficiales si querías iniciar conversaciones con chicas que no fueran a tu clase. De pronto me sentí como mi madre cuando dice aquello de: “En mis tiempos…”.

-Ya te he dicho que no. No seas pesado. Estuve hablando con ella mucho rato y luego la acompañé a casa. Charlamos en su portal pero no pasó nada…ya me hubiera gustado a mí.

-Hostia calla macho que viene ahí –con sus mechones entremezclados en una alegre y musical sintonía de movimientos, Celia entraba en los jardines del palacio como si se tratara de la princesa que vivía en él. Me vio y me hizo una señal de saludo con la mano–. Viene con Isa y con Gabriela. Hasta las empollonas se piran clases hoy tío. ¡Viva la Navidad! ¡Vamos!

 

Por el ímpetu con el que Carlos se levantó y me agarró del brazo parecía como si fuera a ser él quien finalmente iba a acabar besándola, así que me obligó a levantarme de donde estaba sentado y a acercarme. Carlos conocía a todo el mundo y no le costaría entablar conversación con las amigas de Celia para que yo pudiese hablar con ella.

 

Miré tras los cristales del bar y vi como Carlitos apuraba su corto de cerveza y me guiñaba un ojo al ver que lo observaba. Era uno de los que seguía en mi vida…

 

-Hola –me dijo sonriente- ¿Cómo estás? Lo pasé muy bien ayer.

-Bien. Aquí con éste elemento, pasando la mañana, yo también lo pasé muy bien –sentí como sus dedos buscaban los míos en las alturas de los bolsillos y acababan rodeando mi mano.

-Sabes…-susurró- no he dejado de pensar en ti. Y éstas me tienen aburrida preguntando a ver qué tal. Es una pena que no pueda contarles nada más aparte de que me acompañaste a casa…creo que te olvidaste de hacer algo –sus palabras y sus ojos se convirtieron en una evidente invitación que acepté sin dudarlo a pesar de la perplejidad en la que en aquel momento se hallaba mi corazón-. Acerqué mis labios a los suyos sin mediar una sola palabra más y la besé larga y pausadamente. Cómo era día 22 pensé que me había tocado el Gordo; en esas vacaciones nos vimos a diario y fue la Navidad más especial de mi vida. Celia fue mi regalo. Hundí mi cara en su melena y la abracé con suavidad mientras ella me correspondía y los dos nos íbamos a otro planeta rodeados de los ángeles de Gaudí, aunque el momento sería efímero, ya que Carlitos se encargó de recordarnos que no estábamos solos en el mundo.

-¡Eeeeeeeeeh! Pero bueno hombre controlaros un poco –nos separamos ruborizados aunque sonrientes y vimos cómo sus amigas y Carlos nos miraban y aplaudían riéndose. Qué imbéciles, pensé -. Venga, vamos a tomarnos algo todos, dejad eso para luego.

-¡Eeeeeeh! –Ya no sabía si estaba en mis sueños o en la realidad - ¿qué coño haces aquí “pasmao”? Me he tenido que beber tu corto tío –Carlos me rodeó con su brazo con intención de arrastrarme al siguiente bar-.

-Seguro que ha sido un gran sacrificio el que has hecho –los dos reímos y yo le abracé también-. Nada, solo estaba fumando y me he quedado aquí un poco pillado mirando el árbol.

-Venga vamos a acabar la ronda donde Tito que habrá que ir a cenar socio.

 

Ahora lo veía poco pero seguía siendo mi mejor amigo. Sin duda una persona que podría escribir mi biografía. Con todo el grupo reunido nos dirigimos al último bar y me di cuenta de lo feliz que era en ese momento. Al menos estas fiestas servían para eso, para reunirnos con aquellos que vemos poco y para tener hermosos recuerdos. Mi móvil vibró en mi bolsillo; un SMS. Esa clase de mensaje solo podía ser ya de una persona: la única mujer que siempre ha estado en mi vida. Sí mamá…ya voy a cenar.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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