Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/11/2017
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Contexto global - DESDE LA ALTURA DE LA EDAD / ANTONIO COLINAS CUMPLE 70 AÑOS
Ramiro Guardia
30/01/2016

Tres miradas en la poesía de Antonio Colinas

Dice Ramiro Guardia, un lector de la obra del poeta, dice que Colinas "nos pone en alerta de que hay incontable miga apetecible en cada palabra del Universo que inaugura"

La obra poética de Antonio Colinas tiene un fuerte calado filosófico porque, implícitamente, toda obra literaria debe conversar con el pensamiento, y, porque, explícitamente, su poesía quiere lanzarse de lleno a la profundidad y a la “respiración filosófica interior”. Es por este aspecto fundamental, por lo que la obra poética de Colinas dice mucho y nos pone en alerta de que hay incontable miga apetecible en cada palabra del Universo que inaugura. Es por este motivo por lo que invito a las personas a leer su obra, su inmensa obra, en pequeños sorbos, porque sus palabras hay que verlas como una invitación nada superficial sobre lo humano.

 

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Pienso que, para justificar la introducción, debo hablar de  la poesía de Colinas haciendo alusión a los grandes problemas clásicos desde el punto de vista filosófico-antropológico: La mirada del hombre, la mirada de la naturaleza, y la mirada de lo sagrado. Ni que decir que, ni pretendemos completar la totalidad de la obra poética del autor, ni tan siquiera, proponer que no quepan otras miradas posibles a su poesía; muy al contrario, se pretende presentar una perspectiva, al modo de Ortega, que aporte y no aparte otras posibilidades.

 

 

La mirada del hombre: Si por algo se preocupa Colinas es por el hombre. El hombre del que nos habla el autor quiere mirar a la Tierra, a la inmanencia, como punto de partida y como fuente que no puede dejar de tenerse en cuenta. El hombre debe vivir en permanente búsqueda del conocimiento, alimentando su crecimiento personal, en lucha consigo mismo y los problemas vitales que se le van presentando. La poesía, como el conjunto del arte, y la Filosofía, se nos presenta como instrumento de sabiduría y como la sabiduría misma.

 

El hombre no es un ser racional sin más; no es un ser que desatienda su lado espiritual ni sensible. No es un hombre que pueda ser solo observable en reducida dimensión, ni que pida a gritos exclusivamente su lado exterior. El ser humano es una caña frágil como pensó Pascal, de carne y hueso con Unamuno y junto con todo esto, también existencia que quiere abrirse paso en amor y compañía. No es el hombre de Colinas un absurdo o pura esencia universal sin vida propia. El hombre es crecimiento, libertad y consciencia. Es natural, y como tal, se debate y duda, cae y sobrepone, para volver a caer y ascender. Quiere ir de la mano de lo que ama y siente; no perder el equilibrio y mantenerse firme en su existir. Quiere arrancarle a la Tierra enigmas, sin olvidar que él también es tierra y de ella nace, consciente de que también nosotros somos enigmas y no problemas solucionables por verdades racionales científicas y definitivas.

 

El hombre de Colinas es un hombre sociable, griego en este sentido, aristotélico; gusta de la amistad y la familia como comunidades necesarias y tiernas para el libre desarrollo de la integridad humana. La concreción de tal sociabilidad se encuentra en la figura del poeta, por ejemplo, siendo hijo, arropado en la cama por una enfermedad siempre fría; o como figura paterna, que abre caminos de naturalidad al desarrollo de unos hijos, aun cuando los huracanes vengan. Pero no solo en lo social quiere ser, pues en la interioridad también habitamos: el refugio íntimo es una morada necesaria, que está presente y como tal, hay que proteger y ser con él.

 

Es un hombre con memoria, pues bien se sabe que desmemoriar al hombre es dejarle en vacío, rozando lo que sería un mecanicismo grosero. El hombre se sabe existiendo, y es por esto, por lo que conoce la trascendencia de la vida, la necesaria relación de entender la vida en sus tres tiempos verbales: el pasado, presente y el futuro. Pasado, porque hubo una infancia, unos paisajes nevados y un hogar entrañable. Presente, que habita con la carga experimental de lo acumulado. Futuro, ¡Ay futuro!: con la finitud nos toparemos.

 

Quizás lo más sobresaliente del tratamiento al hombre que hace el poeta bañezano, sea su carácter crítico contra la visión que sitúa al hombre como figura central y protagonista del Cosmos. De manera abundante, observamos en su obra que el hombre, lejos de ser en sus versos figura central, no es sino una realidad que debe estar envuelto en la realidad no humana y que, sin embargo, le es necesaria. Diríamos que en este sentido Colinas participa de la ruptura contra la versión filosófica racionalista propia, por ejemplo, de un Descartes. El ‘yo’ como idealismo, o en ausencia de todo otro componente antropológico, es una ficción, y, además, impediría el conocimiento real de lo que el hombre es; lo que enlaza con el siguiente tema que proponemos:

 

 

