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Fernando García Crespo
21/01/2016

La oferta

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Gastando tiempo en el Ikea no pude resistirme a una de sus ofertas más extravagantes: un auténtico pozo de los deseos por el módico precio de 99,99 euros. Me lo llevé a casa metidito en su cajita. Nunca se me han dado bien las instrucciones, así que no me resultó nada sencillo ensamblar aquel puzzle tridimensional.


Lo instalé en medio del salón, ya que, desde que la tele dejó de funcionar, ha quedado un espacio muerto que antes devoraban las frecuencias catódicas.


No me apetecía estrenar aquel auténtico pozo de los deseos con una bagatela cualquiera, quería pedir algo especial, y temiendo ser demasiado egoísta deseé gastar menos, no dejarme llevar por caprichos tan estúpidos como comprar un pozo de los deseos. Así que eché un euro.


No pasó nada.


Entonces recordé haber escuchado que hay que invertir en los sueños. ¿Acaso no son los sueños deseos en el subconsciente? Así que todos los días echaba en el pozo las monedas de dos euros, que sobrevivían al estrés manirroto de mi monedero, formulando un único deseo: gastar menos.


No habían pasado quince días cuando suprimieron la paga extra de navidad. Me quedé atónito. Ahora gastaría menos, mil euros menos al año. Empezaría por dejar de echar monedas al dichoso pozo.


Y así fue hasta que un día me sentí demasiado solo. Me apetecía salir con alguien, o mejor aún, pasar la noche con una hermosa mujer; pero que no fuese ninguna descerebrada, sino alguien con inquietudes espirituales.

 

¿Cuánto dinero tendría que arrojar al pozo para conseguir mi deseo? Empecé a echar cuentas: cena para dos en un restaurante romántico, copas en discoteca de moda, taxi, etc, total unos trescientos euros. Aquello se me salía del presupuesto. Calculé de nuevo: kebabs y fallafels en chiringuito pakistaní, infusiones aromáticas en tetería alternativa y paseo hasta casa, total treinta euros. Esto sí.


Cogí los treinta euros de la cartera y los lancé al pozo de los deseos. No habían pasado diez minutos cuando sonó el timbre de la puerta. A aquellas horas, pese a estar aún en democracia, no podían ser ni el lechero ni la policía, así que casi me da un vuelco el corazón. Abrí la puerta y me quedé más atónito de lo habitual. Frente a mí estaba una muchacha sonriente, embutida, más que ceñida, en un vestido tan prieto que amenazaba descosturar o estallar en cualquier momento; curiosamente, en una de sus manos blandía un grueso libro de aspecto similar al de una biblia. Tuve un flash brutal. A la velocidad de la luz pasaron por mi cabeza mil y una imágenes. Las primeras, agradables y excitantes, referentes a mi deseo, todas las demás como consecuencia de ello.


Me entró el pánico. Cerré la puerta ante sus lindas narices antes de dejarle hablar, mientras entreabría su boca en forma de pozo de los deseos.


Empecé a temer, a odiar, al dichoso pozo. Tenía que deshacerme de él, era necesario. Llamé al departamento de reclamaciones de Ikea, quienes amablemente accedieron a leerme la letra pequeña (de tamaño ilegible a causa de su compromiso con el medio ambiente, por aquello de ahorrar tinta y papel). No existía ninguna opción a la devolución ni al canje. El pozo era mío para siempre, for ever and ever. Tuve sentimientos xenófobos, antisuecos.
Tras la rabieta de rigor, tuve una ocurrencia. Diariamente echaba todas las monedas de valor inferior a diez céntimos formulando siempre el mismo deseo, que aquel pozo saliese de mi vida, para siempre.
Ayer mismo he recibido notificación del juzgado de instrucción número uno comunicando la orden de desahucio de mi piso. Cosas del banco. Y como el valor del inmueble no cubre la deuda me queda terminantemente prohibido sacar ni un solo objeto de mi casa. Sólo podré llevarme lo puesto.
Tras vestirme con varias capas de calcetines, calzoncillos, camisetas, pantalones y camisas, con el aspecto de un Michelin multicolor, he abandonado mi vivienda echando un último euro en el pozo de los deseos. No por pedir, que creo que no me conviene, sino por dar las gracias. Gracias por todo eso que no alcanzo a comprender pero que intuyo que si me es dado, por algo será.


Gracias.




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