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La mirada de la naturaleza: Tenemos que valorar positivamente la obra poética de Colinas en su mirada a la naturaleza, desde el punto de vista de querer: a) huir de la tradición mecanicista que considera que el mundo funciona como un enorme reloj, donde las piezas y engranajes funcionan como fuerzas ciegas sin inteligencia alguna. También en este sentido podríamos decir que Antonio recoge la tradición aristotélica: el alma está en todas partes como principio de vida. b) Al mismo tiempo, la naturaleza no quedaría excluida, en el universo poemario de Colinas, como si fuera bastante con el hombre como ser creado a imagen y semejanza de Dios y el resto fuera una excusa para poner al servicio para el dominio humano. Lejos de esto, la naturaleza tiene alma por sí misma y, entendiéndola así, el puesto del hombre en  el cosmos cobra su verdadero significado, irreductible al papel de 'Homo faber'.

 

La naturaleza no siempre es tratada en un plano universal y abstracto, como un cosmos inabarcable, sino que se aprecia un tratamiento más concreto, profundizando en los detalles de la naturaleza. Por ejemplo, en los elementos de la naturaleza: a) el fuego. El fuego acaricia con su llama la frialdad de la piedra en un hogar durante la estación invernal. Es el fuego que quema la leña de una hoguera, o viste una pequeña y austera ermita, columpiándose como llamita en una vela; b) el agua. El agua fluye, pero no como un devenir ajeno a la mirada del hombre, sino como si el fluir mismo empapara al mismo hombre alejándole de la permanencia. El agua es caudal de un río propio de la ribera del Órbigo, pero también, mezcla nutritiva en un vino zamorano; Océano abundante y  lluvia que empapa los fértiles campos. c) La Tierra, se encuentra en sus poemas de forma muy abundante: en una piedra que soporta en equilibrio el cuerpo cansado de un hombre; somos Tierra, porque no somos ajenos a lo natural. La tierra puede ser sustrato de la simiente para la agricultura del noroeste leonés, y también un campo de chopos esbeltos y valientes preparados para hacer frente a los vientos. d) El aire sopla y da prueba del movimiento incesante. Entra en nuestro cuerpo y respiramos, vivimos. Todos estos componentes provocan un sonido peculiar, es el sonido que está ahí, a veces no escuchado, a veces olvidado por el hombre. Pero hay que estar con predisposición a querer acariciar los sonidos de estos seres, a partir de lo más profundo que hay en nosotros. No hay más que evitar el ruido humano para poder apreciar la musicalidad de la belleza natural que nos envuelve. Es en el silencio del hombre donde habita la posibilidad de recibir la recompensa que se merece cuando deja cursar a la naturaleza  su propio camino; y el hombre como un espectador que camufla su poder sustituyéndolo por la caricia de la tierra, del sonido del agua, del calor del fuego o del viento galopando contra las hojas. Todo a la vez emitiendo su sonido propio y, siempre, habrá que recordar, legítimo.

 

 

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La mirada de lo sagrado: Lo sagrado puede respirarse en una pequeña ermita, donde alguien con sus rodillas clavadas en el suelo, pide permiso con su silencio, mostrando su escaso cuerpo, a lo sagrado. Una llama de luz tiembla sobre la vela. El espacio sagrado puede también reflejarse en una iglesia como San Isidoro de León y entonces lo sagrado pertenece al ámbito de la religión cristiana. Dios no puede en su existencia ser fuente de la guerra y de injusticia. Sería, por tanto, lo más alejado a Dios usar su nombre en interés del poder y de la lucha, porque Dios es lo sagrado, y lo sagrado se manifiesta en los poemas de Colinas como una ofrenda íntima que casi vuela sobre la moral y la ética sin pretender dañar los sonidos de la vida. Lo sagrado parece plantearse como una liberación y no una esclavitud, como un crecimiento apasionado y personal, y no como una sumisión ciega. Lo sagrado luce en lo misterioso que nos abarca y nos deja sumidos en el asombro y respeto. ¿Cómo el hombre puede robar la gratitud de lo sagrado para imponer cruzadas y odios en nombre de la  religión?

 

También lo sagrado toma otras tonalidades porque también  está en nosotros: lo más allá está en el más acá, lo más acá pertenece al más allá, como esta agua y esta luz. Por eso el hombre miope, es aquel que, ingrato, no escucha el sonido del misterio ni ve la grandeza en lo pequeño, ni lo pequeño, como porción de algo más grande que nos sobrecoge: en el sonido del agua que se precipita de la fuente, o en el silencio del hombre que con los ojos cerrados se abre a la infinitud, es decir, a la escucha del ruiseñor que, allá a lo lejos, solo canta a unos ojos ciegos y un alma despierta. Lo sagrado está en la música de los silencios sonoros. Quizás podríamos afirmar a partir de la obra del autor, que, con Tomás de Aquino, Dios no podemos conocerlo en su esencia completa; tan solo podemos sospecharlo a través de las maravillas contingentes de este mundo: pájaros, almendros, arroyos y un hombre, que, con las manos abiertas y en actitud servil, se declina con lentitud y sin violencia.

 

 

 

                                          

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